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Ticos gais viajan al extranjero para casarse

Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Ticos gais viajan al extranjero para casarse

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Johana y María hablan de su matrimonio invadidas por una serie de emociones opuestas.

El coctel de sentimientos que evoca el recuerdo de su boda, tiene un sabor, primordialmente, a amor y felicidad, como el de cualquier otra pareja recién casada.

Mas, súbitamente, el arcoíris se torna gris y el discurso adopta un tono de indignación y malestar, cuando, muy a su pesar, estas dos mujeres reconocen que la unión que legalmente oficializaron en Estados Unidos, no es reconocida en Costa Rica.

Acá no tienen ni los derechos ni los deberes que poseen el resto de esposas del país. Acá, ante los ojos del Estado, son solo un par de amigas.

“Es como si relegaran a un sector de la población a un segundo estatus, como si no fuéramos elegibles o no clasificáramos; como si no fuéramos lo suficientemente buenas”, critica María, de 43 años. Hace año y medio, esta consultora en relaciones públicas se casó con su novia Johana , tras más de un lustro de relación.

La propuesta la hizo Johana, mientras ambas veían cómo la cadena CNN informaba sobre la aprobación del matrimonio gay en el estado de Nueva York.

“Al principio fue por algo político; estábamos muy pendientes del proyecto, de la posibilidad de que los no residentes se casaran. Inicialmente, fue para hacer valer nuestro derecho de casarnos, para marcar una posición; pero luego, cuando vimos cómo la noticia despertó emoción y alegría entre familiares y amigos, lo empezamos a vivir como un gran festejo”, cuenta Johana, administradora, de 38 años.

Y así fue como, junto con 30 invitados, en una sobria y emotiva ceremonia, luego de un discurso cautivante de la madrina, y de que Topo Gigio –el perrito mascota de la pareja– desfilara con los anillos, contrajeron nupcias. Después, como en cualquier boda, hubo fiesta, fotos y abrazos...

Para ellas, lo más significativo del acto fue poder expresar su amor y compartirlo con sus personas más cercanas.

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“Fue oficializar un compromiso de vida; es un derecho que tenemos como pareja, y el derecho de nuestra familia y amigos de celebrarlo con nosotras”, comentó María, quien nos recibió, junto a su esposa, en la casa de ambas en Pavas.

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No obstante, la convicción y amor de Johana y María significan muy poco para la legislación nacional.

En Costa Rica, su relación no existe en el marco de la ley, pues no está contemplada la figura de matrimonio entre personas del mismo sexo. De tal forma, en territorio costarricense, un matrimonio homosexual– de nacionales o extranjeros– no genera ningún efecto en lo personal ni en lo patrimonial para los miembros de la pareja.

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La explicación la dio el juez de familia Mauricio Chacón Jiménez. Paradójicamente, añadió el experto, aunque el matrimonio gay no es reconocido, si una persona homosexual casada en el exterior quiere contraer nupcias – en una relación heterosexual– en Costa Rica, es necesario que antes rompa su vínculo homosexual. Es decir, debe divorciarse en la nación o estado donde se casó primeramente.

Actualmente, un total de 14 países han aprobado el matrimonio entre personas homosexuales, entre ellos los latinoamericanos Argentina y Uruguay. Además, en 12 estados de Estados Unidos y en el Distrito Federal de México también se reconoce el vínculo. La tendencia es creciente, el tema se ha vuelto tema de debate en los congresos y consulta recurrente para candidatos presidenciales. Solo esta semana, el estado de Minesota, en Estados Unidos, aprobó una ley que permite a los homosexuales contraer matrimonio, y el Poder Judicial brasileño ordenó a las oficinas públicas donde se celebran casamientos no rechazar a ninguna pareja gay que desee casarse.

