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Usted es su carro

Actualizado el 12 de enero de 2014 a las 12:00 am

El semblante del tico que maneja comprime todo el estrés de la masa humana nacional. Rodamos en carros de lujo sobre calles de pordiosero.

Para no pocos, el carro es también cantina, máquina de matar y hasta la propia fosa de su dueño.

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Pasamos más tiempo en nuestros carros que en nuestras propias casas. Ilustración: Alejandro Segura

¿Qué es un carro? En el caso particular del tico, la prolongación rodante de su casa. Como esta no se puede mover, salvo que tiemble, entonces se mueve el carro.

Se mueve por supuesto con uno adentro y siempre hacia alguna parte, a excepción de cuando este se vara y entonces el que se mueve es uno, pero ahora desde afuera para empujarlo.

Por eso, como apéndice de la casa, el carro es muchas cosas según el perfil del dueño, desde bodega de materiales hasta manicomio, pasando por tocador, oficina, discomóvil, clóset, dormitorio, antesala... También confesionario para creerse uno sus propias mentiras al volante, así como diván de psicoanálisis para perdonárselas.

Como centro de comunicaciones, el carro es estupendo, sobre todo cuando la familia viaja hablando con todo el mundo enchufado al celular o tableta, menos entre ella. También el carro funciona como horno microondas cuando, por falta de aire acondicionado, uno acaba “al gratin ”, es decir, con los cachetes “ crispy ”, pues si abre las ventanas más bien se pasa de chamuscado por el hollín de tanta mufla sin Riteve.

El precio de un buen número de los carros que uno ve en la calle sobrepasan, por lejos, los $100.000 y lo que hay que pagar por tenerlos y mantenerlos es otro platal. ¿Cómo lo logran tantos ticos? ¡Ahí está el detalle!

Por eso, la gente pasa ahora más tiempo en el carro que en la casa, pues como debido a las presas no puede llegar a esta cuando quiere, anda entonces con media casa en el carro y asunto resuelto. Si no, asómese discretamente un día dentro de cualquier carro y verá residuos de hamburguesa, cajas de pollo frito, camisas de dormir, tenis y medias fermentadas, jarros de café, papeles, Kleenex estrujados, chicles debajo del dash , la almohada del chiquito, la bolsa de supermercado y los CD de Sabina o Marc Antony debajo del freno.

La simbiosis carro-casa ha evolucionado tanto que no hay casi nada que uno de los dos no tenga. Tanto así que de no ser por la estrechez de los puentes, alguien podría irse al trabajo, al súper o de paseo manejando su propia casa y dejar el carro estacionado en el campo de esta sin que pase nada. Y, bueno, si de las necesidades biológicas se trata, cero estrés, pues las de tipo A se resuelven perfectamente dentro del carro con un “cuerno” plástico, siempre y cuando se tenga buen pulso a la hora del frenazo o zanjón. Y las de tipo B, en teoría más graves, se solucionan con un poco de meditación trascendental al volante con el lógico cuidado de no poner los ojos en blanco en los semáforos en rojo para no acabar del todo en negro.

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El carro, pues, es inherente a nuestra más íntima biología. En este momento de nuestra evolución, es muy probable que el genoma del tico acuse en alguno de sus cromosomas signos evidentes de una adicción paranoica al carro. ¡Con razón el parecido tan grande entre carro y dueño!

Es cuestión de observar los carros que circulan por nuestras calles para sorprenderse no solo de la cantidad de ellos que nos tienen en estado de presa perpetua, sino del lujo, modelo y precio de la mayoría. Hay tantos vehículos para una red vial tan pobre que, en todo sentido, las matemáticas se nos acabaron hace tiempo para entender la capacidad económica de la gente que adquiere carros tan nuevos y lujosos sin que la relación costo-ingreso cuadre.

Y las matemáticas se acabaron también para hacer circular todos al mismo tiempo teniendo presente que los 1.650.000 carros de nuestro parque automotor, colocados sin moverse en fila india, abarcarían 17 veces la distancia entre la Tierra y la Luna.

El precio de un buen número de los carros que uno ve en la calle sobrepasan, por lejos, los $100.000, mientras otra cantidad, nada despreciable, anda entre los $70.000 y $90.000. Lo que hay que pagar por tenerlos y mantenerlos es otro platal. Desde el consumo de gasolina hasta el marchamo, sin dejar de lado póliza de seguros, llantas, motor y otros chineos, el gasto es criminal y solo alguien bien “forrado” puede hacerlo. ¿Cómo lo logran tantos ticos? ¡Ahí está el detalle!

