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Lealtad a campo traviesa

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Una vez más, el ser humano se alía con SU INCONDICIONAL AMIGO, esta vez para desafiar la montaña. La aventura dejó como saldo heridos, sustos y emoción.

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Lealtad a campo traviesa

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No hubo química instantánea ni complicidad a primera vista. Simplemente, la sacaron de su jaula y me la entregaron.

Mi única petición fue que la perrita pudiese correr, que aguantara, sin flaquear, los ocho kilómetros de montaña que nos esperaban por correr.

“Usted devuélvala cansada”, me indicó con una sonrisa la voluntaria de la organización de T erritorio de Zaguates , que se encarga de dar techo a canes sin casta ni dueño como Tigresa, la elegida para ser mi compañera de aventura.

Su nombre obedece a su pelaje atigrado; es pequeñita, inquieta y juguetona. Parece ser un tanto desobediente, su pinta de zaguate es incuestionable y, paradójicamente, es lo que la hace distinguirse entre las decenas de perros que el domingo 2 de setiembre acudieron con sus dueños a la III edición del Perrocross , una carrera a campo traviesa en las montañas de San Isidro de Heredia.

Aliados, a dos piernas y cuatro patas, los competidores –270 en total– desafiaron la montaña, cuestas interminables, ríos, zanjas, barreales...

El desfile

Antes de que empezara la contienda, cada atleta caminaba pomposo cerca de la línea de salida. Había dos salchichas que andaban buscando pleito y, muy matones, le alzaban la voz en tono amenazante a cualquiera, sin importar que fuera un doberman o un pitbull.

Deambulaba también, como si recorriera una pasarela europea, Lucas, un french poodle que parecía recién salido de una secadora, con todo el pelo esponjado.

Entre los dueños, abundaba también la prepotencia: presumían de sus perros y de sus propios implementos deportivos –totalmente innecesarios–, traídos del extranjero.

O sea , este es un pastor inglés que me lo trajeron desde Estados Unidos”, manifestaba uno de los competidores mientras hablaba con los dueños de un imponente dogo argentino que, al escuchar al humano, probablemente pensaba: “¿qué decís, loco ?, ¡me estás cargando! En el mundo animal no nos importan las razas, eso es cosa de ustedes... acá todos somos iguales, che ...”.

Yo no era el único con un zaguate como compañero; había varios más. La citada ONG prestó 11 canes, además, estaban los corredores humanos que llevaron a sus mascotas de tan digna estirpe.

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“Para mí, los que más corren son los zaguates ; estos perros son los más vivos”, me dice un joven que estiraba piernas minutos antes de iniciar el recorrido a campo traviesa, orgulloso dueño de un perro mestizo.

El muchacho se agacha y abraza con cariño a su mascota.

Yo no tengo esa empatía con Tigresa, ni ella conmigo; acabamos de conocernos. La vuelvo a ver y desconfío de ella, dudo de que pueda dar la talla en la carrera. Ella me vuelve a ver y deconfía de mí, duda de que yo pueda dar la talla en la carrera.

¡Corran, corran!

¡En sus marcas, listos fuera! Comienza la carrera y una avalancha de piernas y patas empieza a correr por la colina. Se oyen muchos ladridos; los perros se reconocen en jauría y se sienten amenazados por la estampida. Unos lloran y detienen su paso; sus dueños tratan de no estorbar y de calmar los nervios de sus mascotas. Otros, más experimentados, parecen la copia canina de Leo Chacón o de Gabriela Traña: disciplina y entrega total.

Tigresa responde bien, corre apresurada. No es necesario que jale de su correa, más bien ella va dos pasos adelante, marcando mi camino.

La carrera se adentra en la montaña y la odisea se dificulta. Los trechos son angostos; el terreno, peligroso. Algunos perros bajan la velocidad y sus dueños los tratan de jalar, pero luego prefieren optar por ir al ritmo de ellos; al final de cuentas, su instinto de supervivencia es superior al nuestro.

En el camino se vislumbra el primer caído: es un beagle que ya no puede más y tiembla a un lado del trillo. Su amo yace junto a él; lo abraza y acaricia.

La montaña se vuelve enemiga; hay que pasar un río y, en las orillas, hay un lodazal que parece una trampa de arenas movedizas.

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Un competidor mete sus manos desesperadas en el lodo, busca y busca, removiendo el fango que le cubre hasta las rodillas... mas no hay rastro de su perro. Todos imaginamos lo peor: una catástrofe perruna. Pero no es nada grave: el hombre perdió uno de sus tenis en el barro y su perro siguió corriendo cuesta arriba.

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Vienen las subidas. Comienzo a flaquear. El aire y las piernas no me dan, pero Tigresa, valiente y gladiadora, sigue hacia arriba, me jala, me lleva, me impulsa.

Tanta raíz suelta y matorrales hacen que tropiece y me estrelle contra el suelo; con el golpe, suelto la correa. Pensé que Tigresa continuaría su camino, pero no. Se detuvo conmigo, esperando mi recuperación.

De nuevo arriba, mi amiga y yo tomamos un segundo aire, agarramos velocidad y sobrepasamos a otros competidores. Frente a nosotros hay una zanja enorme que hay que saltar, pero Tigresa se resiste, se echa para atrás, y ladra atemorizada.

Yo no insisto, la levanto en mis hombros y salto sobre el obstáculo; seguimos corriendo.

Muchos perros y muchos humanos no pueden con la carrera y se hacen a un lado, dando paso a quienes venimos embalados.

Hay otro herido en el camino, esto es más serio: un bello y grande husky siberiano no pudo en una de las bajadas y subidas –estilo motocross– y cayó tumbado en la arena. Un grupo de voluntarios encabezados por un veterinario lo suben a una camilla; es un perro pesado y sacarlo de ahí será complejo, pero el husky no puede más... su mirada es la de un boxeador derrotado.

Tigresa y yo continuamos; vuelvo a flaquear pero, una vez más, ella me jala animada.

Despedida

El recorrido está por terminar. Falta poco, pero se viene una nueva zanja y más profunda; hay que bajarla y luego subirla. Tigresa se asusta; esta vez no nos detenemos. La cargo con cariño; me lanzo al hueco y luego la pongo arriba. Subo y ella está ahí, esperándome para pasar la línea de meta juntos.

Llegamos al fin, ¡derrotamos a la montaña! Mi compañera toma agua de un balde; yo hago lo mismo de una botella. Estoy acabado, pero ella podría correr ocho kilómetros más.

Nuestra sociedad se terminó con la carrera y es hora de despedirnos. Me encantaría llevármela a casa y hacerla mi mascota, pero en el edificio donde vivo se prohíben los perros.

Me agacho, la abrazo, le agradezco. Ella me chupa, me agradece de vuelta... con la complicidad de dos amigos de toda la vida, que tienen una química construída, más fuerte que la natural.. Me marcho y Tigresa queda de nuevo en manos de la organización Territorio de Zaguates. No me preocupa porque sé que una campeona como ella, fiel y afectuosa , pronto encontrará una familia que le abra un sitio en su hogar.

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