Punta Burica: la tierra de los olvidados

En el último rincón de la Suiza centroamericana hay una tierra cercada por el mar, cautiva en la montaña y desamparada por el Estado, poblada por indígenas y precaristas. No hay pulperías, ni electricidad, ni sacerdote, ni cantinas... Conozca Punta Burica.

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Dicen que pertenece a Costa Rica..., dicen. Pero para llegar allí hay que entrar por Panamá.

Después de cruzar la frontera de Paso Canoas, se recorren los pueblos canaleros de El Progreso y Esperanza hasta dar con un camino de lastre que nos regresa a la “Suiza centroamericana”, a su último rincón, en donde queda muy poca esperanza y no hay ningún progreso.

En el sur del olvido, justo cuando el mapa está a punto de acabarse, se encuentra Punta Burica.

La puerta de ingreso está custodiada por el mar. Él decide la hora de entrada y la de salida. Si la marea está alta, los que están dentro quedan cautivos y los que están afuera, en el exilio.

Si la marea está baja, hay que apretar el acelerador y aventurarse en un poderoso carro de doble tracción, y esquivar las rocas, troncos y basura que lanza el océano, así como las trampas de arena y las olas que revientan rabiosas en son de amenaza.

Muchos carros se han perdido en esos 17 kilómetros que se deben recorrer por la playa desde el fin de la carretera de tierra hasta el poblado de La Peña.

Vehículos 4X4 han agonizado dando patadas hasta que el mar los devoró. Incluso a los choferes más expertos les ha pasado, dicen.

A partir de La Peña, un carro pierde todo valor. Es imposible para cualquiera andar por esos caminos, que no son caminos, son trochas y trillos, pasajes de barro y piedra en medio del monte.

A veces se puede caminar: botas de hule, una muy buena condición física y fuerza en las piernas, son imperativos para los peatones rurales de la zona.

En otras ocasiones, sobre todo en invierno, es indispensable contar con un caballo; pero no cualquier caballo, solo del tipo de equinos que han logrado adaptarse a la topografía del lugar, y que han aprendido a recorrer –cual si fuera tractor– los trayectos más complicados y peligrosos. Estas bestias superan ríos de caudal intenso, pozos de lodo y piedras resbalosas ubicadas al borde de los barrancos.

"A la gente del Gobierno que viene a Burica lo que le da es vergüenza; vergüenza porque no han hecho nada", Ronald Ruiz, dirigente comunal.

La falta de rutas de acceso es la principal maldición de los habitantes de Burica, una maldición que es consecuencia de lo que catalogan como el abandono total del Estado.

Punta Burica abarca territorio panameño y costarricense. La parte tica está en el distrito de Pavones, del cantón de Golfito , provincia de Puntarenas. Está compuesta por cinco poblados que no tienen un centro, como lo tendría cualquier otro pueblo. Son casitas de madera, fincas y ranchos asentados a lo largo de la trocha, metidos en el monte.

Las tierras pertenecen al Instituto de Desarrollo Rural (Inder), y quienes las pueblan son precaristas en ocupación permanente. Nadie tiene títulos de propiedad.

Burica también comprende un gran territorio indígena, de la etnia ngöbe . En la región norte, en lo alto de la montaña, hay decenas de comunidades que conservan su tradicional forma de vida.

No hay datos exactos de cuánta gente habita esta región del país. La dirección de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) que atiende la zona calcula que hay unas 2.000 personas, de las cuales unas 1.500 son indígenas. Por su parte, los habitantes de la región hablan de 1.000 “blancos” y 4.000 ngöbes.

En esa montaña cercada por el mar, el verde y el café se pelean por ostentar el título del color oficial de Burica. El primero está sobrerrepresentado en el paisaje. Hacia el este y hacia el oeste, el verde predomina de forma dictatorial; en cuanto al café, baña casi todo el suelo en la forma de barro chocolatoso. Baja por los ríos y abunda en los frecuentes deslizamientos de terraplenes.

Sin vías de comunicación, ni físicas ni electrónicas –Internet y la señal celular son solo una quimera– , una mordedura de serpiente es casi una sentencia de muerte.

