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Guía para sobrevivir San Valentín en solitario

Actualizado el 14 de febrero de 2016 a las 12:00 am

Porque al parecer todavía se rompen corazones cuando nadie se esmera en regalarles peluches o chocolates o rosas, o chocolates en forma de rosas

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El cine para adultos se encuentra en el Barrio Chino en San José. Foto: Miriet Abrego.

Nunca me han regalado lirios, ni claveles, ni tulipanes, ni margaritas, ni petunias. La única vez que alguien me dio una flor fue en un San Valentín hace mucho. Era amarilla, la arrancó del zacate y estaba marchita. Estaba tan muerta que cuando la toqué se desintegró.

Me reí porque les tengo apatía a las discusiones triviales y porque yo también me hubiera desintegrado si la conversación a seguir hubiese sido un reclamo del por qué en el día del amor y la amistad no tenía una rosa roja. De todas formas, eso también ya estaba marchito.

Lo cierto es que cuando uno se ha privado de situaciones románticas en la vida, y me refiero a esas que existen en un mundo de fantasía, tiende a restarle importancia a los gestos clichés: los bombones, los peluches, los globos.

Empezando porque, según la historia, fue una mujer quien inició la tradición cuando le dejó rosas al sacerdote San Valentín en su tumba. Así que me rehúso a creer en la regla de que el hombre debe ser quien le dé flores a la mujer.

Prefiero ir los sábados al mercado y comprarme por ¢2.000 un ramo de Santa Lucía, que dura más de lo que cualquier otra planta sobreviviría bajo mis cuidados.

Agradezco no estar cerca de personas que se deprimen cuando es 14 de febrero. Además, es domingo. Suficientes quejas hay sobre este día solo porque el siguiente es lunes. Pero estoy consciente de que no es fácil sobrevivir el bombardeo de imágenes que nos incitan a desear ser amados por un día.

Acepto que hay un químico que se revela, y rompe el glóbulo de soledad que viaja dentro de nosotros dejando salir todo su líquido y nos intoxica por igual: hombres y mujeres.

Foto: Miriet Abrego.
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Foto: Miriet Abrego.

También acepto que agradezco no tener amigas que están tristes por no tener con quién pasar San Valentín. Porque yo, que he absorbido todo esa sustancia, le tengo cariño a caminar por aceras, por calles, por playas, por casas, por conciertos, por museos, por restaurantes, por hospitales, por bares, sola. Hasta guardo las facturas de las idas al cine que más disfruté ver.

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En San José hay muchos lugares a los que puedo ir en San Valentín sin sentirme mal por no ser parte del rito.

Por ejemplo, el bar La Maravillosa, que queda diagonal a la Compañía Nacional de Fuerza y Luz. Tiene mesas altas y después de las 6:00 p. m. hay karaoke.

La primera vez que fui hablé con Rodolfo, que según él tiene una pareja hace varios años. Me contó que se casó dos veces y se divorció dos.

A Rodolfo no lo conozco bien pero hay una regla implícita en un bar así: todos somos amigos. Hablé con Rodolfo sobre su pareja y me confesó que hace unos días salió con una muchacha pero a la mitad de la cita se dio cuenta de que en realidad no quería estar con ella. “Eso fue algo fugaz. Querer a alguien trasciende lo efímero”. Le pregunté que qué iba a hacer en San Valentín y me contó que va de viaje con su pareja al Atlántico.

Ya es mediodía, en la mesa hay cervezas, yuca, camarones y mayonesa. Juan, quien llevaba rato deambulando cerca de nosotros, se acerca para preguntarme qué iba a hacer este domingo. Trabajar, le respondí, y le devolví la pregunta.

“Nada, lo único que tengo es a mi mamá. Con ella paso los días especiales. Me molesta salir en San Valentín y ver a la gente quejarse porque no tienen a nadie. No se les ocurre que la familia y los amigos también son personas queridas.

“Yo estoy acostumbrado a salir solo pero pocas veces me topo con gente que ande sola. Yo salgo sin nadie pero siempre termino hablando con alguien”.

Entonces Rodolfo, que es sociólogo, le explica que mucho de eso depende del carácter y que hay un poco de temor al acercarse a lo desconocido, pero una vez que se traspasa esa barrera es sencillo desprenderse de los demás.

“Es muy importante que las mujeres sean independientes”.

