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Las vueltas de la vida

Actualizado el 02 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

Relato personal de la amistad que une a la autora con Mauricio Leandro, el costarricense que aboga por una muerte digna

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"Oiga, ¿sabe qué? Yo voy a escribir su obituario. Ya lo decidí. No es cualquiera el que se da esos dos lujos: leer su propio obituario y que quien lo escriba sea yo". Mientras engullía un pincho de pollo, Mauricio Leandro asintió: "Claro, claro", con toda naturalidad.

Mauricio  trabaja como docente e investigador en la Universidad de Costa Rica (UCR), su adorada alma máter. Acá, en uno de sus sitios favoritos, la fuente ubicada en las inmediaciones de la Biblioteca Carlos Monge Alfaro.  fotografías    Marcela Bertozzi
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Mauricio trabaja como docente e investigador en la Universidad de Costa Rica (UCR), su adorada alma máter. Acá, en uno de sus sitios favoritos, la fuente ubicada en las inmediaciones de la Biblioteca Carlos Monge Alfaro. fotografías Marcela Bertozzi

Nos reunimos en una averanada y hermosa tarde, el pasado 11 de octubre, en un ágape doble por mi cumpleaños y el de una de mis hermanas por elección, Miryam Eugenia Jiménez. Los tres nos conocimos hace más de 30 años, mientras hacíamos la secundaria en el Instituto Dr. Clodomiro Picado Twight.

Como ya lo sabe él y lo supo todo el mundo en su momento, a mis 14 años, Mauricio Leandro se convirtió en mi amor-obsesión de adolescencia. De hecho, fue mi único amor platónico, el único porque todos los demás los he realizado, pero esa es otra historia.

La pura verdad es que, por entonces, el ya afamado intelectualoide, el "líder espiritual" –como se hacía llamar cuando dirigió el partido estudiantil Trabajo– con costos sabía que yo existía. Me llevaba un par de años y estaba muy ocupado sentando cátedra sobre política, filosofía y actualidad nacional y mundial. Me tuve que conformar con marcar a pura cuchilla todos los árboles de eucalipto que poblaban el parque La Domínica, frente a mi casa en Turri: MLR y YJG. Y también, los lomos de todos mis libros de cabecera, los que conservo hasta hoy con la misma leyenda y uno que otro corazón trazado torpemente.

Salimos del cole, pasaron los años y la vida nos volvió a reunir en 'La Nación', donde él trabajó por varios años en Inteligencia de Mercados antes de irse a cursar su doctorado en Nueva York.

Hará un año, otro turrialbeño de nuestra gallada, Erick Lonis, compañero de Mau y amigotes de toda la vida, me puso al tanto sobre el diagnóstico que había recibido nuestro compita. Mau mismo les escribió un e-mail a sus más allegados... una pieza atesorable, un relato aterrizado, una invitación para acompañarlo a vivir y disfrutar, todo lo que pudiéramos junto a él, en este camino que el destino le tendió.

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Y en esas estamos. Yo, por lo menos, lo bailotee todo en mi fiesta de cumpleaños y, aunque nadie sabe lo que está a la vuelta de la esquina, ni quién se va a morir primero que quién, siempre siempre siempre me acordaré de Mauricio Leandro cuando escuche La Bikina. Espero que, si yo me muero primero, él haga lo propio con esa canción.

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Yuri Lorena Jiménez

yjimenez@nacion.com

Editora de la Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.

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