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7 Maravillas Turísticas de Costa Rica: el encanto de Guanacaste

Actualizado el 21 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Guanacaste es más que sus playas. Si se va a Santa Rosa, llega al Rincón de la Vieja o desciende a Barra Honda debe ir preparado para una agradable sorpresa

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“Venga, para que se empache de belleza”, apuró Yow Cárdenas, con el orgullo del lugareño y la certeza del guía experto; pero, la pura verdad, se quedó corto.

En el mirador Nacaome, a 423 metros sobre el nivel del mar y con el espectáculo del paisaje del golfo de Nicoya, no queda más remedio que rendir el sentido de la vista. Si uno se queda empachado ante lo que ve, ni se da cuenta.

Barra Honda es más que las cavernas de caída vertical que le dan su buen nombre al parque nacional creado en 1974. Este sitio es, también,unsímil con Guanacaste: usted siempre puede encontrar más de lo que espera.

Por ejemplo, uno sabe que en Santa Rosa descansa una piedra angular de nuestra identidad nacional, pero, a la vez, resguarda lo más antiguo del país: con las montañas de Santa Elena empezó esto que se llamaría Costa Rica hace unos 85 millones de años.

Si la vista domina en Barra Honda, el oído es rey en el Rincón de la Vieja: en silencio, se oyen los sonidos del bosque de este parque nacional; un bosque arrebatado, como los sitios mencionados, a los potreros de la ganadería extensiva de la región.

Santa Rosa

El largo y viejo camino que lleva a Nicaragua pasa justo al frente de la casona de Santa Rosa.

Se ve clarito y al andarlo uno no puede dejar de sentir cierto estremecimiento al saber que por ahí pasaron los soldados costarricenses de la Campaña Nacional (1856-1857) contra los filibusteros de William Walker.

Es debido a ese camino –estratégico en el intercambio comercial y sitio de descanso en ruta– que se libra la Batalla de Santa Rosa, el 20 de marzo de 1856 (solo dura 14 minutos), y otros dos combates, en 1919 y 1955.

Un monumento –que urge restauración– en el cerro Santa Rosa recuerda a los caídos y participantes en esas confrontaciones.

La casona –reconstruida tras el incendio provocado del 2001– y el sitio como tal, resguardan importantes retazos del ser costarricense.

También recrea cómo era la vida en la hacienda y los quehaceres de los sabaneros, aperos incluidos (los cuales eran hechos a manos por ellos mismos).

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Sin embargo, Santa Rosa es el punto de arranque de un programa que protege la biodiversidad del parque nacional al que pertenece.

Desde 1971, se recuperó de tal manera el bosque tropical seco, que ahora cuenta con mayores posibilidades de sobrevivir de los que quedan de México a Panamá. En la cumbre del cerro Santa Rosa, se puede observar el bosque regenerado.

Si de vistas se trata, el Mirador de Tierras Emergidas le hará regresar el calendario como jamás imagino: a más 85 millones de años.

La vista de los montes de Santa Elena hace de máquina del tiempo: son tierras surgidas del fondo marino, las más viejas de esto que llamamos Costa Rica.

Rincón de la Vieja

En los senderos del Rincón de la Vieja no existe el riesgo de perderse, pero sí el de dejar de hablar.

De hecho, los lugareños y quienes saben de qué va la cosa, recomiendan guardar silencio, pues con suerte, dicen, podrán escuchar a “la vieja” que le da el nombre al parque nacional.

En todo, si eso no sucede –como fue el caso nuestro– podrá apreciar los sonidos de la quietud del bosque: una experiencia reconfortante para cualquiera (más si se es un citadino).

Rincón de la Vieja tiene cinco senderos en total; el más popular y representativo se llama Las Pailas, con tres kilómetros de largo.

El sendero a la cima del volcán –actualmente no está abierto al público– es bueno para sorprender a los visitantes: el viento y una temperatura que puede bajar a los cinco grados centígrados le juegan malas pasadas a quienes llegan ataviados para los calores guanacastecos.

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Acá se pueden encontrar dos tipos de bosque: el seco y el tropical húmedo; de tan juntos que están, “chocan”. Basta con ver a un lado u otro para apreciarlos.

Con 50 hectáreas de actividad volcánica secundaria, la laguna de aguas fumarólicas (con temperaturas de 75° a 106° centígrados y un nivel de acidez similar al ácido de batería), las pailas de barro y el volcancito recuerdan que el volcán Rincón de la Vieja es la señora de este parque nacional, cuyo bosque también se escapó de su destino de potrero.

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Barra Honda

Antes de bajar a las cavernas o subir al mirador, hay una parada que puede hacer camino de Barra Honda: el Museo Cerámico Chorotega.

Este sitio busca rescatar la cultura chorotega, evitar el huaquerismo y mejorar la situación de los artesanos del presente.

Además, ofrecen talleres, trabajan con grupos de jóvenes y se aprovechan los materiales de la zona.

Ya en Barra Honda usted se encontrará con un bosque que tiene 40 años de regeneración: uno más que le ganó la pelea a los potreros de la ganadería extensiva. Viendo el bosque con sus senderos, cuesta creer que estos hayan estado arrasados.

Tal estado de situación lo agradecen el tepezcuintle, el venado cola blanca, entre otros animales de la región; y, árboles como el cedro amargo, el cenízaro.

El parque de Barra Honda protege el bosque seco, el bosque de transición, la fauna y el agua que abastece a las comunidades.

Por cierto, desde el mirador Nacaome, se aprecia el pueblo de Barra Honda: una verdadera tarjeta postal.

Debe caminar para llegar a las cavernas o al mirador. A los senderos de la caminata se debe llegar en un carro de doble tracción.

Cuando esté en el lugar de los hechos, usted elige si va primero al mirador y luego a las cavernas, o viceversa. Acá el orden de los factores sí que no altera el producto.

Las cavernas son 42, pero solo una está abierta al público; el resto se encuentran dedicadas a la investigación y la protección.

Bajar representa un descenso vertical de 17 metros. Se baja en una escalera metálica, asido a un arnés, que va atado a una cuerda.

Un guía en la superficie se encarga de asistir al visitante con la cuerda.

Es bastante seguro..., aunque no falta a quien le entre el pánico antes de penetrar las entrañas de esa tierra. De ser así, simplemente, se le regresa a la entrada con la ayuda de la cuerda.

Dentro del cueva se debe andar con cuidado, no sea que la humedad y la disposición de las piedras le jueguen a uno una mala pasada; sin embargo, en esa profundidad, uno se rinde ante el cincel de la naturaleza.

Las formaciones de la caverna (cuyo nombre adecuado es espeleotemas) son caprichosas: una de ellas es ver a una tortuga; otra, parece la recreación de una Sagrada Familia.

De vuelta a la superficie, uno sale con otra idea de las bellezas de Guanacaste.

Hay que aventurarse más allá de la playa y darse el chance de conocer algo diferente de esta rica y cálida provincia. El resultado no será una decepción.

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