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Venecia: Un espacio que está en medio de puentes

Actualizado el 26 de julio de 2015 a las 12:00 am

Un espacio que está en medio de puentes, que huele a lluvia tibia y  habita una historia no oficial en la que muchos creen. Un territorio de descanso, de retiro, y de mucho bingo.

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Don Lizania Rodríguez tiene un archivo histórico en su memoria sobre un pueblo que ayudó a construir. Fotografía: Albert Marín.

Para llegar a Venecia, atravesamos un aeropuerto, ríos, y pueblos en donde hay cabinas Rosa Sharon y una Gregoris pizza. Carreteras verdes y vidrios blancos por tanta neblina. Cuando por fin llegamos, la temperatura era tan cálida que abrumaba.

El agua que caía era igual a la llovizna en los viveros, o al rocío cronometrado en las verduras del supermercado. Las gotas son incapaces de producir lividez.

Caminábamos lento. Estar en territorio desconocido provoca moverse despacio.

Lo primero que avistamos fue la escuela, o lo que había sido la escuela. En la entrada hay una placa con la palabra graduación en mayúscula, y al lado la fecha 1947, debajo de esto hay una lista con 10 nombres. El apellido González se repite tres veces. El Vargas cuatro. Hay dos Quesada. Un Eloy, un Tobías y un Delfín.

Debajo de los nombres de los estudiantes está el de la maestra: Martha. M de Meneses y la fecha diciembre 1997.

Subimos las gradas de cemento para entrar. No hay puerta y las dos aulas que vimos no tenían piso. “Es que la están remodelando”, nos grita una señora desde la parada del bus. “Esa era la escuela José María Vargas Arias. Pero la van a hacer el colegio nocturno”.

Como ya no había mucho por ver, cruzamos la calle para conocer la plaza. Que no era del todo una llanura, si no que al frente de un marco de fútbol, brotaban pequeñas montañas de zacate. La defensa.

La garúa volvía a ratos, aún no se escuchaba ningún motor de carro. Adentro de una calle de piedra hay una casa en la que, asumimos, hacían un rezo. La imagen del fondo es: ventanas con marquiset . Dos perros en el corredor jugando a comer hormigas. Una bici tirada en la acera con una llanta terminando de rotar. Un camión con cajuela de madera llena de barro seco y una pala. Detrás de todo esto, una montaña.

Es fácil notar para los venecianos que no somos de ahí. Continuamos la ruta cerca de la plaza para no perdernos. Nos detuvimos en una parada de taxis. Allí hablamos con Marlon, un señor moreno de piel gruesa y resistente. Me contó sobre su otro oficio: dirigir chapulines. Un trabajo muy común en esos lados.

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“Mire yo creo, eso lo que se dice, que aquí se llama así porque hace muchos años llegó un señor con su esposa. Y al parecer era bien necia la señora, y dicen que un día ella se quería ir y el le dijo: ven necia. Y así se quedó el nombre”.

Una señora al lado, escuchaba la conversación y se acercó para contarnos que en Venecia hay muchos cubanos pero ni un solo italiano.

Dejamos la plaza para entrar a la iglesia. El tercer monumento histórico. Son las 11 y 37 de la mañana y adentro hay un par de señoras envueltas en flores y en esponjas.

“Si quieren hablar con alguien que conozca la historia de este lugar busquen a Lizanía Rodríguez”.

Obedecimos pero esperamos adentro a que dejara de llover. Sumergidos en un total silencio, se podía escuchar el eco de la novela del mediodía salir de las casas del frente. Los compresores de los tráilers y los grillos venecianos. De lejos la iglesia parece un castillo. Cada una de sus dos torres con tres ventanas y arriba, dos cruces.

Esta es, según los venecianos, la casa más vieja que aún queda en pie. Fotografía: Albert Marín
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Esta es, según los venecianos, la casa más vieja que aún queda en pie. Fotografía: Albert Marín

Continuamos buscando a Lizanía. En el camino nos topamos con Carlos Luis, sin camisa y con cadenas de oro. Nos contó que el 2 de febrero es el día de La Patrona de La Virgen de la Candelaria. Ese día hay un desfile de bueyes, un carrusel y ventas de comida en la calles.

En la esquina noreste, atrás de la iglesia, hay un corral. “Es que la gente de por aquí regala ganado. Lo subastan y esa plata va para la iglesia”.

Preguntamos sobre la historia del nombre de Venecia para comprobar la primera teoría.

“Yo no sé, bueno, hay una historia que dice que una que vez aquí vivió una señora muy majadera y su marido un día le dijo: ya llegamos. Ve, necia”.

Acá no hay cine ni centros comerciales. Hay una oficina de Alcohólicos Anónimos que se llama Central 5 de julio. Abren lunes, miércoles y viernes de 7 a 9 p.m. Hay un cementerio con cruces de madera. Hay una heladería Venecia, una librería Venecia...

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Finalmente encontramos la calle de la Cruz Roja. Al fondo hay una casa celeste y desde la ventana se escucha un televisor con el volumen al máximo. Está puesto un canal español en el que están pasando una corrida de toros. Don Lizanía se levanta de su sillón para recibirnos.

El 21 de Agosto de este año cumplirá 99 años. Tiene 75 de vivir en Venecia y pocos minutos para hablar con nosotros antes de que sea la hora del almuerzo.

“Cuando llegué aquí solo había maleza. En mis tiempos uno no pasaba de segundo grado entonces acá trabajábamos con las manos. Imagínese que conocí a León Cortés una vez que andaba quitando maleza en un río.”

Don Lizanía se casó con Felicia Álvarez en la iglesia de Venecia. “Yo ayudé a construirla, ahí dejé todas mis fuerzas”.

Todos los días, don Lizanía se despierta a las cinco de mañana y se acuesta a las seis de la tarde. En ese rato de lucidez, sale a caminar, lee en el corredor de su casa, y recuerda.

Nos despedimos de don Lizanía, pero antes de dejarnos ir me advierte: mi nombre se escribe con z, no con s.

Estamos en medio de la nada. Un pequeño pueblo en San Carlos que arrulla. De textura sedosa y casas sin timbre. Del cual no muchos deben salir, tal vez por temor a no poder regresar.

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