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Tinta fresca: Volveré siempre

Actualizado el 12 de febrero de 2017 a las 12:00 am

Cualquier visita al mar nos coloca siempre delante del fuego de la vida.

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Tinta fresca: Volveré siempre

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Frente al mar todos somos descubridores. Lo pienso y lo escribo mientras una chicharra solitaria musicaliza los celajes de Uvita.

El sol, como en los cuentos de Salazar Herrera, es una rueda de carreta pintada con minio.

Un aparato pequeño, casi una bici con alas, pasa volando bajo hacia el oeste, donde una hilera de palmas imita a una sierra de hojas. Viaja a bordo un afortunado que verá desde una posición única cómo se apaga el fuego del día. Se perderá, eso sí, el capricho de la ballena con cola de arena y piedras que se adentra en el océano y es visible únicamente en marea baja.

Hace rato ya que el océano empezó su conquista de la tierra. El estero, ahora con cara inofensiva, puede ser más tarde el escondite de unos dientes que nadie desea probar. Un guardaparques jura haber visto allí dos cocodrilos “así, de este tamaño”. Y cuando dice “así, de este tamaño” estira los brazos para ayudarnos a imaginar un animalón de cuatro metros.

Los atardeceres del verano doran y amansan el Pacífico, pero es una ilusión. Es un personaje de cuidado.

Una pareja descalza a una niña pequeña y ella mete los pies en un pocito, patalea y sonríe. La chiquita también es afortunada.

Habría querido descubrir el mar de la mano de mis papás, pero no fue así. Me llevaron mis hermanos mayores cuando tenía yo cuatro o cinco años. En Puntarenas fui Núñez de Balboa sin saber quién era ese hombre y con la ventaja triple de ir armado de un baldecito, una pala y un rastrillo plásticos.

Dominick Proestakis

Jugar con arena no me era nuevo. Lo hacía a menudo cuando sobre la vieja casa de madera levantaban la nueva de cemento. Había en la propiedad montones de arena de río que yo convertía en cascadas cuando los peones concluían sus trabajos y el día empezaba a terminar. Lo novedoso de aquel viaje al Puerto llegó en oleadas: las gaviotas, la sal, el bramido de un barco amarrado en el muelle.

El 25 de setiembre de 1513, en lo que es hoy Panamá, Vasco Núñez de Balboa fue el primer europeo, el primer español y el primer cristiano en ver el llamado mar del Sur. (En Huida hacia la inmortalidad , Stefan Zweig cuenta la aventura magistralmente).

Mis padres se casaron el 25 de setiembre de 1954, 441 años exactos después de la hazaña de Balboa. El matrimonio los puso aquel sábado frente a lo desconocido. Se echaron al agua en una nave que soportó todas las tempestades. Al final, como se lo habían prometido, solo los separó lo inevitable.

En Uvita el sol ha pasado de rojo a un rosa suave y casi toca el agua. Por la playa caminan puras siluetas y todas ven al oeste, maravilladas ante aquella (¡perdón, Rulfo!) llamarada redonda.

Los atardeceres nos silencian. Es como si a esa hora se juntaran todas nuestras nostalgias y las invitáramos sin miedo a sentarse junto a nosotros y a observar.

Me gusta el mar y lo busco con frecuencia. El mar es la vida y digo de él lo que escribió Borges al hablar de Ginebra: sé que volveré siempre, quizás después de la muerte del cuerpo.

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