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Tinta fresca

El rey de las bromas

Actualizado el 17 de abril de 2016 a las 04:30 pm

Los calipseros deberían ser inmortales, pero aún no hemos descubierto la fórmula.

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Tinta fresca: El rey de las bromas

Cahuita es un reino cuyo rey luce por corona una guitarra. Antes era Kawe ta, la tierra del kawe, el sangrillo, el árbol que parece sangrar.

Después fue el Bluff, el farol, el sitio donde una luz les decía a los buques y a los marineros (incluso a los piratas): la costa está cerca.

Es un reino de playas larguísimas de arena perfecta, patí, plantintá y un santuario natural cuya punta acaricia el arrecife.

Es donde crece el ackie y se enrosca en los almendros el peligro amarillo de la oropel.

En el centro del pueblo, en el parque, hay tres gradas que no llevan a ninguna parte. Son una ventana a lo que queda de la primera casa, levantada quién sabe cuándo por quién sabe quiénes. Quizás ocurrió cuando la música aún no llegaba.

El calipso viajó con los cazadores de tortugas, brincó de isla en isla y, como los cocos, anduvo mecido por el océano hasta enraizar en la tierra firme.

“El calipso es una broma” ha dicho, muy serio, el monarca cahuiteño. De esas bromas suyas una es excepcional. Se llama “Going to Bocas” y una versión única brota del piano de Manuel Obregón.

Empieza como un goteo, como el abrebocas de un aguacero de esos que nos arrullan algunas noches. Dura nueve minutos y se disfruta más cuando se ha bebido una copa de vino, o dos, o tres (todas copetonas).

La música es el diván del calipsonian y este un poeta que escribe historias para ser bailadas.

El rey de Cahuita es calipsonian de los mejores. Los pesimistas afirman que es el último, pero pienso que mienten o exageran. Otro como él no habrá, esa parte sí es cierta.

Le dicen Segundo y se llama Wálter, se apellida Ferguson y lo apodan Mr. Gavitt. Cuando tuve el honorgustoplacer de conocerlo preferí decirle maestro.

Ahora tiene 97 años y detrás de él un número de temas imposible de contar. Un disco grabado por el Instituto Smithsoniano recogió una docena en un acetato porque, claro, fue producido en 1982. Son, permítanme el plagio, doce perlas que brotaron de la arena.

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Cahuita es donde crece el ackie y se enrosca en los almendros el peligro amarillo de la oropel.

Los calipseros deberían ser inmortales, pero aún no hemos descubierto la fórmula. Eso es lo malo, lo bueno es que si este rey llega a faltar, le sobrevivirán herederos a lo largo de la costa.

En Cahuita el grupo Kawe demuestra cada semana que hay razones para ser optimistas. Hay que oír a Danny Williams, a Otilio Brown y a Alfonso Goulbourne tocando un homenaje muy movido al padre de un clásico como es Cabin in the Wata.

Si no puede estar el sábado en Cahuita para comprobarlo, vaya entonces a YouTube, búsquelo, suba el volumen y póngalo a sonar. Si no siente ganas de moverse, si no se mueve, preocúpese: usted podría estar muerto y todavía no le han avisado.

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