¿Cómo escapar? ¿Cómo pedir ayuda?

En una ocasión, un hombre macheteó a su compañera y la víctima pasó casi dos días sin recibir atención médica. Fue Lucinio Aguirre Aguirre, con una de sus oraciones de curandero, quien logró evitar que se desangrara, hasta que finalmente un helicóptero trasladó a la mujer al hospital.

Lucinio tiene 65 años y es una de las voces más respetadas de Burica. Aunque habla poco de su medicina espiritual, es a quien todos buscan cuando requieren auxilio. Es de piel morena, muy morena, de semblante serio y figura delgada. Para ganarse la vida, siembra, cría ganado y saca oro de las quebradas.

Deseos de largarse

Hace 37 años llegó a La Peña, mas, según dice, estaría dispuesto a vender lo que tiene para largarse. Él, al igual que muchos de los pobladores de esa región, tiene sentimientos mezclados con respecto a Burica. La quiere, por todo el trabajo que le ha dedicado, porque allí hizo su vida y vio crecer a sus dos hijos; la odia por el difícil acceso, por lo duro que es todo, por el desamparo en que se encuentra. Si en San José germinaron movimientos sociales como “los invisibles” y “los indignados”, en Burica se podría levantar el de “los olvidados”.

“Tantos años de vivir maltratado, sin ayuda de nadie. Uno depende de lo que le mande Dios, a veces quiero mandar todo a la mierda”, dice el viejo, quien reside en un humilde rancho de madera, al cual apoda con cariño La Ponderosa.

Junto a él vive su compañera, Liduvina Rodríguez Santamaría, con 50 años de edad y las mismas ganas de largarse. Su anhelo es hacer su vida en Panamá, al igual que sus hijos, que se marcharon hace tiempo.

“Tanto trabajo y ¿para qué?”, se queja la señora, mientras pone una carne a ahumar, una estrategia de los de Burica para evitar que el alimento se eche a perder, ante la falta de refrigerador.

Lucinio y Edulvina son pareja desde hace 35 años. Casarse no es una opción en Burica. La unión libre vence por goleada a los matrimonios por una cuestión netamente práctica, y es que en esa tierra no hay sacerdote; el templo católico –una pequeña estructura de madera y cinc– está abandonado desde hace meses.

Tampoco hay cantinas... en realidad, en Burica no hay nada: ni pulpería, ni luz eléctrica, ni agua potable.

Los pobladores se las ingenian para sobrevivir con la poca energía que les dan unos paneles solares, algunos comprados, otros dotados por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). En cuanto al agua, utilizan pozos y acueductos artesanales que no siempre funcionan, y ¡claro!, aprovechan el agua de lluvia. Los aguaceros, lloviznas y temporales son protagonistas cotidianos de los días de Burica.

Se vive de lo que se cosecha: maíz, arroz, yuca y plátano, y de lo que se cría: cerdos o gallinas. Algunos cuentan con ganado, el cual deben sacar a través de la montaña o la playa para venderlo en Panamá.

Las casas  son humildes estructuras de madera y no hay  electricidad ni agua potable.  | FOTO: MAYELA LÓPEZ
Las casas son humildes estructuras de madera y no hay electricidad ni agua potable. | FOTO: MAYELA LÓPEZ ampliar

Para hacer compras, también deben ir “al lado pana ”, a la localidad de puerto Armuelles, un viaje que se prolonga unas cinco horas, cuando la marea lo permite.

La salud de Burica depende de las giras de la CCSS, cuyos funcionarios ingresan a la montaña y se quedan por cinco días cada dos meses. En una de esas expediciones, se entregan alrededor de 600 recetas médicas.

Pero, ante una emergencia, la única esperanza es un helicóptero de la Fuerza Pública, como el que sacó a la mujer macheteada asistida por don Lucinio.

Los ngöbes

Más arriba de La Peña, a unas tres horas a caballo, está la comunidad de Alto Guaymí, donde nos encontramos a la indígena ngöbe Elise Montezuma Bejarano, quien venía caminando descalza desde puerto Armuelles. Tiene 40 años, es menuda, mide un metro cincuenta y viste un traje típico de su pueblo.

