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Actualizado el 26 de abril de 2015 a las 12:00 am

Las ponedoras más chineadas se deleitan con manjares y comodidades en una granja donde el eslogan de su producción es: huevos de gallinas felices

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Entre un hiperactivo e incansable coro de cloqueos se escucha un quiquiriquí perdido, con ínfulas de grandeza y ansias de protagonismo. Es un espigado gallo, bendito entre las gallinas.

El macho falla en su búsqueda de atención; las señoras emplumadas siguen paseándose libremente, deteniéndose apenas a picar unas hojas del árbol de poró por aquí, otras de la morera por allá.

Paran a pellizcar un coco, tomar un bocado de papaya, apropiarse de un pedazo de ayote o echarse un traguito de agua en el bebedero.

Las gallinas tienen muchos lujos en esta granja, incluido, por supuesto, uno que otro gallo dispuesto a divertirse fortuita y fugazmente con cualquiera, sin por ello sentirse comprometidos sentimentalmente con algún ave en particular.

Aquellos cantos emplumados y algunos revoloteos esporádicos es todo lo que se escucha al visitar la granja de gallinas de la Escuela de Agricultura de la Región del Trópico Húmedo (EARTH), en Guácimo.

Esta es una de las fincas avícolas orgánicas más grandes del país. De espacios como este –en los que los plumíferos se pasean libremente– provienen los huevos de pastoreo, los que cada vez llegan en mayores cantidades a los anaqueles de los supermercados del país, de proveedores como Yema Dorada, Montecristo, Slow Farms y Finca La Esperanza.

La raza isa brown es de las más cotizadas como ponedoras por su eficiencia y porque no le temen al contacto humano, lo que falicita la recolección de los huevos.
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La raza isa brown es de las más cotizadas como ponedoras por su eficiencia y porque no le temen al contacto humano, lo que falicita la recolección de los huevos.

Los huevos producidos por las gallinas de la EARTH se usan exclusivamente para el consumo interno, logrando así satisfacer la demanda de la cafetería donde se alimenta todo el cuerpo estudiantil, docente y administrativo.

Son huevos de gallinas que se pasean sobre la granza donde encuentran insectos escondidos o por el manicillo donde hallan tantas frutas y legumbres a su disposición, como las que se ofrecen en una barra de ensaladas.

Hace un año y siete meses, a esta finca entraron 500 gallinas isa brown, todas de color café, con elegante cresta de rojo intenso. Con ellas venían cinco apuestos gallos. Pocos días antes de que terminen su estancia en este paraíso plumífero, quedan 343 ponedoras y tres gallos.

Las otras ya no están porque acabaron en las fauces de algún depredador. Habrá sido algún manigordo, jaguarundi, culebra, boa o zorro que las encontró distraídas pastando.

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Un huevo al día

Cuando llegaron a esta granja , el 95% de las 500 gallinas ponían un huevo diario. Ya ninguna cuenta con la capacidad de alcanzar un porcentaje tan alto, y por eso en las próximas semanas todas serán vendidas en las afueras de la Universidad. Poco tiempo después serán sustituidas por otras 500 gallinas, provenientes de un criadero en San José de la Montaña.

No obstante, para no restarles méritos a las veteranas plumíferas, para la edad que tienen, estas gallinas se mantienen todavía saludables y frescas.

“Estas gallinas tienen la mejor calidad de vida posible. Por eso decimos que dan huevos de gallinas felices”, explica Arnoldo Ávila Aragón, quien es el administrador de las fincas orgánicas de la EARTH.

Tal vez, las gallinas no lo sepan, pero no todas las de su especie se dan una vida con tantos lujos y tan poco estrés: un galpón ventilado, menú gastronómico amplio, perchas abiertas para dormir y nidos abiertos para poner huevos cuando les venga en gana.

En una granja intensiva, (o de batería), la producción hubiera sido mayor, con una tasa de 2,3 huevos al día. Las condiciones, sin embargo, suelen ser otras. La postura la comienzan a las 20 semanas; a partir de ahí, su vida útil como ponedoras será de unas 40 a 50 semanas.

Las gallinas de pastoreo demoran 20 semanas en empezar a poner huevos. A partir de entonces su vida útil como ponedoras es de unos 10 meses (o entre 40 y 50 semanas).
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Las gallinas de pastoreo demoran 20 semanas en empezar a poner huevos. A partir de entonces su vida útil como ponedoras es de unos 10 meses (o entre 40 y 50 semanas).

La producción agrícola de huevos convencionales ocurre en estrechas jaulas donde las gallinas no tienen espacio ni para levantar las alas, explica el profesor Raúl Botero, profesor en Tecnologías Apropiadas en Sistemas de Producción Animal Amigables con el Ambiente.

En esas condiciones, el primer periodo de postura se extendería apenas por 10 semanas. Después de eso se las provoca una mudada forzada de plumaje mediante una dieta exclusiva de agua por 15 días. Cuando broten las nuevas plumas tendrán un segundo periodo en el que su producción será un tanto menor.

Cuando las gallinas hayan sido sobreexplotadas, las plumas se les pondrán blancas, se les inclinará la cresta, se les hincharán los ojos y tendrán atrofiadas las patas.

Es cierto: esas gallinas tienen una producción mayor que las de pastoreo, y esto se logra alargando sus horarios de comida. Para ello, se las expone durante más horas a la luz mediante iluminación artificial.

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Ávila asegura que hay pruebas para comparar los huevos convencionales con los de pastoreo. Una de ellas consiste en quebrar un huevo con la mano. El de pastoreo será más difícil de quebrar y más viscoso. Su yema será de amarillo intenso, debido al alto consumo de carotenos en la dieta.

En el 2007, un estudio del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) determinó que los huevos provenientes de gallinas criadas al aire libre también cuentan con un contenido nutricional más alto y menos grasa saturada.

Los productos de pastoreo también suelen ser más costosos en el comercio. Botero explica que las jaulas reducidas en las granjas intensivas permiten maximizar el espacio, mientras que una granja de pastoreo requiere de campos más amplios para menos gallinas.

Además, la mano de obra para el mantenimiento del pasto y los requerimientos alimentarios inciden en el aumento del precio final.

La vida de las 343 aves que durante más de un año y siete meses han sido ponedoras concluirá cuando sean vendidas a unos ¢1.000, y pasen a otras manos o quizá a una olla, como caldo de gallina.

Tuvieron una vida buena.

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