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Tinta fresca: La rebelión de los impacientes

Actualizado el 25 de agosto de 2013 a las 12:00 am

En lugar de desafiar a un sistema nocivo, nos adaptamos a él

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Tinta fresca: La rebelión de los impacientes

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Iba a ser un tranquilo viernes feriado. Minutos después de abrir los ojos, un dolor ácido y punzante alojado entre mi ombligo y espalda cambió cualquier plan de descanso por otro de emergencia. Para describirlo, tendría que compararlo con una patada violenta en el costado del abdomen, pero cuyo dolor se queda, permanece, incomodando cualquier movimiento como una estaca brusca.

El servicio de nuestro sistema de Seguridad Social es cruel.
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El servicio de nuestro sistema de Seguridad Social es cruel.

Con ayuda, llegué a Emergencias del Hospital Calderón Guardia. Escalofríos, sudor, dificultad para caminar, esa brasa bajo el estómago y la seguridad de que me esperaba un trance que –según yo– se extendería por días. Pasé ahí las siguientes siete horas.

Hay que decirlo con todas las letras: el servicio de nuestro sistema de Seguridad Social es cruel. Los hospitales están llenos de gente que reboza carisma y mística, pero también esos profesionales son rehenes del contexto: estructuras, procesos y hasta actitudes bastardeadas por décadas de impericia en la administración, la mecanización y desvalorización del acto de servir, y el parasitismo que parece drenarlo todo.

Una maquinaria a la que nadie en su sano juicio se enfrentaría en un día cualquiera; mucho menos en un momento de dolor, de vulnerabilidad, de enfermedad. No faltará quien diga que las críticas a la Caja son exageradas, que son ataques injustos, que no valoramos lo que tenemos. Pero cualquier argumento sucumbe ante la experiencia. El que lo sobrevive, lo sabe. Es un ciclo de revictimización que ciertamente al final cumple su tarea: uno se cura, pero porque la única otra alternativa es morirse.

En la base de este ecosistema, estamos los pacientes. Desde hace al menos una generación, los costarricenses asumimos que así son las cosas, que solo nos queda resignarnos, que hay que ser sumiso y ‘sobalevas’ para jugársela en el microcosmos de Emergencias, de Consulta Externa, de Inyectables, del Laboratorio, etcétera.

Es un ciclo de revictimización que ciertamente al final cumple su tarea: uno se cura, pero porque la única otra alternativa es morirse.

Ahí estábamos todos ese viernes. Priscilla, que me recomendó entregar las muestras al laboratorio antes de recibir una inyección contra el dolor: ya sabe cuántas horas dura un resultado que debería tomar minutos. Húber, que conoce cuál enfermera hace muecas y cuál hace milagros. Denia, que sabe bien que el tramadol no le hace ningún efecto pero es lo que le recetan cada vez que vuelve vencida por el dolor de sus piedras en los riñones. Don Rodolfo –‘Fofo’– que tiene identificado cuál doctor es un patán con su hijo diabético, y cuál no. Hilda, que casi puede recitar de memoria la lista de medicamentos que están agotados, y la de genéricos de la farmacia que no sirven para un carajo. Los pacientes, sumisos, agradeciendo. En lugar de desafiar a un sistema nocivo, nos adaptamos a él.

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Para unos, es un mal rato al que nos asomamos por siete horas. Para otras miles de personas, es un dolor que se queda; permanece. Hasta que a los pacientes se nos muera la paciencia.

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