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Vivir para contarla

Actualizado el 01 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Nos despedimos constantemente y lo mejor es hacerlo de frente: decir, en la cara de la muerte, “hasta siempre”

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Mi primer artículo del 2015 es una despedida, porque el 2014 fue un año increíble, hermoso en su dolorosa extensión e implacable en su enseñanza sobre la pérdida. El sacudón ha sido tan intenso que, a veces, el piso se mueve bajo mis pies y casi todos los días me despierto con la duda de si todavía estamos, de si fue un mal sueño, de si irá a parar en algún momento.

Le decía que este artículo es una despedida y ahora me explico: el 2014 fue la última vez que mi papá no estuvo severamente enfermo. Nos tocó despedirnos de la salud de hierro de papi, y abrazarlo en su fragilidad de hombre mayor y enfermo, con todos los miedos del caso: la temida llamada en medio de la noche que nos aterra, el dolor de varias amigas cercanas que han dado el adiós a sus papás en los últimos meses, la certeza, como un balde de agua fría, de que nadie es para siempre.

Como una de esas certezas se nos escapó de las manos un pequeño anhelo que durante varias semanas me hizo el honor de habitarme el cuerpo. El deseo más profundo que he conocido hasta ahora, el de ser en la vida la mitad de buena mamá que la mía, quiso palpitar y se arrepintió en el intento. Este rayito de sol que nos calentó el alma durante un par de meses nos ha juntado, a mi esposo y a mí, en un círculo de ternura que no se acaba, acompañados en lo más íntimo de nuestra tristeza por la seguridad de que el peor intento es el que no se hace y de que la vida tiene grandes cosas para nosotros esperando a la vuelta de la esquina.

Como una de esas certezas se esfumó hace unos días nuestro querido amigo Rolf Ruge. El hombre de sonrisa ancha y amistad honesta. El que nos enseñó, a muchas personas de mi círculo de amigos, a levantar las anclas y dejarle a la vida la libertad de llevarnos, sin resistencias, a donde ella lo encuentre adecuado. Soltar, sentir, abrazar. Encontrar, en el más profundo de los dolores, en la más dolorosa de las pérdidas, la luz sorprendente del aprendizaje: hacer algo con lo que nos pase, para que la vida no nos pase por encima y el sufrimiento valga la pena. Rolf fue un alma buena que nos dejó un legado hermoso: si usted desea conocer esa herencia, acérquese al Polideportivo de Aranjuez cualquier sábado por la mañana.

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Ilustración: Daniel Solano
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Ilustración: Daniel Solano

Las despedidas no paran. Nos despedimos constantemente y lo mejor es hacerlo de frente: decir, en la cara de la muerte, “hasta siempre”. Decirles a los que se van porque quieren “que te vaya bien”. Darles la bienvenida a los que llegan. Recibir a quienes regresan. Abrazar a los que queremos. Soñar con el rostro de nuestros deseos. Recordar que nada es para siempre y que “siempre” es ahora mismo. Si existe un propósito que vale la pena hacerse sin importar si el año apenas inicia, si ya va por la mitad o si está terminando, es el de disfrutar cada minuto al lado de nuestras personas amadas que se nos regala, atesorar cada cosa buena o mala que nos pasa y buscar en ella esa luz asombrosa del aprendizaje. Parar, de una vez por todas, de darle largas a este asunto de la vida y comenzar a vivir para contarla.

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