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Ver al cielo para entender la tierra

Actualizado el 18 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Dos argentinos ruedan por Latinoamérica en un remolque para enseñarles a los niños a mirar el cielo como lo hacían quienes más sabían de él: los antepasados. Mirar a las estrellas es la forma más fácil de viajar en el tiempo.

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A finales de abril, los fundadores del proyecto Miradas explicaron a la comunidad de Hone Creek, en Limón, cómo funcionan el Universo y sus astros. | FOTO: JEANNINE CORDERO

Hace miles de años, el primer hombre miró al cielo y algo nuevo ocurrió. Después vinieron sus hijos y le preguntaron a ese mismo cielo si hoy llovería; a las estrellas, si este era el mejor lugar para sembrar, y a la Luna, si esa era la época más fértil. Más tarde, llegaron los nietos y escribieron todo lo que sus abuelos les enseñaron sobre el firmamento, y luego los bisnietos (y los bisnietos de sus bisnietos) y dejaron de ver toda la información que les daban los astros... Ahora tenían Internet.

Hace miles de años, cuando el primer hombre miró al cielo, nació la astronomía. Hace treinta y tantos, también sucedió algo bueno para la ciencia más antigua del mundo: nacieron dos argentinos, Yayo y Sofía, quienes crearon el proyecto Miradas.

Son dos nómadas por convicción que van por América Latina contándoles a niños de escuelas pobres que miramos al cielo para entender mejor nuestra propia historia.

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Son las 7 p. m. de un viernes sin luna y sin estrellas, y Yayo prefiere no asomar la cabeza por la pequeña ventana del remolque. No quiere comprobar lo inevitable: hoy, noche de mirar las estrellas por telescopio, un manto de nubes se ha colocado sobre nuestras cabezas sin intención de largarse.

Pese a su desilusión, afuera lo espera una mezcla de algarabía con gritos infantiles que retumba en las paredes de la escuela de Hone Creek, en Limón, donde se desarrollará el avistamiento de estrellas, con nubes o sin ellas. Yayo y Sofía salen de su casa rodante y echan a andar su plan B. Ya llevan tres años viajando por América Latina y saben que a las nubes nada las hace cambiar de lugar. Entonces, instalan un proyector en la pequeña tarima de actividades de la escuela y esperan que haya silencio para empezar el avistamiento en vertical. Nadie se calla.

Sofía y Yayo   viajan a bordo de su casa rodante desde hace tres años, y hace uno los acompaña la pequeña Negra, quien no conoce otra forma de vida que esta: ser nómada.  | FOTO: JEANNINE CORDERO
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Sofía y Yayo viajan a bordo de su casa rodante desde hace tres años, y hace uno los acompaña la pequeña Negra, quien no conoce otra forma de vida que esta: ser nómada. | FOTO: JEANNINE CORDERO

“Cuando no estábamos tan tontos con la tecnología, los seres humanos no se encerraban a mirar la computadora, sino que salían de sus cuevas y se tumbaban en el suelo a ver las estrellas”, dice Yayo, y se sienta en un banquito estrecho para usar su computadora. La paradoja no es gratuita: a causa de la tecnología, dejamos de mirar en un momento lo que ahora podremos ver gracias a ella.

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Ahora, el cielo ha sido sustituido por un simulacro proyectado sobre una pared celeste. Los niños se reúnen alrededor de Yayo. El argentino del micrófono les dirá su secreto para viajar en el tiempo.

“No somos héroes”

Yayo se llama Daniel Ekdesman y Sofía es de apellido Méndez; él es carpintero y comunicador, ella es maestra de kínder y psicóloga. Se conocieron, se enamoraron y se fueron a viajar juntos.

Sin embargo, esta no es la típica historia de dos amantes enloquecidos que se marcharon en una casa rodante por toda Latinoamérica. Eso también pasó, pero no por eso quieren ser descritos como aventureros.

Yayo es un poco calvo y sonríe con los ojos. Sofía tiene los ojos redondos, una curva leve de dos meses en el vientre y mira pasar las bromas de Yayo como si fueran brisa de mar.

Su primogénita, Negra, nació en México y ha pasado su primer año de vida en un hogar viajero por decisión consciente de sus padres. Los tres viven en todas partes de América Latina –y, por estos días, de Centroamérica– en un proyecto conjunto con Unesco: una semana en cada escuela, dos escuelas por país. Pero por sobre todas las cosas, viven aquí –el único “aquí” que no es intercambiable– en este remolque de arquitectura ergonómica que permite meter toda la vida en unos pocos metros cuadrados.

Los escolares  de Hone Creek hicieron un mural para representar lo aprendido en los talleres. Estos educadores usan la geografía para enseñar a los niños a ubicarse en el espacio (foto superior).   | J. CORDERO
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Los escolares de Hone Creek hicieron un mural para representar lo aprendido en los talleres. Estos educadores usan la geografía para enseñar a los niños a ubicarse en el espacio (foto superior). | J. CORDERO

Un mundo posible

Los esfuerzos de las maestras en Hone Creek están tan relacionados con sus cuerdas vocales como con su pedagogía. Detrás de muchos de estos pequeños, hay crudas historias de agresión, drogas y pobreza.

– ¿A vos te gusta mirar al cielo?, le pregunta Yayo a Marc Anthony, uno de los alumnos.

– Sí, pero de noche.

– ¿Por qué?

– Porque, además de las estrellas, en el día me encandilo.

La pareja lo ha notado en Centroamérica por contraste con otros países: la educación formal –dicen– parece consistir en trabajar para los demás. “El chico presenta tareas para la maestra porque necesita una nota. La maestra le rinde cuentas a la directora porque necesita un salario. Las directoras a las direcciones regionales, y ahí va la cadena”, razona Sofía.

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“Cuando no estábamos tan tontos con la tecnología, los seres humanos no se encerraban a mirar la computadora, sino que salían de sus cuevas y se tumbaban en el suelo a ver las estrellas”

Quizá por esa falta de estímulos para aprender por su cuenta o por la fatídica actitud del cielo ese día, es que los niños solo bajan el volumen de sus conversaciones cuando Yayo les hace un anuncio muy llamativo: ¡viajar en el tiempo es posible! Por ejemplo, la luz que vemos de la estrella más brillante del Universo sucedió hace nueve años. Puede explotar mañana, pero a nosotros nos seguirá llegando su esplendor durante mucho tiempo más. Minutos después, la algarabía retorna a su estado habitual.

El largo viaje

Dos camarógrafos acompañan a Yayo y a Sofía en este recorrido por Centroamérica. Están grabando un documental para la televisión pública argentina. Han visto de todo, pero sobre todo han vivido los matices de la pobreza y la inseguridad.

Aunque empezaron su travesía hace tres años, su recorrido por Centroamérica lleva tres meses. Se inició en la escuela del Chicogl, en Guatemala, y ha ido bajando hacia el sur del istmo.

En cada país utilizan métodos diferentes: obras de teatro con los nombres de las constelaciones, brújulas hechas a mano, un palito sembrado en el césped al mediodía para aprender a calcular la hora...

Es así como muchos han aprendido que la astronomía no se aprende solo en los grandes planetarios. Es más bien una forma de mirar al cielo para entender la tierra, la lluvia y el mar.

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