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Tinta Fresca: Manos sudadas

Actualizado el 22 de abril de 2017 a las 10:30 pm

Cuando me pongo nerviosa, o me asusto me sudan las manos, también cuando corro, y mato grasa y pena

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Tinta Fresca: Manos sudadas

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Por mi casa existe un gimnasio arriba de un supermercado al que asistí hace años para sentirme productiva, útil, menos vagabunda. Pero no me gustó. Era un salón gigante repleto con máquinas que nunca me atreví a tocar, porque realmente no tenía idea de para que servían.

Cuando era pequeña, mi abuelo tenía un monstruo de hierro que acaparaba media sala. Un día, puse mi mano derecha en el asiento, y de arriba cayó una navaja que me perforó el dedo gordo.

La sangre brotaba por doquier, mi abuela gritaba por doquier. Me alzó, corrió una cuesta, y me llevó a una Cruz Roja. El resultado se partió en dos, como mi dedo: primero adquirí un terror irracional hacia las máquinas, y ahora tengo un dedo largo y otro corto al que a veces veo como un pequeño astronauta. El que quedó largo fue el accidentado, por cierto.

Entonces, en el gimnasio por mi casa lo único que podía hacer eran abdominales. Pero no era fácil. Nadie nunca me dijo si lo hacía bien. Tampoco entendía como subir la cabeza y mantener los pies en el suelo al mismo tiempo, entonces me rendí.

Ilustración: Dominick Proestakis
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Ilustración: Dominick Proestakis

Estaba, una vez más, derrotada. Si digo que nunca me ha importado la apariencia física, mentiría. Pero si digo que nunca me ha importado la mía, es aún una mentira más grande. No sé cuanto peso, pero siempre he mantenido un tamaño que socialmente no me ha acomplejado, ni muy gorda, ni muy flaca. Normal, supongo, si es que eso existe. Eso sí, saludable no era. No sé si lo soy tampoco. Nada que celebrar. Pero muy, muy en el fondo, nunca he estado completamente cómoda con lo que cargo a diario.

Para aliviar mis inseguridades me inventaba algunas rutinas: me bajaba en la parada más lejana para tener que caminar. Tomaba té verde en la tarde. Le ponía pepino al agua. Dejaba de comer arroz. Todo esto para evitar una realidad: el gimnasio.

Entonces, hasta hace muy poco, decidí que iría. No hubo tiempo para ninguna preparación física ni mental .

Tuve que comprar licras especiales que cuestan más de lo que soy capaz de ahorrar en un fin de semana. Rebusqué en el clóset las camisas viejas menos feas. Compré un paño para el sudor. Todo eso. Pero para poder ir, creamos en el trabajo una cuadrilla de otros como yo. Vamos al gimnasio que queda justo al frente de la Redacción, lo cual nos creaba ataques de pánico. No estábamos preparados para sudar y vernos completamente desvanecidos junto a personas que vemos a diario, aunque no las conozcamos.

Pero fuimos. Vamos. No todo es tan malo como parece, no en ese lugar al menos. Lo primero y más importante del asunto es que hay un perro en el parqueo. Lo segundo, es que estamos solos. Ahí dentro impera el respeto a la soledad. Algo que jamás pensaría que existe en un gimnasio. Cada quien en su máquina, sumergido en su propia batalla contra la grasa, la edad, lo que dirán.

En parte, nos gusta ir porque por una hora y media escapamos de la Redacción, del aire acondicionado, de lo blanco que es todo, de la bulla que hacen las uñas postizas en el teclado. Vamos porque nos divertimos, sudamos, corremos, no interactuamos. Hasta podemos ver fútbol mientras quemamos celulitis.

En el momento justo en que estoy por rendirme, pienso, 'no no, vea las piernas de Cristiano Ronaldo'.

* * *

El único deporte para el que sirvo, o servía, era el béisbol. En la escuela era buena, lo entendía mejor que nadie. Pero no sé que habrá pasado con ese talento, ni con la máquina de mi abuelo, ni con el gimnasio que está por mi casa, que ahí sigue, gestando gorilas de pueblo.

Lo único que sé es que me gusta ir ahora al gimnasio. Pero sobre todo, me gusta no pensar por una hora. Apagar la pantalla que me tira tiempos y calorías quemadas, y apagar mi cabeza. Son 60 minutos en los que no extraño las manos de mi papá; no me estreso por las páginas que no he escrito, ni por las cajas que necesito buscar para hacer, una vez más, una mudanza. No le pongo atención a mis miedos, mis dudas, mis ‘entonces, para los 20 ya tendría que haber...’ nada. Reseteo todo, soy.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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