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Solo el cambio es permanente

Actualizado el 18 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

La zona de confort es un lugar prohibido del cual nos recomiendan salir para descubrir nuevos rumbos y destrezas, pero qué pasa si no quiero, o si no me parece tan inhóspito.

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Ilustración de Dominick Proestakis.

El otro día leí en un libro una cita del novelista francés Albert Camus: "Es falso decir que las fronteras no existen". Pero esto no es cierto; es decir, no encontré esa frase en un libro, sino que la leí en Facebook. Miento solo para probar algo.

Según los expertos, la zona de confort es un lugar dañino y rutinario. Algo así como vivir bajo una arena movediza, que eventualmente nos come vivos. Por eso, esos mismos expertos recomiendan salir de esa zona, aventurarnos, tomar decisiones ilógicas, caminar en la dirección contraria.

Entonces, basándonos en estos conocimientos, continuar con esta lectura cuando ya saben que tratan con una mentirosa sería un paso en ese camino que tanto sugieren: hacer lo que no siempre harían.

Cuidado.

Territorio prohibido.

No recuerdo la primera vez que vi Friends pero sí la primera vez que vi el último capítulo. Me reuní con unas amigas del cole en la casa de Rebe, nos pusimos piyamas, acomodamos colchones y nos acostamos en un total relajo adolescente.

No me gustó ese final, pero después de ese día sigo viendo Friends . Admito que no me siento muy orgullosa de eso; no cuando hay millones de series transitando por la Internet que podrían enseñarme algo, como cuál es la otra cara de Hitler o cómo vivir feliz con un dólar al día.

Tampoco los ignoro del todo; es decir, de vez en cuando decido buscar algo sustancial, como House of Cards o Cosmos . Sin embargo, hace algunos meses comencé a notar que después de ver cualquier capítulo de esas series, regresaba a un episodio de Friends, a cualquiera.

Ni siquiera lo veía, solo le daba play mientras dejaba la compu en el suelo, y esperaba a que las voces se convirtieran en algo demasiado molesto para poder dormir, y entonces entraba así en una de las tantas zonas de confort que tengo: cobijas, una sopa Maruchan —de caldo de pollo—, y el murmullo de seis extraños.

Esa zona no me gusta, pero aún así acudo a ella porque es fácil y barata.

Es un poco difícil saber qué quiso decir Camus con las fronteras; sin entrar en un tema político, creo que sí tenemos y que son enormes, y no me refiero a los muros emocionales que creamos para no ser lastimados y que luego derribamos para ser amados. ¡Bla bla bla!

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Las fronteras de las que hablo son tal vez las que nos atrapan en la zona de confort. La mía está delimitada por petipoas y fideos.

La casa blanca.

El primer trabajo que tuve fue en un call center llamado Sykes. Trabajaba para la cuenta Capital One, que trataba con bancos de Estados Unidos. Al cubículo nunca se podía ingresar ni siquiera con un lapicero. El aire acondicionado siempre pretendía matarnos, y teníamos los minutos contados para ir al baño.

El horario era de 10 a. m. a 8 p. m.; el sol un mito. Después de algunos meses comencé a tener síntomas nunca antes experimentados. Antes de entrar por la puerta principal, esperaba cerca de unas mesas donde me sentaba a llorar porque no quería entrar. Sentía claustrofobia, ansiedad y mucho frío.

Durante el tiempo que trabajé ahí, convertí mi cuarto en una zona de confort, porque era cálido y podía ir al baño la cantidad de veces que quisiera.

Luego (pero no inmediatamente) llegué a la redacción de La Nación . Aquí puedo ir al baño cuando me dé la gana. Paso tanto tiempo aquí metida que comencé a llamarla la Casa Blanca. Y por más que a veces deteste estar aquí dentro, sé que en el fondo adoro cada pared, cada silla, y cada vez que cruzo la puerta automática y ya es de noche pero el cielo por alguna razón se ve morado.

Sin embargo, a veces la luz es demasiado blanca, y el aire acondicionado está demasiado frío, y la gente habla, y los teléfonos suenan, y quiero salir corriendo. Por lo general, en busca de confort, y es ahí cuando dejo de entender por qué quieren que yo no este ahí.

¿Quienes serán esos expertos, que escriben artículos contando sus aventuras en blogs que se llaman como saldetuzonadeconfort.com ? ¿Ricky Ricón?

Esos expertos recomiendan —para salir de la zona— tomar un avión a una parte del mundo que no conozco, comer en ese restaurante que siempre he querido probar, tirarme de un bungee , salir con alguien un poco loco.

Pero ellos no saben que si pudiera tomaría un avión a África mañana mismo, o viviría por años en un barco en medio de la nada, o caminaría por selvas amazónicas. Haría casi todo, más que por heroísmo, por ignorancia. Lo haría, pero no puedo. Tengo algo atravesado en mis planes; se llama vida.

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La banda sonora.

Algo que también reconozco como parte de mi zona de confort es esa banda que escucho todos los días, todo el día. Recurro a ellos para sentirme bien, para la compañía, el consuelo.

La primera vez que visité el cementerio donde se encuentra el cuerpo de mi papá, me puse los audífonos y caminé junto a ellos un largo trayecto, y sobreviví.

La realidad es que la zona de confort no es un lugar prohibido, tampoco está escrito en los 10 mandamientos que se debe salir de ahí o que serás castigado; ni es malo disfrutar de hacer siempre lo mismo.

Porque en realidad no lo hacemos: todos los días todo es completamente distinto. La mierda que pisamos en las aceras no es la misma que pisamos el día anterior.

Me rehúso a dejar mi zona de confort, que espero mejorar y hacer más amplía, con más sillones y mejores almohadas. Seguiré viendo Friends , comiendo sopas, y me sentiré culpable por hacerlo, pero sobre todo seguiré ignorando a esos expertos, que no tienen una idea de que solo el cambio es permanente.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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