Basta con echar una mirada cuidadosa y un poco indiscreta al interior del auto de cualquiera, para descubrir, en el piso y los asientos, toda clase de revelaciones domésticas. Ilustración: Alejandro Segura
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Basta con echar una mirada cuidadosa y un poco indiscreta al interior del auto de cualquiera, para descubrir, en el piso y los asientos, toda clase de revelaciones domésticas. Ilustración: Alejandro Segura

La mujer que va de “pelón” se distingue por el impecable blower que prácticamente ocupa todo el espacio del carro. Muy a diferencia de cuando ella misma regresa del “pelón” ahora peinada de “chiflón”, o sea, el mismo blower pero en sentido contrario

El asunto es que el tico y su carro, una vez juntos, se vuelven tal para cual. Se homogeneizan. Los focos, la parrilla, la trompa y el parabrisas del carro son ver los equivalentes del dueño, o sea, sus ojos, su boca, su nariz y su frente. Incluso su mufla... y así por el estilo. Conozco señoras ricachonas tan maquilladas que, por ejemplo, en nada se diferencian de su carro recién encerado. Lo que pasa es que al dueño de un “chuzo” cuesta cada vez más distinguirlo desde afuera debido al polarizado intenso de sus vidrios. Cuanto más “chuzo”, menos visible se hace el dueño por aquello del “ventanazo”, igual que con el chunche barato que, cuanto más “gajo”, más se oculta su conductor por aquello del “colorazo”. ¡Los extremos se juntan!

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Además, en esta categoría de carros caros y con estatus, hay una inevitable relación nombre y apellido. Por ejemplo, es difícil concebir que el dueño de un Range Rover de $140.000 se llame Macario Vargas; o el de un BMW (última generación), José Martínez, o la de un Mercedes Benz, Zoila Abarca. Uno está acostumbrado a asociar esas marcas más bien a apellidos como los von Breymann, los Ricofeller, los Van der Hugen…

Por esa razón, desde el instante mismo en que el dueño de un súper “chuzo” sea de apellido Espinoza, Meza o Zeledón –predestinados de por vida a andar en carros clase “gajo plus”– automáticamente se convierte en sospechoso con todos los agravantes judiciales hasta que no demuestre su inocencia.

Por eso, llama tanto la atención ver hoy a cualquier hijo de vecino con carros que solo andarían las estrellas del Barça o el Real Madrid, pues en esto no solo la plata cuenta, sino también la figura y el porte, porque un Ferrari manejado por un carajo barrigón de bigotito y con el pelo engominado, nada que ver. Ahí algo no calza.

Y así la demás gente. Dentro del carro, una mujer es perfectamente reconocible cuando es ama de casa, amante, ejecutiva, soltera, platuda o cabreada, fenómeno que no sucede si se le ve a pie. Una misma persona a pata o en carro es distinta. Algo ocurre en ella que se transforma, y debe ser el nuevo cromosoma en plena acción haciendo de las suyas. Posiblemente, mientras a pie se sabe vulnerable, en el carro se siente, como dicen ahora, “empoderada”.

Con el ama de casa (no confundir con el arma de casa, que es lo mismo pero nadie lo dice) no hay pierde ; anda siempre en el carro con cara de que le cogió tarde para algo, o para todo. Siempre se está yendo. Y debido a los hijos, siempre en fachas con peinado electrostático y ojos salidos no se sabe si por los alaridos del güila que va en el asiento de atrás rumbo al pediatra, o por el síndrome de pánico vial que afecta a muchas mamás que salen de una presa para meterse en otra y en otra.

Rodamos en carros de lujo sobre calles de pordiosero.
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Rodamos en carros de lujo sobre calles de pordiosero.

En cambio, la mujer que va de “pelón” se distingue por el impecable blower que prácticamente ocupa todo el espacio del carro. Muy a diferencia, desde luego, de cuando ella misma regresa del “pelón” ahora peinada de “chiflón”, o sea, el mismo blower pero en sentido contrario. Y ya eso no es pelo sino escobón de mecánico.

Pero mejor no caer en estos extremos, pues no sabe uno si fue que ella se trenzó de las mechas con otras en un ladies night por la tanga de algún “maripepino” o “combatino”, o que la persigue de cerca un inspector de policía para hacerle la espantolemia (como decir, la alcoholemia pero aplicada a la imagen).

Solo la amante o querida sobresale en el carro por su expresión sobrada de tener todos los asuntos resueltos gracias al señor de sus anillos que le “paganini” los cariños. Para ella también el carro es su área protegida, y más que eso, la vitrina desde la que exhibe su buen estado de salud. Para no pocos, desgraciadamente el carro es también cantina, máquina de matar y, en múltiples ocasiones, hasta la propia fosa de su dueño, lo que hace más patética la dependencia física y psicológica del conductor hacia el carro.

En fin que la expresión del tico que maneja es, en general, la síntesis de todo el impacto vial y emocional de su ciudad. Su semblante comprime todo el humo de las calles, las palabrotas, el mal rato en la oficina, los huecos, las platinas, el escándalo de pitos y motores y el estrés todo de la masa humana nacional.

Y el carro siempre con uno, fiel y solidario como la yegua al amo.

Rodamos, pues, en carros de lujo sobre calles de pordiosero. Pagamos altos impuestos por la compra de vehículos nuevos y usados, de gasolina, de rodaje y de peaje, y las calles son el hazmerreír mundial de un gobierno que ha convertido al país en un puente bailey .

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