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¿Qué implica ser la hija de Iósif Stalin?

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En febrero de este año, Svetlana Allilúyeva habría cumplido noventa años. Nunca los alcanzó. Murió de cáncer de colon en 2011, en un hogar de ancianos en Wisconsin, Estados Unidos.

Ella no nació con ese apellido. Su nombre de pila fue Svetlana Iosifovna Stalina, y la mayor parte de sus 85 años vividos los dedicó a intentar enterrar los pecados de su padre: el sanguinario dictador que lideró la Unión Soviética (URSS) de 1929 a 1953.

Fue a sus 41 años cuando Svetlana aterrizó en el Aeropuerto John F. Kennedy, buscando refugio en los Estados Unidos. Centenares de periodistas preparados para relatar el gran acontecimiento abarrotaron la pista de aterrizaje. Su llegada se había convertido en el símbolo de todos quienes dejaban atrás el comunismo para abrazar el capitalismo.

“¡Hola, todos!”, dijo hacia la multitud, vistiendo un elegante blazer blanco. “Estoy muy feliz de estar aquí”.

La pequeña princesa del Kremlin , como se le conocía, dio una conferencia de prensa días después de su llegada. Uno de los periodistas le preguntó si aplicaría para conseguir la ciudadanía estadounidense. “Antes del matrimonio, debe haber amor”, contestó. “Si llego a amar a este país y él a mi, el matrimonio estará resuelto”. Y así fue, pero la historia de Svetlana inicia décadas atrás.

Dictadura como cuna

Iósif Stalin tuvo un hijo de un matrimonio previo, Yakov, y dos más con Nadezhda Allilúyeva: un niño llamado Vasily y Svetlana, su consentida.

Svetlana con Lavrenti Beria, dirigente político de la Unión Soviética. Stalin atrás de ambos. | CRÉDITO: RIA NOVOSTI/SPUTNIK

Cuando Svetlana tenía seis años, su madre falleció. Hasta sus 16 años creyó completa la versión oficial: su mamá había muerto por causa de una peritonitis. Un día, ojeando revistas occidentales para practicar su inglés , llegó a un artículo que hablaba de su padre y cómo su esposa se había suicidado.

Hasta ese momento, la niña mimada de Stalin, con quien disfrutaba jugando a la dueña y servidor (ella mandaba, él debía cumplir sus órdenes), se dio cuenta de lo que ya sospechaba: la otra faceta de su padre no era tan agradable. Por su totalitarismo, Stalin pasó de ser un mito del socialismo mundial, a estar incluido en la nómina de los dictadores más irracionales del siglo XX… y el suicidio de su madre estaba relacionado. Nunca se lo perdonó.

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En Veinte cartas a un amigo (1967), libro en el que describe la historia de su familia a través de una serie de cartas, escribió: “Toda la situación casi me saca de mis casillas. Algo en mí estaba destruido. Ya no era capaz de obedecer la palabra y voluntad de mi padre”.

Brote del amor

Lo otro que nunca le perdonó fue haberla separado de su primer amor. A sus 16 años, durante la invasión Nazi a Rusia, durante la Segunda Guerra Mundial, se enamoró de un hombre judío de 38 años. Aleksei Kapler era director de cine y periodista. Se conocieron en la presentación de una película.

En una entrevista con Nicholas Thompson –editor de New Yorker y periodista que más tarde se convertiría en su confidente– le comentó que presentía que la relación terminaría mal. Kapler fue arrestado y enviado al campo de trabajo de Vorkuta, en el Círculo Polar Ártico.

Fue la primera vez, le dijo, que se dio cuenta de que su padre tenía el poder de enviar a alguien a la cárcel.

Svetlana y su padre en Moscú, en 1933. (El País)

La amargura tras el suicidio de su mujer y la frustración de su vida personal iba carcomiendo a Stalin. Ni su hija se salvaba de sus ataques de ira y temía que algún día la enviara al Gulag, organismo que dirigía el sistema penal de campos de trabajos forzados. Ya lo había hecho con muchos de sus parientes.

Para rebelarse y huir del Kremlin, Svetlana se casó tres veces sin estar enamorada, tuvo dos hijos y no duró casada más de cuatro años con ninguna de sus parejas.

En 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista, el dirigente de la Unión Soviética durante una parte de la Guerra Fría, Nikita Jrushchov, denunció ante los miembros del partido los crímenes de Stalin.

En un corto periodo, Svetlana pasó de ser la hija del gran estadista, a la hija del tirano dictador.

Lo único que ella deseaba era una vida tranquila en el anonimato con Yósif y Katia, sus dos hijos. El haber adoptado el apellido de su madre, Alilúyeva, no le fue de mucha ayuda… el anonimato fue un lujo que nunca pudo darse.

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La huida

En 1963, Svetlana tenía 37 años. La familia con la que había crecido ya no existía: Yakov, su hermano mayor, había muerto en Alemania como prisionero en un campo de concentración y Vasily, su otro hermano, falleció víctima del alcoholismo. Su padre también se había ido: murió en 1953 por causas que hasta hoy siguen en debate.

En octubre, conoció a Brajesh Singh, miembro del Partido Comunista de la India, en un hospital reservado para la élite soviética. Brajesh le cambió la vida y le abrió los ojos sobre lo que era vivir prisionera en su propio país. Dos años después intentaron casarse, pero no se los permitieron.

Singh murió en el 66 tras sufrir problemas respiratorios. Svetlana pidió permiso para llevar sus cenizas a la India y esparcirlas en el río Ganges. Le concedieron su deseo con la condición de dejar a sus hijos en Moscú.