Le respondo a Juan que estoy de acuerdo, y me invita a un tour de bares por Chepe. Acepto. Fuimos a El Caribeño, donde las huellas de las luces neón nos seguían. Ahí nos topamos con Mariel, amiga de Juan. Tiene un tatuaje de escorpión es su brazo derecho y una tarántula en su puño izquierdo.

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“Así me protejo”.

Escuchamos música desde la rockola, le compramos patí a “El Negro”, y pedimos un plato de nachos para compartir mientras escuchábamos la historia de amor de “El Negro”.

“Tenía 15 años y me gustaba una chiquilla del barrio. Isaura, tenía el pelo rubio rubio. El día que cumplía años le compré unas rosas pero cuando se las di no las aceptó porque ya tenía novio.

”Entonces nunca más volví a comprarle flores a las güilas”.

Mariel dice que a ella no le gustan esas cosas porque le dan alergia, y Juan se ríe y la contradice con cariño.

“No es eso, es que nunca le han regalado nada, no ve qué pinta”.

Terminamos de comer y “El Negro” sale por un cigarro. Cuando entra, trae en su mano una servilleta en forma de rosa.

“Tome, así no le va a picar la nariz”. Y con eso, nos despedimos de abrazo.

Otro lugar que puede visitar este domingo es el salón de belleza Margarita, 200 sur del antiguo Registro Civil. Ahí, no solo va a aprender sobre cuidados para el cabello, sino también sobre historia.

En el salón trabaja Edgar Enrique Picado, Wilton Sánchez y Gouvanny Gutiérrez de los Santos.

Edgar Picado es uno de los trabajadores del salón de belleza Margarita, donde lleva más de tres años trabajando. Foto: Miriet Abrego.
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Edgar Picado es uno de los trabajadores del salón de belleza Margarita, donde lleva más de tres años trabajando. Foto: Miriet Abrego.

Wilton y Gouvanny son de República Dominicana. Cuando llegaron, por separado, tenían previsto quedarse solo unos días pero la estadía se prolongó.

“Sabes, yo me fui de mi país porque quería conocer. Abrir los ojos. Pero me falta mucho, quiero ir a Rusia, a Afganistán, a Madagascar”.

Mientras Gouvanny me cuenta eso, Wilton se acerca para decirme que le consiga una mujer, una buena, una que lo quiera.

“Yo quiero dar mi cariño, sentirme amado”.

Pero ni Wilton ni Gouvanny logran encontrar una pareja ideal.

“Es que todas están locas. Me quieren quitar mi libertad y eso jamás”, me cuenta Gouvanny.

De pronto, Wilton suelta un grito: “¡Duarte, Sánchez y Mella!”.

“¿Los Padres de la patria?”, le pregunto.

“Si, exacto. Si esos tres hombres liberaron nuestro país de los haitianos por qué voy a dejar que una mujer me aprisione. La libertad es sagrada”.

Edgar no dice mucho; se queda en una esquina observándonos, pero antes de irme le pregunto qué va a hacer en San Valentín.

“Nada, me gusta estar tranquilo. Es que usted está joven, pero yo ya viví y vea, todo esto es una ilusión. A usted le gusta alguien, y una vez que está con esa persona se pasa la ilusión. Todo eso se va, ya verá”.

Pero yo soy más como Wilton y Gouvanny; acepto que me gustaría que me regalen una flor amarilla que no esté marchita. Pero no hoy, sino cualquier otro día. También acepto que no sería capaz de gritarle Juan Santamaría a alguien cuando quiera quitarme mi libertad.

El punto es que hoy es un día al que le gusta recordarnos que estamos solos o que nadie se tomó el tiempo para decorarnos el cuarto con globos, peluches, y corazones.

Pero afuera hay muchas historias por escuchar, hay antídoto: hay alguien haciendo rosas con servilletas, hay alguien setando en un cine para adultos, desahogándose en completa solitud, hay un vendedor de flores que no cree en el amor.

Hay alguien diciendo que Marisol es la mujer más chismosa de todo Costa Rica. Hay sodas que venden pinto a ¢1.000. Hay un pool donde se puede jugar con Mario y Ronald, quienes tendrán toda la paciencia para enseñarle los trucos más oscuros. Hay cantinas en las que parejas como Manuel y Sonia se dedican la misma canción después de 30 años de conocerse. Hay cuartos para alquilar donde puede ver películas para adultos, y puede dejar la cama sin tender.

Hay brujos que le devolverán el amor de su vida en tres días, sin importar la distancia, o puede esperar dentro de las cobijas a que sea lunes.

De por sí, siempre hay personas con la capacidad de encontrar razones para sentirse miserables.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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