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Publicación especial San Carlos: Todo por la música

Actualizado el 05 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Se fue contagiando del amor por la música cuando veía a su padre, Francisco, tocando una concertina (una especie de acordeón mexicano). O aprendía o aprendía. “Y fue a la fuerza, sin ningún estudio musical”, rememora Rafa.

Hasta que el instrumento de su progenitor cambió de manos y, a sus 18 años, el mayor de los Benavides daba conciertos no solo en San Carlos, sino también en escenarios en Naranjo, San Ramón y hasta en el legendario salón de baile El Caracol, en Puntarenas.

En su casa, en la pura entrada de barrio Lourdes, en Ciudad Quesada, guarda a sus fieles compañeros de batalla: una marimba, un teclado eléctrico, un set de percusión menor, un guitarrón y otra guitarra. Él presume de poder tocar a la vez hasta dos de estos instrumentos para interpretar las notas de Pasión, Caña Dulce o Caballito Nicoyano . Sin embargo, lo suyo no es solo el folclor.

La vida de este músico de 64 años de edad lo ha llevado a codearse con el merengue, la cumbia y las baladas. Primero, las ejecutó dentro del grupo Sibonei. Más adelante, tomó impulso para hacer música desde un grupo propio llamado El combo de Rafa Benavides. “Tocábamos de todo lo que se nos atravesara; fuimos a dar conciertos hasta Chiriquí y David, en Panamá. Yo jalaba a la gente en bus y era el chofer, el que cargaba los chunches y el pianista”, recuerda.

Ha olvidado los nombres de la mayoría de sus composiciones, pero aún alcanza a tararear Desilusión (un paso doble), Sentimiento de amor (una cumbia) y Mi negrita (al ritmo del twist ). Algunos de estos temas fueron parte del repertorio del grupo Crema o se los heredó a Viviana y los sabrosos, conjunto donde una hija –de ocho que tuvo– aportaba la voz y el encanto.

A causa de un infarto sufrido en el 2004, a Rafa se le acabaron los trajineados días de “mata chivos”. Tuvo que reducir el ajetreo de su agenda, pero como el gusanito de la música no fallece, todavía se aferra a los “toques” con el proyecto Marimba la sancarleña. Puede ser una orquesta, un cuarteto o hasta una presentación solista, todo depende del lugar y el monto del contrato. Él solo lo resume diciendo: “Mi satisfacción es hacer música”.

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