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Tinta fresca: El árbitro

Actualizado el 28 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Ni con dios ni con el diablo.

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Tinta fresca: El árbitro

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Génesis: Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día sétimo la obra que hizo, y reposó. Al despertar, creó Dios el fútbol para ser jugado en el más allá. Y vio Dios que era bueno.

Ángeles, arcángeles y todos los estratos celestiales se congregaron en el campo celestial. Las mejengas dieron paso a los encuentros amistosos que, fervientemente disputados, emocionantes, llenos de rivalidad, cada vez menos amistosos, pronto desnudaron la necesidad de un juez; ni qué decir, en el clásico de ángeles contra diablos.

En el fútbol, ni los ángeles eran tan ángeles, ni los diablos tan diablos; reclamaban por igual el gol dudoso, la ajustada posición prohibida, la pelota dominada con la mano, el levantín al borde de la línea lateral.

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Tinta fresca: El árbitro

Y vio Dios que urgía inventar el árbitro. Entonces, llamó al hombre, le vistió de negro y le puso un silbato en la diestra: “Por cuanto has probado del árbol prohibido...”.

A partir de entonces, a cada hombre que tocaba las puertas del cielo, necesitado de algunos créditos para merecer la vida eterna, no le quedó más que pagar sus deudas con algún tiempo en el referato.

Ni en el cielo era labor sencilla. Críticas, silbidos y hasta madrazos llovían desde los alrededores, permitidos en excepción para los partidos de fútbol, con inigualable efervescencia en las finales de campeonato. Alguna vez hasta una aureola lanzada desde lo alto le dio en la pura coronilla al réferi.

Siglos después, Dios le regaló el fútbol a los hombres para que lo jugaran en la Tierra y lo extendieran por todos los rincones mundo. Sin saber qué hacer con aquello –igualito que en los tiempos del Edén– los hombres, que entonces ya jugaban al rugby , tardaron un tiempo practicando y discutiendo modalidades de un juego que se acercaba de a poquitos al fútbol actual. Al tiempo, mientras las reglas iban y venían, hasta la definitiva unificación en el reglamento de Cambridge en 1863, el árbitro se convirtió nuevamente en un mal necesario.

En algún tiempo, según la santa FIFA, los capitanes de cada equipo resolvían las jugadas conflictivas; hubo alguna vez un juez al borde del terreno, con cronómetro en mano, a quien se recurría únicamente en caso de irremediables desacuerdos.

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Nada bastaba ante las crecientes pasiones y las cada vez más definidas y necesarias reglas: el fuera de juego (1863) y sus modificaciones (1866 y 1925), los saques de puerta (1869), los tiros de esquina (1872), ¡los penales! (1891). En gran parte por ellos (los penales), el árbitro entró al terreno en ese mismo año, silbato en mano, como único responsable de dictar sentencia.

El hombre empezó a pagar sus pecados en la Tierra. Por más de un siglo vistió de luto. “¿Por quién? Por él mismo” –cuenta el escritor Eduardo Galeano– y aunque hoy vista de colores no es más que un disimulo.

Lo acosan más que en los tiempos celestiales. Antes de cada partido es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Los equipos ganan pese al árbitro y pierden por culpa de él. La afición olvida al ser humano y arremete inmisericorde.

Cualquier ciudadano decente, padre, madre, buena gente, se cree con derecho de vociferar contra el silbatero, el soplapitos, el hijo de la madre que lo parió. La televisión y la cámara lenta hacen ver fácil lo que el ciego no pitó. El árbitro –que en ocasiones va al sicólogo– a veces no los escucha. Lo peor no son los reclamos, ni los reproches, ni los insultos ni los mentonazos de madre, sino irse a dormir con la revelación de haber errado en un fallo trascendental. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.

Dicen que en el cielo se sigue jugando fútbol y a aquello del arbitraje algunos le llaman purgatorio.

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