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Tinta fresca: Somos novios

Actualizado el 27 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

No iban a tolerar ni media huella dactilar en la inmaculada anatomía de sus hijas

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Allá en los años setenta, fui alguna vez designada como representante estudiantil en una reunión del colegio con los padres de familia. Estaba en tercer año (bueno, noveno). Cuando me llegó el turno de hablar, no pedí que se permitiera aumentar el largo del cabello de mis compañeros ni disminuir el largo de la enagua de mis compañeras, ni tener menos asignaciones y más tiempo de almuerzo. Aproveché la inigualable coyuntura y supliqué con vehemencia una cosa a los padres: que permitieran a sus hijas tener novio (hoy día se prohíben otras cosas, antes era usual que se prohibiera tener novio). Expuse mis razones: no hay más forma para aprender a amar que amando, y una adolescente que no pudiera relacionarse con los varones acabaría siendo una adulta analfabeta en esas lides.

Ilustración: Alexánder Salazar
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Ilustración: Alexánder Salazar

Grueso silencio. Los padres me contemplaron pensando lo innombrable. No confiaban en la implosión de hormonas de ningún enamorado y no iban a tolerar ni media huella dactilar en la inmaculada anatomía de sus hijas.

Mi ingenuidad y yo tomamos asiento. Por suerte en casa sí me dejaban tener novios (novios que me dejaban por la rigidez de las reglas de la casa; pero, bueno…).

Ahora que con frecuencia me toca ser suegra de novios pasajeros, sigo opinando lo mismo. Miedos aparte de cómo puedan los tórtolos enfrentar el mutuo magnetismo sexual y obviando la complejidad de relaciones que se manejan hoy las criaturas (una cosa es un ligue y otra cosa es apretar), el noviazgo sigue siendo una excelente manera de aprender a querer. Lo cual no es tan sencillo: significa renunciar a la tentación del control, de los celos, de la posesividad, de la descalificación y la competencia. De la violencia. Cuántas Julietas hay maltratadas por su Romeo. Aprender entonces unos a respetar, a decir que no las otras, a cortejar sin tregua, a no dar al otro por garantizado.

El noviazgo es un ensayo. Nadie espera que alguien se case con su noviecito de los quince años. Sabemos que es transitorio, que la meta no es el puerto sino el viaje, que nos hace crecer.

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Ayudemos a nuestros hijos en su trayecto, evadiendo tanto la intolerancia como la permisividad indolente, desmenuzando juntos las causas de sus escollos amorosos, dando el ejemplo. Porque los adultos, a la larga, corremos los mismos riesgos. Si nuestra conducta sexual es temeraria, ¿por qué no habría de serlo la suya? Si sojuzgamos o explotamos a la pareja, ellos lo verán como normal.

El amor es un idioma, una de las formas de la sabiduría. ¿Cómo la podríamos denegar?

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