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Obituario 2015

Orlando de León: Terco, noble y sentimental líder del balón

Actualizado el 05 de diciembre de 2015 a las 11:50 pm

Entrenador costarricense de fútbol y estratega de la vida / 1945 – 22 de agosto del 2015

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Orlando de León, entrenador costarricense de fútbol. Ilustración de Alexánder Salazar. (Marcela Bertozzi)

--Viejo, ¿cuándo va a obedecer al médico? ¿Por qué sigue abusando de la gaseosa con helados?

--Ay, mi viejo, ¡ya lo viera a usted bajo este calor guanacasteco! No hay otra forma de salvarse. Eso mismo le dije al doctor, porque me regañó un día de estos.

--¿Salvarse de qué?

--Del calor, mi viejo, ¡del calor!

--Lo que tiene que salvar es su salud. Vea que a veces no se cuida y quienes lo queremos --o sea, ¡el país entero!-- deseamos que esté siempre al pie del cañón porque, para nosotros, usted es imprescindible.

Mucho más que un entrenador del futbol, era un estratega de la vida, un uruguayo de nacimiento que dividió su corazón para cederle un espacio a Costa Rica

--De acuerdo, ya veré cómo le hago. Por cierto, ¿cuándo me visitará con su familia? Vengan un domingo que tengamos partido aquí (en Liberia), y después nos juntamos a almorzar. Será un gustazo conocer a su señora y a sus hijos.

Esa fue la última conversación telefónica que sostuve con Orlando de León Catalurda, escasamente dos semanas antes del 22 de agosto, fecha en que partió a la eternidad.

Anhelábamos reunirnos una vez más, entre tazas de café, risas, anécdotas y reflexiones. En sobremesas interminables, solíamos discurrir por una variedad temática que era posible disfrutar con un intelectual de su talla, pues don Orlando siempre fue más, mucho más, que un entrenador de fútbol. Era un estratega de la vida.

Aunque nos tratábamos de usted, había gran confianza entre ambos, una sólida amistad que pudimos cultivar, primero en el fútbol y después en lo cotidiano.

Era noble, terco y apasionado. ¡Sabía reír, sabía llorar!

Defendía sus convicciones y peleaba contra quien fuera con tal de llevar adelante su misión en el banquillo, ese punto de mira y trinchera que ahora, sin el legendario Ojo de Tigre, se me antoja vacío.

Santo terrenal de causas imposibles, uruguayo de corazón partido entre su tierra natal y su querida Costa Rica, formaba equipos de la nada y los ascendía a la Primera División.

Después lo destituían, porque los hombres de pantalón largo --así llamaba a los dirigentes--, no comprendían su dimensión de Quijote, la estirpe del forjador.

Los de "pantalón largo" eran los molinos de viento que, lejos de doblegar al personaje de gorrita y buzo, lo mantenían alerta en ese reducido redil que el fútbol asigna a los valientes de su raza, junto a la raya lateral del campo.

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Ahí deseaba morir, porque no concebía otra actividad que no fuera la del timonel. Simplemente, era su ADN.

Marcó una época con San Ramón en 1972 y estuvo a dos minutos de alcanzar el título de la Primera División con el Herediano, en 2010. Para él, fue un duro golpe.

Se aisló durante meses. Sin embargo, como siempre, transmutó en ave fénix hasta retomar su perfil de orfebre. Aún evoco la noche luminosa del 13 de junio en la arena del Lito Pérez, cuando subió a Liberia a la Primera División, el último equipo de los siete que logró ascender a la división de honor en su trayectoria fecunda.

Esa noche, la televisión registró el verbo encendido y sincero de Orlando de León, mientras se afanaba por reconocer, más que el mérito propio, las virtudes del rival al que recién había superado.

La amistad es un valor eterno. En esa tesitura, la desaparición terrenal de este viejo entrañable no impedirá jamás que escriba de él cuantas veces me sea concedido este privilegio, hasta que seque la última gota de tinta que corre en mi sangre de comunicador.

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