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Ojo de sangre

Actualizado el 19 de abril de 2015 a las 12:00 am

Los sucesos más cruentos de México D. F. llevan décadas de figurar, sin censura, en las páginas de la revista Alarma! , la más descarnada del continente. Sus fotógrafos subsisten gracias a las gráficas que logran de las más horripilantes tragedias ajenas. El fotógrafo costarricense Adrián Arias acompañó a uno de estos ‘vampiros’ de la nota roja durante varias jornadas. Esta es la historia.

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México, Distrito Federal. Se acerca la medianoche de un sábado de noviembre. A nuestra izquierda, un grupo de personas rodean una ambulancia; a gritos reclaman la muerte de alguien al tiempo que, a nuestra derecha, emerge de la oscuridad una desafiante pandilla que ruge los motores de sus motocicletas con actitud provocadora, rabiosa, intimidante.

Conforme se acercan a nosotros bajan la velocidad hasta que logran un enfrentamiento visual. Nos hacen el escrutinio, miran con sospecha nuestro vehículo. No tenemos idea de lo que está pasando... y tampoco íbamos a averiguarlo.

–Esta chamba es para principiantes ‘güey’, yo no voy a arriesgar la vida por una chamba. Nos vamos, chamaco.

***

Una voz reposada responde al otro lado del teléfono.

–Te bajas en la línea azul, en el metro Normal, espérame en los Tacos.

La cacería comienza a las diez de la noche, nos dirigimos hacia la Procuraduría General del distrito Federal. Como vampiros de la edad media esperamos alguna clave de los informantes que nos den el paradero de un evento desafortunado que haya vivido alguna de las 26 millones de almas que habitan en la gran ciudad.

David Alvarado es un hombre de baja estatura. Viste una jacket roja impermeable con la palabra “impacto” escrita con letras blancas. David ha forjado su carrera profesional entre clics, con la fotografía como su modo de vida; es el hombre invisible detrás de las páginas de Alarma!, el tabloide más temido de todo México. Durante tres décadas David ha detonado fotografías capaces de perturbar cualquier mirada que cruce con esas páginas.

Mientras esperamos el inminente infortunio ajeno para ir a documentarlo gráficamente, David cuenta que luego de 30 años recorriendo las carreteras del Distrito Federal ha perdido la cuenta de los innumerables eventos que ha debido cubrir, de los cuales muchos de nosotros no habríamos tenido el estómago de ver, y menos, de fotografiar.

Al tiempo que me convida un café y unas galletas, me muestra cientos de fotografías de los desafortunados conductores de una ciudad que no perdona el error. Desde una mujer atropellada cuatro veces hasta una pareja calcinada dentro de su vehículo. Cuadro a cuadro, narra con orgullo que ningún otro colega es capaz de llegar con la velocidad que él lo hace a los sucesos.

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Para David, las calles del Distrito Federal son como sus venas; son contadas las ocasiones en que no ha logrado llegar a tiempo a un accidente, asesinato o carnicería humana. Para los efectos de sus fotos, casi todo redunda en lo último.

El primer muerto

Uno de sus informantes nos envía un “despacho” vía celular: acaban de encontrar un cuerpo en Netzahualcóyotl, Estado de México.

David mira su reloj. Calcula llegar al suceso en media hora si el tráfico no se interpone.

Arranca a toda velocidad. Calmo, acostumbrado al oficio. En cambio, yo hiervo en adrenalina. Al otro lado de la ventana observo cómo los grandes edificios y las luces de neón se van diluyendo en un espeso y oscuro laberinto de caseríos. David sonríe y me dice, mientras espera que el semáforo cambie su luz roja: “Esto es Neza. Llegamos”.

Avanzamos unos 50 metros más y vemos cómo toda la oscuridad del lugar es iluminada por la inconfundible –y a menudo, sobrecogedora– intermitencia de luces azules de la policía.

David baja a toda velocidad del vehículo con un cigarro encendido. Prácticamente desaparece y en un santiamén lo ubico de nuevo en la línea de fuego, destellando su flash sobre un cuerpo tendido en el asfalto.

La víctima murió de dos tiros en los pulmones y uno en la cabeza; el cuerpo lo habían abandonado en Neza una hora antes.

Sin saber siquiera qué había sucedido disparé algunas imágenes sin sentido, la adrenalina se había apoderado de mis dedos y era imposible poder realizar alguna acción con coherencia.

Ya tranquilo con su hazaña y con su material, David me hace señas para que me mantenga cerca del auto en caso de que ocurra algo y tengamos que irnos “en chinga” a otro suceso.

Un par de policías se nos acercan y nos impiden caminar medio metro más (ya para qué); sin nada qué decir regresamos al auto y con las miradas clavadas sobre las pantallas de nuestras cámaras revisamos el material.

David me muestra su foto estrella, una composición e iluminación que no dejan nada a la imaginación.

–Chamaco, en esto tienes que aprender a usar el flash.

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La noche del muerto viviente.

Estamos de guardia, tendidos en un sillón negro. Las manecillas de un gran reloj blanco parecieran girar en sentido inverso, segundo a segundo, es imposible no sentirse como la misma muerte, imaginando todo el movimiento de la ciudad y sabiendo que allá afuera, en alguna parte, decenas de personas que sin saberlo tienen las horas contadas, pronto se podrían convertir en el objetivo de nuestros lentes. Es solo cuestión de esperar que se active la alarma.

