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Tinta fresca: Lo que no dice la memoria

Actualizado el 08 de mayo de 2016 a las 12:00 am

El mundo cambia, las personas con él.

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Tinta fresca: Lo que no dice la memoria

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Karina Salguero

En La guerra no tiene rostro de mujer , la escritora y periodista bielorrusa, Svetlana Alexiévich, ejerce esa profesión que no se enseña. El oficio de una escritura que no se aprende. Todo lo contrario, para escribir como ella hay que desaprender. “Cada vez me convierto más en una oreja, bien abierta, que escucha a otra persona. Leo la voz”, escribe.

Ilustración de Dominick Proestakis.
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Ilustración de Dominick Proestakis.

Hace muchos años, casi en otra vida, viví en Bulgaria. Estudiaba en la Universidad de Sofía lo que pensaba que iba a llevarme muy lejos de las letras. Había decidido en ese viaje que iba a ser dentista. Era 1988. No había caído aún el muro que partió a Alemania. No parecía que el mundo pudiera cambiar y sí parecía que yo iba a operar una encía. No tardó en darse la noticia de que se caía el muro, cuando yo ya estaba de regreso en la UCR, hospedada en la Facultad de Letras. Lejos de un conflicto que pensaba ajeno, hasta leer este libro. El mundo cambia, las personas con él.

La historia del siglo XX está comprimida en esos relatos de mujeres. Más allá de narrar la guerra, en el libro se describe la construcción de un pensamiento, de una sociedad fracturada. Lo que éramos en ese momento y lo que somos ahora, no es el centro. Yo pensaría que se trata de entender lo que somos cuando nos supera la tensión social. No somos iguales.

La huella de la guerra aún está vigente en ese fracturada Europa del este. En realidad en todo el Viejo Continente. Toda la región euroasiática parecía estar cubierta por la sombra de la igualdad, claro, aquella igualdad fabricada en formato de manifiesto. Así también fue enlatada la guerra. Pero, lo que asombra, pensando en Costa Rica (una sociedad mucho más joven y con una memoria más frugal), es la vigencia. No hay olvido, los conflictos contemporáneos tienen explicación en formato de un pasado irresuelto. Incompleto. Las cicatrices de una guerra no las tapa el cebo cubano.

Todo se vive en presente allá, conviviendo frenéticamente con lo heredado. También está fresco el rastro de la centenaria ocupación otomana e incluso aún se llora en secreto la muerte de Lenin. Y a la vez, no se sabe tanto, hasta que rompe el silencio una mujer soldado. O muchas. Esa región con esas mujeres (que también somos todas) de memoria viva, esa memoria tan buena que no olvida. Tan buena y tan mala.

No voy a contar el libro, Svetlana Alexiévich provoca la lectura obligatoria, con esos kilómetros de cinta que grabó y transcribió. Horas de conversaciones en las que el momento de liberación llega después de hablar mucho y girar por las lateralidades de un monotema. Historias de ellas cuando no hay más audiencia ni espectadores que ellas mismas. Mujeres que fueron a la guerra. Ellas, que se enlistaron con actitud nacionalista para defender una Unión Soviética, que con los años queda claro que era más soviética que unida.

Esa coalición de naciones por las que aprendieron a matar, paradójicamente, quedó desarticulada pocas décadas después del final de la Segunda Guerra mundial. Quizá la deuda histórica es que nunca debieron amalgamarse a la fuerza. Muchas de estas mujeres pudieron narrar la historia hasta pasada la perestroika, antes de eso faltaban partes para reconstruir sus emociones. Porque eso es lo que importa, lo que es casi imposible de restablecer: las emociones.

Tengo una pésima memoria, y tampoco he viajado lo suficiente, solo recuerdo el este de Europa liberándose de su propia historia y repitiéndola. Salí de allí hace mucho tiempo, este libro me hizo volver. Mañana no voy a recordar que escribí esto.

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