Entretenimiento

Revista Dominical

Tinta Fresca: El collar y la noche

Actualizado el 18 de junio de 2017 a las 12:00 am

La oscuridad puede ser la ventana a un mundo de preguntas que siguen sin respuesta

Entretenimiento

Tinta Fresca: El collar y la noche

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Parque nacional Palo Verde, febrero del 2017.

Alguien sugirió apagar los focos con los que alumbrábamos el caminillo. Lo hicimos y al alzar la vista nos encontramos con un brazo de la Vía Láctea extendido en la negrura del cielo.

La Vía Láctea: cien mil millones de planetas. ¿Cómo no va a sentirse diminuto frente a semejante enormidad alguien que vivirá ocho o nueve décadas?

Mirar al cielo es viajar hacia el pasado, sorprenderse hoy con lo mismo que llevó a otros a buscar explicaciones.

¿Qué son las estrellas?, cuenta Carl Sagan que se preguntaba él de niño en Brooklyn. Le respondían lo obvio: luces en el cielo. Luces, sí, pero ¿dónde?, ¿de qué estaban hechas?

Palo Verde es uno con luz y otro sin ella. Incluso cambia la fauna. A oscuras se mueve uno entre leones, osas, cabritas, canes, toros; animales muy distintos a los del día: halcones, tortugas, patos, alcaravanes.

Sin focos, y sin luna, descubrimos que sobre nosotros avanza Orión, el cazador con el cinturón de luceros. Al sur del cinturón, donde el cazador lleva la espada, una incubadora: la gran nebulosa, visible, incluso, sin telescopios o binoculares. Un regalo de la oscuridad.

La nebulosa parece la marca de un borrón sobre una hoja negra. Es solo una forma de decirlo. Se trata de una nube de gas y polvo donde hay estrellas formándose. Llevan eternidades en eso y necesitarán varias más para ser adultas. Son bebés a 1.500 años luz de nosotros.

Ilustración: Dominick Proestakis

En contraste, muy cerca está el humedal, más allá el Tempisque. La laguna canta, las candelillas dibujan en el aire y se encienden a lo lejos unos relámpagos azules.

Aparecen la Cruz del Sur falsa y la verdadera. Júpiter supera las copas de los árboles con sus lunas y sus franjas. Acostados en el zacate unos humanos curiosos buscan en lo alto las figuras que otros descubrieron y nombraron en un intento de explicar los misterios.

Manhattan, octubre del 2010.

El collar no es menos impresionante que la noche, la Vía Láctea o las nebulosas, pero sí "algo" más pequeño. Para los egipcios simbolizaba la vida y el rejuvenecimiento y estuvo sobre el sarcófago de oro de Tutankamón.

Pude verlo en el Museo Metropolitano de Nueva York y me encantó. A pesar del tiempo transcurrido se veían como recién cortadas sus flores y sus hojas y recién colocadas las cuentitas de loza. Tiene tres mil años. ¡Qué fácil se dice tres mil años!

Estaba en una exhibición dedicada al funeral del rey adolescente en la que había también jarras, vendas, sábanas y vasijas donde los encargados de la momificación guardaron lo que sobró del ritual, incluidas las vísceras.

El otoño me enseñó ese otro tesoro cuyo protagonista fue, para mí, el collar floral. Ninguna otra de las 60 piezas me sorprendió tanto.

Acerqué los ojos a la urna donde estaba tratando de captar mejor los detalles, como hice en Palo Verde a través de un telescopio cuando la madrugada nos mostró a Saturno y sus anillos.

Me impresiona mucho estar frente a objetos muy antiguos. Me hago preguntas, algunas sin respuesta. Ya lo había sentido con una lápida romana que daba cuenta del funeral de un niño. Tenía dos milenios y parecía esculpida el día anterior.

Pero el cielo de la noche guanacasteca superó a lo más antiguo entre lo antiguo: abrió una ventana a los orígenes para reconocer (otra vez) lo inevitable: nos iremos y el mundo seguirá. Así es desde el inicio. Así será siempre (en caso, claro, de que exista un "siempre" en algún lado).

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Tinta Fresca: El collar y la noche

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota