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Tinta Fresca: Vocación de vaca

Actualizado el 07 de junio de 2015 a las 12:00 am

"Los hombres se casan con su vida. No tienen tiempo que perder."

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Tinta Fresca: Vocación de vaca

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Mi abuela hubiera querido ser una vaca, y lo afirmaba sin pudor. “De una vaca” decía “todo se aprovecha: la leche, la cría, la carne, el cuero; hasta los huesos y los cachos sirven para hacer botones”.El ideal de vida de mi abuela era ser útil, servir a los demás. Su sueño se cumplió: ayudó a criar a ocho hermanos, sacó adelante a tres hijos, cuidó a tres nietos, alzó, bañó y alimentó durante veinte años y diez meses a un esposo paralítico. No durmió mucho. A las tres de la mañana podía estar ocupándose de sus cosas: ordenando gavetas y rezando el rosario al mismo tiempo.

No puedo asegurar que fue feliz. De lo que sí estoy segura es de que, yo, no quiero ser una vaca.

De niña quería ser venadita: la gracia hecha animal sin tener que comer conejos crudos. Creo que hoy preferiría ser un tigre o una ballena. Hembras, claro. A ese respecto no tengo duda.

El problema es que de nosotras aún se espera que seamos vacas. Se nos educa para ello. ¿Quién cuida casi indefectiblemente a niños, enfermos, discapacitados, ancianos? ¿No existe un código silente en las familias que determina que quien cuida a los mayores es siempre una mujer, no más sea la nuera si todos los hijos son varones?

Los hombres en cambio se casan con su vida, con su profesión. No tienen tiempo que perder. Y por eso, ¿cuántos varones enfermos serán cuidados por sus parejas y cuántas mujeres pueden esperar lo mismo? ¿Qué oportunidades tiene un joven con alguna discapacidad, de contraer matrimonio? ¿Qué oportunidades una muchachita bajo las mismas condiciones? ¿Es eso justo?

O somos más compasivas, o nos educan para ello. Pero no es algo intrínsecamente malo: sentir el dolor ajeno es la esencia de la solidaridad, aquello que nos humaniza. Lo terrible es que demos por sentado que media humanidad deba servir a la otra, sacrificándose, postergándose, anulándose.

No depende de leyes que dejemos de ser una ofrenda a las necesidades de los demás: las leyes que nos sojuzgan están escritas con el cincel de los siglos en las almas. En primer lugar, en las nuestras, las de las mujeres.

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Que no nos devore el altruismo. Que se reparta en forma equitativa. Concedámonos importancia, reventemos contra el suelo la culpa, apoderémonos sin asco de nuestro tiempo y nuestra libertad exigiendo a los varones paternar a sus hijos, cuidar a su pareja, ocuparse de sus padres. Que busquen dentro de sí lo femenino, si se quiere: su vocación de cuido. Es lo único que salvará a la pareja, a la familia, y en última instancia, al planeta.

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