Lleva cinco horas andando, y le faltan otras tres. Su destino es Alto Carona, otra comunidad indígena, más arriba en la montaña. No parece estar cansada, ni sentir dolor en sus pies, pese a las heridas que estos muestran.

Nos cuenta que viene del hospital de Golfito, de estar con su hijo, a quien lo habían trasladado el día anterior en helicóptero debido a un severo caso de dengue.

Parece tímida, pero lo que sucede es que no se siente a gusto hablando castellano, aunque lo hace con fluidez. Prefiere expresarse en su lengua materna, la guaymí. Por eso, una hermana suya, en cuya casa se detuvo a descansar, sirvió de traductora.

Elise narra que la vida es muy difícil porque no hay formas de salir, ni tampoco hay empleo...

El mismo discurso declama Luis Guerra, uno de los líderes de la comunidad ngöbe. Luis tiene 33 años y es docente de primaria en Pavones. Junto a su hermano, presentó recientemente un recurso de amparo para exigir al Gobierno los servicios y atenciones básicas. Ambos esperan ansiosos su resolución.

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Habitantes de Punta Burica luchan por tener una vida digna

“Queremos que nos vean como parte de un país que se llama Costa Rica; somos una punta en el olvido, es como si no fuéramos parte del país. Estamos a nuestra suerte, las opciones para mejorar nuestra calidad de vida son casi imposibles”.

Adrián busca novia

Adrián Cedeño Gómez describe el problema de una forma más puntual: él no tiene novia, y las posibilidades de tenerla son escasas, escasísimas.

No tiene novia porque no hay mujeres de su edad, y viajar a los otros poblados representa una odisea. El muchacho tiene 14 años y vive en La Peña.

“Hay una que tiene ocho años, esa es muy niña; otra tiene 20 y otra 18, esas son las de edades más cercanas a la mía; hay otra como de mi edad, pero es mi prima”, dice, resignado y con timidez.

Adrián cursa el tercer grado en una escuela unidocente, que tiene solamente ocho estudiantes.

Las escuelas de Burica son así: con un solo profesor y muy pocos alumnos, con pupitres viejos y estructuras que se están cayendo.

Vestido con una camisa que lleva estampada la imagen de Zinedine Zidane cuando fue jugador de la Juventus, Adrián nos confiesa que su sueño es ser policía, pues razona que en este oficio tendrá la oportunidad de salir de la montaña y conocer un poco más del mundo.

“Aquí uno no puede echar ni para atrás ni para adelante, sobre todo en invierno; por eso quiero irme”, dice el muchacho, para quien su única fuente de diversión es mejenguear en los potreros.

En Burica, el ocio se limita a jugar dominó por las noches a la luz de una lámpara.

Cuando nos topamos a Adrián, se dirigía a la delegación de la Policía a llamar a su hermana, quien vive en San Vito. Allí está el único teléfono público de la parte costarricense de Burica.

El puesto cuenta con seis oficiales que son sustituidos cada 15 días; entran y salen en helicóptero. Los policías no tienen caballo, por lo que deben hacer sus patrullajes a pie, a lo largo de horas y horas por la montaña.

La presencia de la autoridad es indispensable. Hace algún tiempo, los problemas entre pobladores eran solo porque un chancho cruzaba la cerca y se comía los sembradíos del vecino. Ahora es diferente...

Lo que trae el mar

Al ser una punta, a Burica llega todo lo que el mar expulsa; una vez hasta el cadáver de una ballena terminó en la playa.

Cuanto arroja el océano llega aquí: la basura y también los paquetes de droga que los narcotraficantes lanzan desde sus lanchas, desesperados, cuando son perseguidos por los guardacostas. Dicen que algunos pobladores recuperan esos paquetes y los comercializan; dicen.

El asunto es delicado y sensible. A nadie le gusta hablar de eso y esquivan la conversación cuando se les pregunta, como cuidando sus espaldas.

A raíz de la leyenda de la droga recuperada del mar, cuatreros del lado panameño invadieron Burica en una serie de asaltos. Buscaban dinero, mas si no encontraban, se llevaban comida y ganado.