Sin derechos

En Costa Rica, la discusión no se centra en la aprobación del matrimonio gay. Más bien, la batalla tiene como frente de pelea el reconocimiento de los derechos patrimoniales y sociales de estas parejas; en síntesis: que se acepte su relación como una unión de hecho, con todo lo que esto conlleva y significa.

Sin embargo, el proyecto legislativo que contempla lo anterior, denominado Ley de Sociedades de Convivencia ( ver recuadro ), fue rechazado por la comisión de Derechos Humanos, encabezada por el diputado evangélico Justo Orozco .

El legislador ha externado recurrentemente su oposición a la iniciativa y, en un artículo publicado en La Nación en marzo pasado, él reiteró su opinión de que la aprobación de leyes de uniones homosexuales “solapadamente busca equiparar estas uniones al matrimonio de hombre y mujer, claramente definido en nuestra Carta Magna, el Código de Familia y en las Sagradas Escrituras”. Otros diputados opositores al proyecto, como Manrique Oviedo, del Partido Acción Ciudadana, afirman que la iniciativa contenía artículos cuya materia ya estaba normada en el derecho comercial, y que eran innecesarios.

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Lo anterior ha dejado un vacío legal y ha provocado una orfandad de derechos para las parejas homosexuales en el país.

Esa fue la razón por la que Cristian Solera Montero y su novio Sanjay Krishnankutty Alonso, decidieron radicarse en España, país donde se casaron en el 2010.

Cristian, costarricense de 38 años, conoció a Sanjay, español de padre indio, de 32 años, en el 2007. Sus gustos musicales y su pasión por el Real Madrid los hizo enamorarse.

Los primeros años de su relación fueron a distancia: Sanjay venía periódicamente para compartir con su novio. La idea inicial era construir su vida juntos en suelo tico, pues estaba empezando la crisis económica en España y las opciones de buenos empleos allá eran escasas.

Sanjey, informático de profesión, tenía incluso una oportunidad laboral en Costa Rica. Pero, al poner en una balanza los beneficios que le brindan Madrid y San José a una pareja gay, Europa ganó por goleada.

“Es que el matrimonio allá te da los mismos derechos que los de una pareja heterosexual. Seguridad, estabilidad... allá somos esposos, todo el mundo lo entiende así. Acá, en cambio, es como si solo fuéramos un par de tipos que se llevan bien”, manifestó Cristian, quien recordó que, en Costa Rica, el estatus migratorio de Sanjey habría dependido de su trabajo, mientras que, una vez casado en España , él se convirtió en un ciudadano más de la comunidad europea.

Cristian es publicista, mas no ha encontrado trabajó allá. Sin embargo, por estar casado con un español cuenta con seguridad social y podría optar por un subsidio de desempleo.

También podría pedir pensión en caso de quedar viudo, tener acceso a la mitad de los bienes que compró junto a su pareja si llegara a divorciarse, solicitar un préstamo de vivienda junto a su marido o entrar al hospital a visitarlo en caso de enfermedad. “Lo más gratificante es que en España nos reconocen como lo que somos; en Costa Rica no somos nada, es como un amor contracorriente”, se quejó Cristian, quien actualmente está de vacaciones aquí.

El mismo malestar acompaña a Jorge Isaac Delgado Hand, un costarricense de 62 años, quien desde hace 22 tiene una relación con el francés David Hall, de 52 años.

“Lo triste es eso, tanto tiempo juntos y no nos ven como pareja. Son más de 20 años de novios, y cuando vamos al gimnasio, por ejemplo, no podemos aplicar a una promoción familiar. Parece algo pequeño, pero me parece muy injusto; cualquier heterosexual con tres años de convivir ya tiene todos los derechos”, sostuvo.

Jorge y David viven un tiempo en Costa Rica y otro en Carolina del Sur (Estados Unidos), donde David maneja un pequeño negocio; pero el proyecto en el corto plazo es retirarse a vivir a Francia.

El último impulso a este proyecto fue la reciente aprobación del matrimonio gay por parte del parlamento galo. Ahora, cuentan los días para casarse en París.

