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Tinta fresca: Cinco años

Actualizado el 02 de abril de 2017 a las 12:00 am

Antes de que transcurrieran estos cinco años, los más fugaces, los más extraños de todos, yo era otro

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Ilustración: Dominick Proestakis

Pensé en escribir una especie de carta, pero no supe a quién dirigirla. El receptor, creo, no sería una persona –no sería justo–, ni varias; no sería tampoco, aunque el título de este artículo lo sugiere, un período de tiempo específico, ni mi versión antes de ese tiempo. Esto es, digamos, correspondencia extraviada para las cosas que comenzaron a ser y dejaron de ser durante este tiempo, cinco años, los suficientes, un brinquito, un instante, una vida entera, nada de nada.

A principios de este siglo, cinco años se veían eternos. Eso duraría mi encierro en el colegio, una época que los adultos de mi vida prometieron que yo recordaría con cariño por siempre. Mentían. Bueno, no: yo no fui como ellos. No soy como ellos. Mi colegio fue nefasto y poco memorable, y no podía esperar a largarme de ahí. Cuando sucedió, nunca miré atrás.

Cinco años, también, dura la carrera de Derecho, que cursé hasta la mitad exacta; que abandoné la mañana en mi abuelita murió porque, si yo sabía que quería escribir novelas y reportajes, ¿qué diablos hacía estudiando leyes y tratados?

La vida cambia en un instante. Cuando supe que mi abuelita iba a morirse en minutos, decidí no regresar a la facultad de Derecho. Hace poco vi el edificio en el que pretendí ser un amago de abogado durante medio lustro: ha sido destartalado, le sobrevive solamente la carcasa.

Hace cinco años, una empresa decidió empezar a pagarme un salario estable por hacer lo que más amo en el mundo: escribir. En cinco años, he escrito las historias que he querido, las que he encontrado por casualidad, las que me han encontrado a mí. Nunca nadie me ha dicho de qué debo escribir, de qué no puedo, a quién le debo. Cinco años de libertad se dicen fácil, al punto de darlo por sentado cada tanto; luego recuerdo lo que tengo, lo que nunca creí tener, recuerdo que yo iba a ser abogado -sin quererlo- y esquivé esa bala.

La vida es un accidente. La única relación estable que he tenido en mi vida duró cinco años (y se acabó, por supuesto, hace cinco también). Desde entonces, mi vida emocional no ha sido la más saludable. Desde entonces, mi vida emocional ha sido peor y mejor. Desde entonces, vivir ha sido más y menos.

Hace cinco años, mi mamá hizo el viaje de casa al hospital por última vez. Nunca vio mi nombre impreso en una revista. Nunca leyó un texto mío fuera de la pantalla de la computadora. Nunca vio una novela con mi nombre. No supo cómo me las ingenio para cocinar y que no se me queme el pollo, que no se me acumulen los platos sucios, que no se me vaya la plata en tonterías. Y sin embargo, tengo la sensación de que sí, de que siempre lo supo.

Antes de que transcurrieran estos cinco años, los más fugaces, los más extraños de todos, yo era otro. Hace cinco años, con novia, carrera y madre, yo creía saber para dónde iba. Hoy, no tengo la menor idea. No pretendo tenerla. No quiero tenerla.

La vida es mejor a ciegas.

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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