Por lo pronto, soy yo quien mata el rato preguntándole a David cómo es su atípica vida entre la muerte, si ha sentido, por ejemplo, pánico en algún suceso.

Reflexiona. Entorna la mirada hacia un punto fijo en la pared y su mente viaja a 1995, en la avenida Insurgentes, donde ocurrió un suceso que marcaría un antes y un después en su carrera.

Ocurrió una noche cualquiera, casi 20 años atrás. Como era habitual, bajó de su Volkswagen azul a graficar un accidente.

Destelló su flash varias veces; lo que tenía al frente parecía una pintura abstracta: vidrios quebrados, sangre y luces azules no dejaban entender qué era lo que tenía ante sus ojos. Disparó un par de veces más su flash y, en eso, su corazón se detuvo al escuchar una voz pidiendo ayuda. El accidentado que había sido dado por muerto media hora antes todavía estaba de este lado. La intrepidez del fotógrafo que quería la foto bien cruenta del fallecido a la postre le salvó la vida al hombre, pues ya los paramédicos estaban bastante lejos, en mero papeleo.

Esta vez fue a David a quien le correspondió lanzar la alerta de emergencia y quien propició que los paramédicos volvieran sobre el paciente. Entre risas y recuerdos, me dice que nunca un muerto le había estado tan agradecido.

La espera se hace larga. Me ofrece un cigarro y me dice que no me preocupe por fumar dentro de la oficina, que a estas horas de lo único que hay que preocuparse es de no dejar las colillas en el suelo.

La noche avanza lentamente en el recinto, la luz de fluorescente y un televisor encendido con cuentos de farándula mexicana hacen imposible conciliar el sueño, el tictac de la ciudad nos ha dejado por esta noche con las páginas en blanco.

La oficina de tres metros

Apenas habían pasado un par de fines de semana y ya me había ganado el apodo de “Gato Negro” entre el gremio de los fotógrafos “rojos”.

Y es que bastaba mi presencia en la Procuraduría para que las noches se fueran en blanco, y no había conversación así fuera sobre Maribel Guardia capaz de entretener a todo el grupo. Ver aquellas manecillas del reloj era una tortura para un grupo sediento de velocidad y adrenalina.

Éramos presas de un oficio en el que la idea de “la buena suerte” siempre iba a ser relativa, justo esa noche iba a estar de nuestro lado.

No habíamos ido ni siquiera por los tacos de medianoche cuando el informante nos hizo llegar la clave de un asesinato en el Estado de México. A toda velocidad recorrimos la ciudad, ¡llegamos a la escena del crimen antes que los forenses! Los vecinos del área habían cubierto con una sabana estampada de coloridas figuras infantiles (surrealista ironía) a un hombre obeso asesinado por un ajuste de cuentas con el narco.

Para cuando por fin llegaron los forenses, ya nosotros habíamos realizado algunas fotos del cuerpo cubierto. Y para entonces, también, ya David y su tremendo colmillo se habían ubicado estratégicamente, en busca del mejor ángulo para disparar su cámara en el momento en que las autoridades descubrieran el cadáver.

Dos mujeres integrantes del grupo de forenses descorrieron la sábana y su asombro se desbordó al punto de que llamaron a tres colegas más que esperaban en el auto. Sobra decir lo inusual que puede ser observar a un forense conmocionado, mucho más, a cinco.

Inclinados todos sobre el cadáver, parecían no entender lo que estaban viendo.

David logró disparar unas tres ráfagas. Minutos después, íbamos de vuelta en nuestra oficina de tres metros.

–No manches, ¿viste como dejaron a ese ‘güey’?

Yo no había tenido el coraje para acercarme al cuerpo y ver en detalle qué era lo que había sucedido con su rostro, qué podría haber ocasionado el shock no solo de los forenses, sino también un poco del mismo David. Lo que vi en la cámara ese día aún habita en mis pesadillas.

Le habían extraído los globos oculares... y le rellenaron las cuencas con excremento.

Noche de “suerte”

La noche apenas estaba comenzando, la maldición del gato negro desaparecía conforme el teléfono de David recibía alerta tras alerta. Aquella jornada nuestra oficina fue rodante: no comimos, no dormimos, solo nos dedicamos a saltar de suceso en suceso, atravesando la ciudad de norte a sur.

Nuestro conteo final de incidentes fueron seis: tres colisiones, una riña fuera de un bar y dos asesinatos. Esa noche, la muerte había tocado la puerta de cinco desafortunados.

David me deja tras la última sesión de trabajo en Tlatelolco, a la entrada de mi casa. Amanece. Bajo del auto y me dice, emocionado, que mire la parte de atrás del vehículo, que hay varias Alarmas! recién impresas, que me lleve unas a la casa.

Obedezco. Observo los ejemplares. Y me percato en medio de un inusitado escalofrío de que, como la luz del sol que mata los vampiros, las Alarmas! toman una apariencia totalmente diferente en la claridad del naciente día. No fui capaz de subirlas al apartamento.

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