La India, primer país que visitó fuera de la Unión Soviérica, era la entrada a su libertad: el momento de su vida en que sintió felicidad plena.

El 21 de 1967, aterrizó en el aeropuerto internacional John F. Kennedy, en Nueva York. (AFP)

Le negaron la residencia en el país de su compañero. El 6 de marzo de 1967, dos días antes del vuelo de regreso de Svetlana a la URSS, se presentó en la embajada de Estados Unidos y le pidió asilo político al embajador Chester Bowles.

“¿El Stalin?”, preguntó uno de los diplomáticos cuando Svetlana aseguró ser su hija. Los estadounidenses decidieron sacarla de ahí antes de que los soviéticos se dieran cuenta de su escape. Esa misma noche, tomó el primer avión disponible. Después de pasar seis semanas en Suiza, se dirigió finalmente a los Estados Unidos.

Iósif (de 21 años) y Yekaterina (de 16), fueron abandonados en el aeropuerto de Moscú, esperando el regreso de su madre.

Tres días después, les envió una larga carta. “El comunismo soviético había fracasado como un sistema económico y como una idea moral”, escribe Nicholas Thompson, de la revista New Yorker . “Svetlana no podía vivir bajo ella”.

“Con una mano tratamos de atrapar la luna misma, pero con la otra nos vemos obligados a cavar patatas de la misma manera que se hizo hace cien años”, les escribió a sus hijos, incentivándolos a continuar con sus estudios. “Por favor, mantengan la paz en sus corazones. Yo sólo estoy haciendo lo que mi conciencia me ordena hacer”.

Iósif le contestó en abril. “Considero que con tus acciones, nos sacaste de tu vida”, escribió.

El sueño americano

Ya establecida en Estados Unidos, Svetlana escribió uno de los varios libros que la hicieron ganar millones: Veinte cartas a un amigo. A finales de 1967, consiguió un puesto de profesora en la Universidad de Princeton.

Su fuga y abandono no la dejaron descansar en paz. En el desierto de Arizona, en una comuna de arquitectos guiada por la autoritaria viuda del célebre Frank Lloyd Wright, conoció al último de sus esposos: el arquitecto Wesley Peters, cuyas abundantes deudas terminó pagando.

Al cabo de dos años huyó de Arizona para volver a Princeton con su pequeña hija Olga, fruto de su matrimonio con Peters. La devoción de Wesley a su trabajo, superaba la la devoción hacia su esposa, así que decidió quedarse.

Foránea en todo lugar y en la continua huida de las sombras de su pasado, se mudó a California y luego a Inglaterra.

Fotografía de Svetlana tomada el 27 de abril de 1967, en su reciente llegada a Estados Unidos. (AFP)

Olga tenía once años cuando se enteró de quién era su abuelo. Los paparazzi llegaron un día a su escuela en Inglaterra y tuvieron que sacarla a escondidas en un carro. Esa noche, Svetlana se lo tuvo que explicar todo. “Fue mucho que procesar”, le dijo Olga a Thompson. “Pero siempre había mucho que procesar con mamá”.

Buscando redención

El año siguiente, sonó el teléfono de su apartamento. “Mamá, ¿sos vos?”, se escuchó en ruso del otro lado. Era la primera vez que Iósif la llamaba en quince años.

Continuaron en contacto durante un tiempo y Svetlana empezó a considerar su regreso a la Unión Soviética. Así Olga podría conocer a sus hermanos y sobrinos (cada uno tenía un hijo). “Cuanto más se daba cuenta mi mente del shock que sería mi viaje a la URSS para todos, más insistía mi corazón en hacerlo”, escribió.

En 1984 se encontró con Iósif en el hotel Sovietsky, en Moscú. Todo era incómodo y tenso. Yekaterina, quien trabajaba en la provincia de Kamchatka, no asistió.

Cuenta Thompson que unos meses después, Yekaterina le envió una carta a su madre asegurando que nunca la perdonaría.

De vuelta en Rusia se sentía a gusto, pero su padre la seguía persiguiendo: esta vez de una forma diferente.

“Mi mayor carga era la necesidad de todo el mundo de decirme 'el gran hombre' que había sido mi padre: algunos acompañaban sus palabras con lágrimas, otros con abrazos y besos”, escribió. “Fue una tortura para mí. No podía expresarles lo complejos que eran mis pensamientos acerca de mi padre”.

En menos de un año, Svetlana decidió que necesitaba irse de nuevo. Tanto afecto hacia su procreador la estaba aplastando. Además, su propósito había sido reunir a la familia y no lo consiguió.

En un hogar de ancianos de Richland Center, en Wisconsin. (AFP)

Svetlana Allilúyeva, o Lana Peters –último nombre que utilizó– vivó sus últimos días en un hogar de ancianos en Richland Center, Wisconsin. Antes de morir, dejó de avisar a su hija Olga sobre su estado de salud y ordenó a su médico que no la dejara entrar a su habitación en el hospital si se presentaba.

Murió en noviembre. Le dijo varias vces a su cercano amigo periodista que ese era el mes más duro para ella: empezaba a hacer frío y fue en noviembre que su madre se quitó la vida.

Alguna vez le comentó que esperaba morir a sus 85 años. “Kennan (el embajador de la URSS en Estados Unidos que la ayudó a asentarse) también fue fatalista. Estaba seguro de que moriría a los 95 años, pero llegó a vivir 101”, le dijo Thompson. “Bueno, él vivió su vida de la manera que quiso”, le respondió. “Yo no vivo de la manera que quiero”.

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