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Esquina pop: Las palomitas de Salva

Actualizado el 05 de abril de 2015 a las 12:00 am

Salvador Astúa le mostró las palomitas de maíz a toda una generación en Costa Rica. Desde un negocio en barrio Los Ángeles cuenta su historia: substanciosa y adictiva

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Salvador Astúa tiene casi 50 años de vender palomitas de maíz. | FOTO: RAFAEL MURILLO

En su simpleza, las palomitas de maíz son una cosa rara: están a medio cocinar entre lo esponjoso y lo crujiente; son un antojo salado, pero también se travisten de golosina.

Una conversación con Salvador Astúa es igualmente una cosa rara: uno cree que irá por unos datos sencillos con el vendedor de popcorn , pero pronto empiezan a reventar los brillos y angustias de una vida. Como el producto que exhibe en bolsas de ¢100 y ¢200 en una esquina mínima en barrio Los Ángeles, la conversación con Salvador es adictiva.

Él tiene 75 años y un currículo flamante de ventas callejeras (frutas, pejibayes, joyería de oro, gallinas, copos, huevos, “maticas” y aguacates calabazos). Un gringo le preguntó hace muchos años por qué no vendía palomitas de maíz, y que lo único que necesitaría era una cazuela y un kilo de semillas. Aquello fue una revelación, no solo para él, sino para ticos que en los 70 no conocían un grano de maíz reventado.

Llegamos a buscar una conversación tan liviana como una palomita con el pionero del producto en el país, y nos topamos con un hombre generoso con su historia de eterno pulseador, alcohólico recuperado y exconvicto; enamorado de su esposa, de los hijos propios y de los que crió como suyos. También es adicto al trabajo y sabio en las ventas.

El suyo es cuento para disfrutarlo mientras devoramos una bolsa de ya saben qué.

Negocio de familia

La Fábrica de Palomitas Salva fue nueva hace ya demasiado tiempo. El mobiliario, a diferencia del dueño, se nota cansando. Luisa, la hija de Salvador, disculpa el estado poco brillante del local afirmando que su enfoque es mayorista. Sin embargo, Salvador interrumpe su historia tanto por la llamada del distribuidor que ordena quién sabe cuántos sacos como por la niña que le pide 100 pesos de palomitas dulces por la puerta.

“Estuve cuatro años haciéndolas con cazuela y después empezaron a venir máquinas para hacer palomitas de maíz”, nos cuenta sobre sus inicios quien es mejor conocido como Salva, incluso por los muchachos del barrio.

El vendedor no descansa ni un día, ni domingos ni feriados. Incluso dice que hace poco llegó a trabajar con muleta tras una afección en una pierna

“Las vendía como ambulante en la parada de bus de La Cañada, en el tope, en el carnaval, en los circos...”.

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Salvador es de San Rafael Abajo de Desamparados. Al tratar de pasar en limpio su historia, uno descifra que hay una vida antes y otra después de las palomitas.

Antes de ellas, por ejemplo, apila una colección de historias jactanciosas de vendedor persuasivo, como cuando ofrecía unos aguacates monstruosamente grandes de puerta en puerta: “Vea señora –dice que solía convencer–, de uno de estos aguacates comen cuatro, y si siembra la semilla, al momentito va a tener un montón de plata ahí guindando”.

Tuvo una juventud fiestera y guarera. Empezó a tener desencuentros con la ley cuando, según cuenta, lo sacaban de los salones de baile por no tener cédula. “Imagínese que yo me enojaba porque me decían que era un mocoso. Ahora me encantaría que me lo dijeran”.

Salva le alzaba pleito a la Policía, y no una, sino varias veces. Refiere que tenía un tío que lo sacaba de problemas y pagaba sus multas, pero al muchacho matón se le terminaría la suerte: paró en la Penitenciaría con una pena de poco menos de dos años por “agresión y lesiones contra la autoridad”.

Se inauguró en la cárcel con un miedo terrible, hasta que se la encontró llena de conocidos: “Llegó el terror de la paca en San Juan de Dios de Desamparados”, le habrían gritado al llegar.

Salvador dice haberse calmado temprano en la vida, de los pleitos y las fiestas.

Al salir de prisión siguió como vendedor ambulante y luego encontró las palomitas. Empezó haciéndolas, por 12 años, en una casa que tuvo en barrio Cuba, pero hace 37 años instaló el negocio que tiene en barrio Los Ángeles.

Cuatro máquinas de palomitas reinan en la entrada, y junto al permiso municipal del negocio está una foto de Salvador, con una patillas frondosas, al lado de su actual esposa, Olga. Dice que tiene 10 hijos propios –de distintas relaciones– y cinco más de crianza.

Su hijo Salvador, de 26 años, es el único que ha seguido el rastro palomitero. Desde hace unos seis meses instaló otro local , mejor dispuesto para la venta al detalle, en Desamparados, 50 metros al este de la iglesia. “Yo recuerdo este negocio desde que la bolsa de palomitas valía 20 pesos”, dice Salvador, el hijo. “Yo hago tantas dulces que ya me empaché, pero uno sí tiene que morderse la lengua para no echarse a la boca las saladas”.

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El negocio vende palomitas saladas, con mantequilla, queso cheddar , con manzana, miel de abeja, cola y limón. Salvador, el grande, le tiene una fe ciega a su producto. Descarta el efecto que cualquier competencia podría tener en su negocio, incluso en tiempos en los que cualquier bolsa de palomitas está a unos pitidos de microondas de distancia.

Si uno quisiera encontrar a Salvador, lo más seguro es acercarse a su negocio. Ahí está todos los días de lunes a domingo, y de 7 a. m. a 7 p. m., incluyendo días feriados como los pasados Jueves y Viernes Santos.

A pesar de los prejuicios que uno podría tener por la zona en la que está ubicado el negocio de Salva –200 metros al oeste de la iglesia de barrio Los Ángeles–, él dice que jamás nadie le ha hecho un daño, es decir, nunca ha sufrido por el hampa local.

“Yo me pongo a darle vuelta a la cabeza y siento que nunca nadie me ha hecho daño, y yo trato bien a todo el mundo”, dice Salva, quien afirma ser una persona que hasta la cárcel recuerda con nostalgia.

Él agrega un dato que no podemos comprobar: “El expediente de cuando salí de la cárcel incluso traía una recomendación, decía: ‘Magníficas relaciones humanas’.

No tenemos motivo para ponerlo en duda.

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