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Tinta fresca: "Vivir para envejecer", por Ana Istarú

Actualizado el 21 de julio de 2013 a las 12:00 am

Ser tan buenas fue malo. Velaron por todos, menos por sí mismas.

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Tinta fresca: "Vivir para envejecer", por Ana Istarú

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Recuerdo una ya vieja película brasileña, cuyo nombre se me esfuma, que me conmovió hasta los huesos siendo jovencita. En ese continente disfrazado de país, las inmensas distancias habían desperdigado a los hijos adultos de una familia, y cuando los ancianos padres no pudieron ya valerse por sí mismos, empezaron a rodar de casa en casa de sus vástagos, sin encontrar acomodo. La película se cerraba con un día al aire libre, plácido y luminoso, de los viejos enamorados; él, inconsciente de su destino, ella, a sabiendas de que era el último de sus vidas que pasarían juntos. Los hijos habían dispuesto cargar unos con uno y otros con la otra, a miles de kilómetros y de obstáculos de distancia, y yo no podía parar de llorar.

Daniel Solano - La Nación
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Daniel Solano - La Nación

En una sociedad que se siente obligada al éxito económico, a una juventud perpetua y a una belleza reglamentaria preservada en formol, envejecer no está dentro de nuestros planes.

Es quizás por eso que a la vejez comenzamos a agregar la soledad. Las parejas no resisten la ruptura de los viejos modelos y no logran inventar un nuevo tipo de convivencia. Y vemos acrecentarse una ola de, en especial, hombres solos entrados en años.

Particular pesar me causan las señoras mayores que, fundidas como velas en su entrega al cuido de los demás, despreciadas por su pareja e incluso por su propia sangre, muchas veces enfrentan solas como pueden su deterioro o su enfermedad. Ser tan buenas fue malo. Velaron por todos, menos por ese ser olvidado al fondo de la casa: por sí mismas. Y el guionista de nuestras vidas es mucho menos clemente que el de las telenovelas.

Siempre he creído en familias que integren tanto a viejos como a niños. Comprendo que hoy día familias puede haber incluso de un solo miembro, cuando la soledad es una decisión liberadora, o estar conformada por parejas que optaron por prescindir de descendencia. Pero todos debemos prepararnos por igual. Cuando falte el cónyuge, tener otras razones para aferrarnos a la existencia. Cultivar las pasiones, preservar el interés por el entorno, crear también amistades jóvenes que nos permitan compartir otras perspectivas. Cuidarnos nosotros para no propiciar que otros nos tengan que cuidar: edificar con previsión nuestra autonomía económica, priorizar el cuido de nuestro cuerpo, el único del que dispondremos hasta el final. Atesorar el disfrute, desenterrar la joya pequeña de los placeres sencillos de la existencia. Hacer algo y amar lo que hacemos.

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Si queremos envejecer, hagamos que valga la pena vivir.

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