Los enfrentamientos a balazos entre pobladores y delincuentes se repitieron muchas veces cuando la noche se adueñaba del cerro.

Rónald Ruiz Barrantes fue uno de los que más denunció esta situación, y es uno de los líderes comunales que más lucha para que Burica sea recordado por los gobernantes patrios.

Él emplazó a la presidenta Chinchilla en una gira que ella hizo en la zona sur; le exigió restablecer la presencia policial, pues en setiembre del 2012, la había retirado de la zona. Ya para marzo de este año, los patrullajes estaban de vuelta.

Ruiz ha llevado a Burica al vicepresidente Luis Liberman, y a quien fuera presidente ejecutivo del Inder, Rolando González, para que ambos vieran con sus propios ojos el desamparo en que está la región.

La principal queja de este dirigente es que las zonas vecinas de la Burica costarricense –las que se localizan en el sector de Panamá– tienen buenos caminos, Internet, negocios y fuentes de empleo.

De hecho, la comunidad panameña de Bella Vista, ubicada también en Punta Burica, es un pueblo similar, por ejemplo, a Poás de Alajuela.

“A la gente del Gobierno que viene a Burica lo que le da es vergüenza; vergüenza porque no han hecho nada”, se queja Ruiz, quien junto a otros vecinos, conformó un comité en el que acordaron demandar al Gobierno un camino paralelo a la playa, un atracadero en el mar y un aeropuerto para avionetas (actualmente hay un terreno habilitado, pero requiere arreglos). La intención es facilitar el ingreso y la salida, lo cual conducirá –esperan los impulsores de la iniciativa– a un mejor acceso a los servicios básicos.

“En esta tierra pasa como pasó en Calero . La tenían totalmente abandonada hasta que llegó Nicaragua y dizque la invadió, ahí sí todos reaccionaron y se pusieron a correr”, reclama molesto.

El compromiso

Alfio Piva , primer vicepresidente de la República, afirma que en su gestión ha conocido cada rincón del país. Precisamente, el pasado fin de semana conoció Burica. Su gira se concentró en el sector norte, en los pueblos indígenas.

El jerarca, quien viajó en helicóptero, se hizo acompañar de representantes de la CCSS, la Defensoría de los Habitantes, Acueductos y Alcantarillados y el Ministerio de Transportes.

Ya de regreso en su oficina, en Zapote, afirmó que es “ totalmente viable” intervenir la región y añadió que ya hay compromisos para que las giras de salud sean más frecuentes y para estudiar posibles sistemas de alcantarillado.

Incluso, mencionó que se analiza la forma de habilitar un camino que facilite la salida hacia Pavones.

“Hay un compromiso y una ruta de mapa para que los trabajos continúen cuando ya no estemos acá”, indicó Piva, quien dejará su cargo el próximo 8 de mayo.

No obstante, reconoció el abandono total del sector sur de Burica, y descartó la posibilidad de construir una carretera paralela a la playa, por lo difícil de la topografía.

“Hay que empezar a intervenir la región desde arriba, entrando por Pavones y, de ahí, seguir hacia abajo”, agregó el vicepresidente.

Mientras llega el desarrollo, Burica seguirá allí, en el sur del olvido.

Lucinio y Edulvina permanecerán en La Ponderosa, hasta que alguien les haga una buena oferta por esas tierras y puedan marcharse para siempre al “lado pana ” y los ngöbes continuarán esperando la resolución de los magistrados a su recurso de amparo. Si lo rechazaran, presentarían otro.

Y Adrián seguirá soñando con convertirse en policía, para conocer más del mundo y para encontrar novia...

Rónald Ruiz se expresa de modo más optimista. Sostiene que el cambio tendrá que llegar y dice que no se dará por vencido, que hay que rescatar esa tierra del abandono.

Baja la marea y el océano nos permite emprender viaje. Es hora de decirle adiós a Burica. Los baquianos que nos acompañan dicen que el clima fue bueno con nosotros, que el camino para el regreso no presenta tantos peligros como el que recorrimos a la ida. Es más fácil salir que entrar, dicen.

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Noticia La Nación: Punta Burica: la tierra de los olvidados