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Warner Rojas

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

El primer tico que vio el mundo desde su cima

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Warner Rojas

quel día de 2006, Warner Rojas colocó en su mochila un escueto informe, un amplio desglose de gastos y toda la ilusión del mundo. Iba a vender, por primera vez, una expedición.

Su misión era atraer un patrocinador que le permitiera cumplir con el primero de muchos pasos en el objetivo último de escalar el cerro Aconcagua, el más alto de Argentina y de toda América.

Era, recuerda, una empresa privada dedicada a la distribución de alimentos y con la cual esperaba conseguir, cuando menos, los pasajes de avión.

Vestido con los mismos jeans y tenis que le sirven de uniforme en su profesión, Rojas inició con una presentación de menos de una hora, una ventana que explicaba su proyecto, los costos y qué ganaría la compañía con su colaboración.

El gerente lo escuchó con calma hasta el final y, una vez concluida su presentación, lo miró seriamente y le devolvió una frase aniquiladora: “Muchacho, ¿sabe qué?, no sea vago, busque trabajo”.

En ese momento, el primer costarricense en llegar a la cima del monte Everest cayó en cuenta de que antes de poner un pie en la montaña, tenía otra lucha por delante: la de derribar prejuicios.

“Me di cuenta de que había otra montaña más allá de la física y era la de los esquemas, la de gente que simplemente no cree en esto. Así aprendí, con golpes, que este camino no iba a ser fácil”.

Pero ninguno de los suyos lo había sido.

Nacido y criado en las montañas de San Antonio de Escazú, Rojas es el mayor de cuatro hijos y el único varón, una realidad que le permitió terminar la escuela pero luego lo obligó a cambiar las aulas por una pala en busca del sustento del hogar.

“Terminé el bachillerato muchos años después y luego de repetir 10, 12 ó 15 veces la prueba de redacción y ortografía. En la universidad, he estado tres veces, dos dando charlas y otra en la que me perdí”, reconoce sin reparos.

Su deseo por escalar nació en 1983, cuando con apenas 11 años, y por iniciativa de su madre, fue a parar a La Cruz de Alajuelita.

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En esa travesía, recuerda, lo invadió esa actitud negativa que ahora tanto repudia. La de quejarse, la de cuestionar por qué tenía que estar ahí mientras había mejenga en el barrio. Sin embargo, su “primera cima” logró que él hiciera ese clic con el que algunos nacen y otros buscan desesperadamente toda su vida: el de la vocación.

“Recuerdo que fue una alegría increíble por haber cumplido el objetivo, pero que más allá de maravillarme por esa imagen del Valle Central, me impresionaron las montañas que había detrás, veía esos cerros enormes y me inundó ese deseo de descubrir cómo sería estar en aquellas otras”.

Su vida y deseos siguieron hasta que, más adelante, con 19 años, afrontó su primer gran reto en el montañismo: hacerlo una profesión.

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“Le dije a mi familia que me quería dedicar a hacer tours en la montaña y entraron en shock . Fue un buen susto para ellos porque yo era, junto a mi papá, el único bastión para llevar dinero, y era pasar de un salario fijo a una apuesta”.

Su empresa, que hasta la fecha es la que le da de comer a él, su esposa y sus dos hijos, se dedica precisamente a hacer caminatas por las montañas.

El negocio, según reconoce, tiene sus días buenos y malos, pero ha mejorado con los años.

“Me acuerdo que, en mi recorrido inaugural, los únicos clientes fueron dos primos, y como son familia, había que hacerles precio. No fue un buen negocio”, contó entre risas.

Así alimentó sus deseos de subir y bajar los cerros más altos del país, pero cuando el Chirripó (el más imponente con sus 3.820 msnm) se le quedó corto, hubo que buscar otros retos.

“A base de rifas y caminatas, logré llegar a Centroamérica, más adelante pasé a Suramérica y estando en alguno de los picos andinos, alguien me habló del Everest , y ahí, como en el 2007, me metí esa idea en la cabeza”.

Pero mientras sus planes tomaban forma, otra tica, Gineth Soto, también se lanzó a la aventura y fracasó, un golpe que Warner reconoce fue difícil.

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“Nunca pensé en que venía a quitarme protagonismo, más bien me entusiasmé con sus intentos y me dolió mucho que no lo lograra. Pero sí pasó que cuando busqué patrocinios, me decían eso: que qué posibilidades tenía yo cuando otra muchacha ya había fallado dos veces...”.

Aun así, poco a poco logró conseguir el dinero necesario y, más tarde, a su grupo de expedición: seis aventureros más que irían bajo los cuidados de la empresa británica Jagged Globe .

El techo del mundo

19 de mayo de 2012. Con lágrimas en sus ojos, Warner Rojas lidia con la impotencia y la rabia mientras ve a cientos de escaladores que se enrumban hacia la cima del Everest, una posibilidad que ahora se le escurría de las manos.

La imagen sucedía en el campamento 3, a 6.400 metros de altura. Era la primera ventana de buen tiempo en un período que tuvo muy pocas, y el líder de su equipo anunciaba la retirada al campamento 2 luego de que uno de sus sherpas (guías nepalíes) sufriera un accidente tras una avalancha.

“Lloré de frustración porque yo estaba muy fuerte físicamente y me habían dicho que tenía muchas posibilidades de hacer cumbre. Pero cuando vi tantísima gente subiendo, tuve un presentimiento, y solo dije: ‘Por algo pasan las cosas’”.

El mal clima volvió. Un día después, el jefe de su misión reportaba que ya había cinco fallecidos y otros más heridos. El tico vivió, muy de cerca, la otra cara del imponente Everest.

Por su mente nunca pasó la idea de fallecer, pero eso no evitó que, al salir de su casa, dejara el testamento firmado y a su familia con el dinero necesario para asegurarles un futuro.

Pero mientras la esperanza se agotaba, un mensaje salvador llegó por la radio: una segunda ventana de buen tiempo se confirmaba. El sueño seguía vivo.

Casi de inmediato, el equipo se puso en marcha. Era el último ataque hacia la cumbre.

A las 8:20 p. m. (hora de Nepal) la expedición inició el ascenso de campamento 4 (7.950 msnm) hasta la cima (8.848).

Ahí, Rojas encontró los cuerpos de aquellos que, días antes, habían fallado en su intento, y de otros que ya tienen décadas de estar ahí, recordando que esto no se trata de un juego.

Faltando menos de 100 metros ya no sentía sus dedos, una señal inequívoca de congelamiento que lo obligaba a disculparse con su esposa e hijos por no cumplir su promesa. “Yo les dije que, a la primera señal de peligro, me iba, pero estando tan cerca no podía parar”. Llegó la cumbre y el primer costarricense en lograr conquistar el Everest solo puede describirlo como “una sensación extraña”, esa de estar en el punto más alto del planeta y recordar todos los pasos que tuvo que dar para poder conseguirlo.

Varios meses después, Rojas pone fin a su narración y piensa una última respuesta.

–¿Por qué merece estar en este recuento de Personajes del año?

–No lo sé. Me parece que la gente que sale aquí siempre ha marcado alguna diferencia... Si yo hice algo, ojalá que no sea solo escalar. Ojalá que fuera hacer ver que las cosas se pueden hacer a través del esfuerzo, de la dedicación. Tengo el privilegio de haber sido el primer tico en el Everest, espero que eso sirva para transmitir que los sueños se pueden hacer realidad. revistadominical@nacion.com

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