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Tinta fresca: Ruido y tormento

Actualizado el 21 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

"¡Valgo casi tanto como una tortuga baula y están a punto de extinguirme a pura contaminación sónica!"

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Hará más de veinticinco años, cuando con mi incipiente familia nos mudamos a Zapote, el silencio imperante en nuestro nuevo barrio era tan rotundo que se podía recortar con tijeras, incluso desafiladas. La rústica paz del Zapote de antaño hacía juego con las esporádicas casas rurales que aún adornaban el sitio, desprovistas ya de sus antiguas fincas.

Hablando en serio, ¿dónde se puede denunciar a los furgones anónimos que despedazan la sacrosanta paz de la madrugada con la metralla de su freno?

Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces. Hoy día es con tímpanos adoloridos y hondo resentimiento que empuño la pluma para quejarme públicamente de mi suerte cánida. Está bien, durante el día me resigno a decorar mi paisaje sónico con el paso de buses escolares, automóviles, Periféricas, ambulancias públicas y privadas, el pito estrangulado del paso peatonal, hasta con el camión de la basura, cuya llegada a nuestra calle humilde más semeja un ataque pirata, por los gritos, los pitazos y el jolgorio feroz de su tripulación. Me lo merezco. Escogí ser citadina.

Pero, ¿en la noche? ¿En la noche? ¿En el sagrado instante en que las deidades envían el sueño a apaciguar el alma de los mortales, tipo 11 p. m., que una jauría de motociclistas atraviese la calle ancha, a treinta metros de mi almohada? (Y cuando digo jauría estoy hablando de cuarenta, setenta, cien cobardes enfundados en sus cascos, huyendo de las patrullas y de mi odio, transmutado en vocablos imposibles de consignar aquí.) ¿Cómo se atreven? ¿Qué se creen? ¡No se confíen! ¡El día menos pensado organizo una emboscada demente, con bebés, enfermos y ancianos! ¡Que nuestras cimitarras decapiten sus escapes y el odio de nuestros clavos despedace sus llantas! ¡Esto es guerra! Pero otro día será, porque hoy dormimos mal y nos falta la energía.

Ilustración: José Salazar
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Ilustración: José Salazar

Hablando en serio, ¿dónde se puede denunciar a los furgones anónimos que despedazan la sacrosanta paz de la madrugada con la metralla de su freno? Perdonen mi ignorancia, pero ¿es ese sonido un sonido inevitable? Si no lo producen, ¿chocan, implosionan, se desintegran? ¿O es mera necesidad de macho alfa de declarar al mundo “aquí voy yo”? ¡Valgo casi tanto como una tortuga baula y están a punto de extinguirme a pura contaminación sónica!

La madrugada termina. Lo sé por los gallos del vecino (¡sí!, tengo un vecino nostálgico que engalana el vecindario con ese bucólico detalle) y por las reacciones de los perros de la otra vecina.

Quedo a la espera del nombre de una entidad estatal adonde acudir a desgranar mi pena. Avísenme pronto, que no tengo cómo huir al Tíbet a pedir chante en algún monasterio. Muy buenas noches.

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