“Es una oportunidad que debemos aprovechar. Podré tener un pasaporte europeo, seguridad social y la residencia”, manifestó Jorge, quien catalogó como “un atraso” la negativa que hay en Costa Rica en torno al tema.

“Sinceramente, siempre nos han tratado muy bien: en la familia, en el condominio... pero lo que sí está fregado es la parte burocrática. Sin duda, el trato es desigual”, denunció Jorge, refiriéndose a los días que pasa con su pareja en Costa Rica.

El atraso

El activista por los derechos homosexuales Luis Paulino Vargas Solís coincide con Jorge.

Él afirma que una de las razones por las cuales el reconocimiento de los derechos de las parejas gay está entrabado se debe a “una institucionalidad pública homofóbica”. La otra razón, añade el activista, son los pensamientos conservadores, tradicionales y religiosos que hallan eco en ciertas figuras políticas.

De hecho, la socióloga Montserrat Sagot sostiene que todo el discurso para oponerse al reconocimiento de los derechos de las parejas gay está basado en prejuicios religiosos que carecen de fundamento en la realidad.

“Hablan de una debacle social y de que se desvirtúa la familia, cosas que no son ciertas. Acá lo que es cierto es que hay un sector de la población al que se le exigen todos los deberes, pero no se le dan todos los derechos”, destacó.

La posición de la Iglesia católica en torno al asunto se ha mantenido invariable: “El matrimonio es entre un hombre y una mujer, y todos deben entender que él/ella tienen un padre y una madre”, ha expresado Federico Lombardi, portavoz del Vaticano.

Sanjay Krishnankutty recuerda que cuando el matrimonio homosexual fue aprobado en su natal España (en el 2005), hubo grupos conservadores como el Foro de la Familia que esgrimieron las mismas críticas que las que hacen en Costa Rica quienes se oponen a reconocer los derechos de las parejas gay.

“Decían que se iba a acabar la familia, que todo el mundo se iba a hacer gay, que iba a ser un desastre... Han transcurrido ocho años y no ha pasado nada; no hubo ninguna catástrofe”, dijo.

Cristian, por su parte, recalcó que ellos exigen los derechos más básicos y que no hay razón para negárselos.

Para el matrimonio formado por Johana y María, esta carencia de derechos se les ha convertido en el principal obstáculo para que puedan dar el siguiente paso en la consolidación de una familia: volverse madres .

Ellas evalúan la opción de adoptar o recurrir a la fertilización in vitro para tener un hijo, pero temen no poder ejercer la maternidad plenamente por impedimentos legales. “¿Que pasa si nos divorciamos?, ¿aquella que no es la mamá biológica tendrá derechos de madre?, ¿podrá ir al colegio a ver el partido de baloncesto?, ¿qué pasará con nuestro hijo si algo le pasa a la que es la madre biológica?, ¿sería la otra reconocida como tal?”, se cuestiona Johana, quien reconoce que la posibilidad de irse a vivir a un país donde se reconozcan sus derechos, ha estado sobre la mesa en varias ocasiones.

Lo que viene

En los 11 meses y días que le quedan al actual gobierno, los activistas de ven muy difícil que vuelva a caminar el proyecto de Ley de Sociedades de Convivencia.

Luis Paulino Vargas es más pesimista (él dice que “realista”) y cree que en la próxima Asamblea Legislativa tampoco se aprobará.

Pese a ello, está convencido de que, tarde o temprano, ese proyecto u otro similar será resuelto a favor. Por su parte, Sagot afirma que el éxito o fracaso del proyecto dependerá de la conformación del próximo Congreso.

Ambos destacan que, independientemente del escenario político, es vital que persista la lucha por el reconocimiento de derechos desde todos los espacios.

Johana y María anhelan que, en caso de llegar a tener un hijo homosexual algún día, este posea los mismos derechos que cualquier heterosexual.

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