Reportaje

Malas palabras: Radiografía del madrazo

Los vocablos malsonantes son ofensivos y, por ello, poderosos. Vienen envueltos en las metáforas más floridas, y hablan de nuestros miedos y fijaciones.

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José Antonio González está condenado, y la historia de por qué irá al infierno está empedrada de malas palabras. La sentencia se la anunció un señor ya mayor y muy piadoso hace ya casi 15 años en el parque de Heredia, cuando José Antonio le mostró uno de los borradores de su compendio de lenguaje tabú .

A un señor piadoso no se le pueden enseñar expresiones como “chasqueársela” y “ahorcar el pato” –por mencionar solo dos de las entradas del Diccionario de palabrotas y coloquialismos ticos– y esperar que no lo mande a uno al tormento eterno.

Los niños retienen las palabras ilícitas mucho antes de que puedan captar su sentido.

Las expresiones malsonantes tienen un poder encantador y prohibido. ¿Cuáles, si no, son los vocablos que el escolar busca, a escondidas, en su primer diccionario?

Estas palabras son tan viejas como la cultura humana, y están tan extendidas que se pueden encontrar en la civilización más compleja y en la tribu más remota. También, como el lenguaje, son plásticas: la mala palabra de hoy tal vez no lo será mañana, y la grosería de Argentina es inofensiva para un mexicano.

Todo depende

Lo primero que nos advierte Víctor Manuel Sánchez Corrales es que las palabras malsonantes son relativas. Él es lingüista y académico de la Lengua en Costa Rica, y nos recuerda que hay palabras que son vitandas (deben evitarse) para ciertos grupos, mientras que otros las promueven.

“Para un grupo de universitarios, es completamente normal decir ‘qué pichudo’, pero es algo que no se puede decir en una clase”, ejemplifica.

La palabra malsonante marca una ruptura en la comunicación formal y, aunque prohibidas en muchos foros, gozan de una salud estupenda.
La palabra malsonante marca una ruptura en la comunicación formal y, aunque prohibidas en muchos foros, gozan de una salud estupenda. ( Sergiy Telesh / Shutterstock para La Nación) ampliar

Estas palabras son tan viejas como la cultura humana, y están tan extendidas que se pueden encontrar en la civilización más compleja y en la tribu más remota.

Otra cosa que nos recuerda es que una palabra puede cambiar su carga de significado. Tomemos por ejemplo un sello del habla costarricense: el ‘maje’ o ‘mae’.

La palabra está presente desde México hasta Costa Rica. En un artículo sobre el tema, Sánchez destaca que habría nacido en el lenguaje delincuencial mexicano. El maje es el tonto, la víctima de un delito.

A pesar de que en Costa Rica todavía tiene este uso (por ejemplo, “hacerse el maje”), la palabra ha evolucionado para convertirse en una forma para referirse a alguien (“un mae me dijo que...”), o para apelar al otro hablante (“¿en serio, mae?”).

Un ejemplo notable del cambio en la carga ofensiva de una palabra viene de bocas de José Figueres Ferrer y del técnico Alexander Guimaraes.

En el libro La guerra de Figueres , de Guillermo Vargas Hoffmeister, se menciona el recuerdo del exmandatario en cuanto a la reunión que mantuvo con los líderes comunistas Manuel Mora y Carlos Luis Fallas en Ochomogo para negociar la paz durante la revolución del 48. Mientras rememora el hedor de los muertos sin enterrar y la neblina, Figueres relata que Calufa le exigió saber si se mantendría el impuesto sobre la renta, una de las banderas comunistas.

Oigamos su respuesta: “–¡Lo aumentaremos, carajo! –dije con decisión que evidentemente lo sorprendió. Ese ‘carajo’ fue la única mala palabra que se pronunció durante el diálogo”.

La percepción del exmandatario ante esa “mala palabra” dista mucho de la de euforia del técnico de fútbol Alexander Guimaraes cuando reventó, ante todos los medios de comunicación nacionales, un “¡A celebrar, carajo!”, cuando la Selección clasificó al Mundial del 2002.

Para entonces, el vocablo había sido exonerado del submundo de las palabras prohibidas, para escándalo de los extranjeros que nos oyen llamar a nuestros niños “carajillos”.

Tabús

Hablando de niños, un artículo publicado en The New York Times , en el 2005, dice que los más pequeños retienen las palabras ilícitas mucho antes de que puedan captar su sentido.

El artículo también profundiza en cómo las “malas palabras” son un espejo de los miedos y las fijaciones de una cultura. Los ejemplos clásicos son los vocablos malsonantes que rondan los conceptos relacionados con el sexo, la religión y las funciones corporales.

No es una sorpresa entonces que, en sociedades como la nuestra, los mayores insultos sean los machistas: los que están relacionados con afrentas a la pureza de las mujeres y ofensas homofóbicas que, van a disculpar, no queremos reproducir.

El diccionario de José Antonio González podría regalarnos luz en cuanto a nuestras fijaciones como hablantes. Por ejemplo, entre los conceptos con mayor número de entradas, el recopilador reproduce seis que se refieren a la vagina, 13 al coito y 20 al pene.

No está lejos del Diccionario secreto del escritor español Camilo José Cela, que reporta cientos de palabras vinculadas a los testículos y al miembro masculino.

Poderosas

“Si no hay un foro de poder que las rechace, estas [malas] palabras no sirven. [...] tiene que estar prohibida la palabra, tiene que ofender, tiene que molestar", dice el escritor Alejandro Dolina.

En una ponencia presentada por el argentino Roberto Fontanarrosa, el humorista gráfico proponía una amnistía para las malas palabras. Aquello lo dijo en un congreso de la lengua en Córdoba (Argentina), en el 2004, y afirmó que aceptar estos vocablos en contextos más amplios nos haría ganar matices en el habla.

Aquella idea provocó una polémica amistosa con el escritor Alejandro Dolina, quien expresó una idea interesante sobre las palabras vitandas: si estas fueran permitidas, perderían su función.

Dice Dolina : “Si no hay un foro de poder que las rechace, estas palabras no sirven. No da lo mismo mandar a un señor al carajo que decirle que no le gusta a uno su aspecto. Mandarlo al carajo implica un corte de lo que es la etiqueta burguesa; y lo señala, ‘corto con usted toda relación con sostén legal, no cuente con ningún tipo de racionalidad de aquí en adelante’. Y para que signifique eso, tiene que estar prohibida la palabra, tiene que ofender, tiene que molestar”.

Esa ruptura con lo convencional fue la que le valió la condena infernal a José Antonio González, por más que a él lo moviera más un ejercicio académico que un propósito de incomodar.

“Mi intención es que esta oralidad quede escrita para el futuro”, nos cuenta González, quien es bachiller en Lingüística y en Educación, y que pronto será máster en Traducción.

Por casi 20 años, González se ha dedicado a registrar el habla popular, y ahora incluso la tradujo en su libro para los turistas extranjeros.

Según un señor piadoso, él irá al infierno por ello. Que quede registrado que esta será una condena irónica, porque nos cuenta: “A mi esposa le da risa que yo haya escrito el diccionario, porque sabe que yo ni siquiera suelo decir ‘mae’”.

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