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Óscar Ramírez: El emergente que se adueñó del banquillo

Actualizado el 12 de diciembre de 2015 a las 11:50 pm

El bus de la Tricolor partió rumbo al Estadio Nacional, repleto de nervios e ilusiones de cara al primer partido eliminatorio, contra la selección de Haití. En una de las butacas iba el gran debutante, sobre cuyos hombros viajan desde entonces los sueños de gloria de todo un país: Óscar el Machillo Ramírez.

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Óscar Ramírez, seleccionador de Costa Rica. (John Durán)

La inexorable concentración del técnico solo se rompió por un instante, cuando el bus recorrió las calles de Belén, la ciudad que lo vio crecer, la que tantas veces le prestó sus tierras como gramillas improvisadas para las perpetuas mejengas. La memoria y el corazón le dieron un sobresalto.

"Mirá, ¡qué cosas de la vida! ¿Qué iba a pensar yo que iba a ir hoy en este bus como seleccionador de Costa Rica?".

Iba en ese bus por dos razones: por la desgracia de Paulo César Wanchope y porque, a fin de cuentas, lo que está para uno, llega tarde o temprano.

* * *

Dejó que el teléfono sonara. Machillo Ramírez siempre ha sido calculador, y esta no era la excepción. Sabía el motivo de las llamadas, pero aún no tenía una respuesta.

El 12 de agosto de este año, mientras celebraba el cumpleaños de su madre en su finca en Hojancha, el entonces entrenador de la Selección Nacional, Wanchope, se convertía en una de las más bochornosas noticias del fútbol tico. La había emprendido a golpes contra un encargado de seguridad en el estadio panameño de Maracaná.

Desde la mañana del día siguiente, Ramírez era el hombre más buscado. Se suponía que luego de tomarse medio año sabático tras dejar el timón de la Liga Deportiva Alajuelense, Ramírez se enfundaría en la camiseta del cuerpo técnico como asistente de Wanchope; mas los planes cambiaron de la noche a la mañana.

"Si algo anhelo es el Óscar Ramírez niño, el Óscar Ramírez joven de Belén, normal y corriente. eso sí lo hemos perdido. Si me expongo mucho a los medios, me ven allá arriba y yo no quiero eso, quiero que me vean normal"

A tres semanas para los fogueos contra Brasil y Uruguay, la Tricolor necesitaba una nueva cabeza y el nombre del Machillo encabezaba la lista de candidatos.

De hecho, siempre fue el favorito del presidente de la Federación Costarricense de Fútbol (Fedefútbol), Rodolfo Villalobos. En la oficina de prensa, mientras se regocija al enterarse de que Ramírez sería uno de los personajes del año de la presente edición, admite que meses atrás lo había propuesto para ocupar la vacante que dejó el colombiano Jorge Luis Pinto, pero en aquel entonces la idea fue rechazada por razones que tenían que ver, entre otros asuntos, con la "pinta". Era tan solo cuestión de tiempo para que Villalobos pudiera concretar su aspiración de hacer que la Sele jugara según el planteamiento del exdirigente manudo.

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"No quise contestar porque ya sabía por dónde iba el tema", dice Ramírez. "Yo quise razonar un poquito, por lo menos hasta la tarde".

Calló y no le comentó a nadie sobre la posibilidad de asumir la Tricolor, ni siquiera a su mamá o a su esposa. No es de extrañarse: el Machillo siempre ha sido mesurado y previsorio; tanto, que admite que su carácter no le ha generado muchas empatías en el ambiente futbolístico.

Dedicó la mayor parte del día a descifrar qué pesaba más en la balanza: por un lado, tendría que dar por terminadas las vacaciones de medio año que había decidido tomarse y no tendría suficiente tiempo para preparar al plantel nacional los fogueos y el inicio de la eliminatoria. Pero, por otra parte, sabía que aquella era una oportunidad que quizá nunca se le volvería a presentar. "Fue una de las decisiones más rápidas y más importantes que me ha tocado hacer", asegura.

"A veces uno los designios no los entiende y hay que estar bien agarrado (de Dios). Uno, como humano, traza una línea. Si hubiera quedado campeón (del Torneo de Verano), talvez Raúl Pinto me hubiera convencido y estaría todavía en Alajuela", dice sin mucha vacilación.

Óscar Ramírez, seleccionador de Costa Rica. (John Durán)

Amalgama de esperanzas. El Machillo Ramírez ha sido siempre un hombre de bajo perfil. Hacer alarde de sus triunfos y figurar en los medios de comunicación nunca ha sido lo suyo.

Ya nunca sale a centros comerciales o a comer a restaurantes con su familia. Si antes del 18 de agosto –cuando fue presentado como el nuevo técnico nacional– era un tipo casero y reservado, ahora lo es el doble.

Como timonel de la escuadra manuda, era querido por muchos y odiado por otros tantos. Sin embargo, ahora él une las ilusiones de un país completo, sediento de triunfos, ansioso de goles, empeñado en volver a hacer historia en un mundial.

Entonces, desde que asumió las riendas de la Selección Nacional, vaya adonde vaya siempre habrá quien quiera tomarse una foto con él o un niño que se le acerque a pedirle un autógrafo. Por eso, las amenas salidas familiares se convirtieron en un imposible. "Ellos van con la intención de compartir con uno, pero la gente no me deja compartir con ellos".

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Han pasado cuatro meses desde que Ramírez se lanzó al agua y aceptó el máximo puesto dentro del banquillo nacional. Los números están a su favor. Si en marzo la Tricolor vence en la serie ante Jamaica, la hexagonal final rumbo a la Copa del Mundo 2018 sería prácticamente una realidad. Sin embargo, Machillo sigue sin poder contestar si la suya fue la decisión correcta: "Si Dios lo permite y estamos clasificando al Mundial, ahí le podría contestar".

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Gloriana Corrales

gloriana.corrales@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista en la Revista Dominical de La Nación. Es graduada de Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la UCR. 

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