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Esperanza salvatrucha

Actualizado el 30 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Tras seis meses de tregua entre las maras Salvatrucha y M-18, las muertes en El Salvador cayeron un 50%. Pese al recelo de muchos, la paz parece estar más cerca que nunca.

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Los grafitis desaparecen de las paredes. Los signos que marcaron el territorio y significaban poderío y control han sido cubiertos o borrados por sus propios autores.

Sucede en La Campanera, colonia de mayor exclusión social, gobernada históricamente por las maras, pandillas que se dedican al narcotráfico, extorsión y a sembrar el miedo. Estas bandas están integradas, principalmente, por jóvenes de bajos recursos económicos; muchos de ellos, reclutados contra su propia voluntad.

Tales grafitis eran intocables incluso para el ejército de El Salvador durante la etapa más dura de la represión militar en contra de estos grupos delictivos.

Así lo cuenta Roberto Valencia en la crónica La tregua en el bajo mundo , publicada en el periódico digital El Faro . A partir de algo tan simbólico como la extinción de las paredes “tatuadas”, el texto refleja los efectos de la tregua entre las maras Salvatrucha y Barrio 18.

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El cese de la guerra cumplió seis meses este 9 de setiembre, y tiene dos logros esenciales. El primero, es la reducción en más de un 50% de los homicidios en ese país, al pasar de 14 asesinatos al día a seis. El segundo logro ha sido devolver una esperanza secuestrada a los salvadoreños, quienes sueñan con la paz social que tanto se les ha negado.

Hay escepticismo , ¡por supuesto! Y muchas dudas... pero lo cierto es que este proceso de pacificación entre las pandillas es considerado como el suceso sociopolítico más importante en la historia de El Salvador, desde la firma del acuerdo de paz, en 1992, que puso fin a una fatídica guerra civil cuyo saldo fue de 72.000 personas muertas.

Raúl Mijango, exguerrillero, exdiputado y escritor, es uno de los encargados de facilitar el proceso de paz entre las maras junto con monseñor Fabio Colindres.

Mijango habla con optimismo e inteligencia al referirse a la tregua, un término que considera equivocado, pues asegura que una tregua es una suspensión, una pausa, y lo que se está construyendo con las maras es, en realidad, el inicio del fin de la guerra.

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“Ya El Salvador vivió un conflicto armado muy intenso y en el que la vía de la violencia no sirvió. Fueron las vías político-negociadoras, al final de cuentas, la solución. De sobra se ha demostrado que en este otro conflicto (las maras) la vía punitiva tampoco ha servido. Por tanto, debemos apropiarnos de nuestra experiencia histórica y buscar una solución de carácter político social”, manifestó Mijango desde El Salvador al ser consultado por Revista Dominical .

El exguerrillero se refiere al fracaso de la “mano dura” –acciones policiales y militarizadas– para frenar a las maras, estrategia que ha sido utilizada por los gobiernos derechistas y que, actualmente, se emplea en Honduras y Guatemala en contra de esas bandas criminales.

Solo en El Salvador, la guerra entre las maras, sus acciones delictivas y la intervención represiva del Gobierno han ocasionado la muerte de 60.000 personas.

El proceso

La tregua comenzó con el traslado de 30 líderes de la mara Salvatrucha y Calle 18 de los módulos de máxima seguridad de la cárcel de Zacatecoluca. De allí pasaron a otros sectores dentro de la misma prisión, en donde les devolvieron derechos restringidos, como tener contacto con otras personas (estaban aislados), el derecho a la información y al de recibir visitas de sus familiares.

Mijango explica que esto era necesario para que los cabecillas de las pandillas pudieran gestar el cese de la hostilidad con sus subalternos, tanto dentro como fuera del centro penal. No obstante, los más críticos, aseguran que estas concesiones otorgadas a los líderes mareros fueron una especie de “intercambio” para iniciar la tregua.

En respuesta, el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, ha dicho en reiteradas ocasiones que no se está negociando con las maras. Funes asegura que no se les está dando nada a cambio por el cese de la violencia y que no se les concederá amnistía alguna.

Carlos Martínez, reportero del periódico digital El Faro –uno de los medios que más ha investigado sobre los acuerdos y el desarrollo del proceso de pacificación (ejemplo de ello, la crónica sobre los grafitis de La campanera)–, resalta que la ambiguedad, las contadicciones y la información poco transparente han caracterizado el proceso.

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“La gente tiene que apropiarse de la tregua. Para eso, hay que entenderla, por lo que se debe dar información clara”, cuestionó el periodista, quien destacó que, aunque el Gobierno ha dicho que la iniciativa de buscar el fin del conflicto entre mareros vino de la Iglesia Católica, su participación ha sido vital y directa.

En un artículo de ese medio titulado Las nuevas verdades sobre la tregua , se resalta la participación del ministro de Justicia y Seguridad, David Munguía, como coordinador de la estrategia.

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“Está claro que el Gobierno no quiere asumir directamente ni las consecuencias ni los éxitos de esta tregua, ¿por qué? Eso lo sabremos con el tiempo. Puede ser por el riesgo que representa y las críticas que se pueden suscitar”, nos dice Martínez.

Revista Dominical intentó conversar con el ministro Munguía, pero al cierre de esta edición no había respondido las preguntas que se le enviaron por correo electrónico. Munguía no pudo ser ubicado en El Salvador, pues estaba de gira en Estados Unidos, según informó su jefa de prensa.

Más allá de los nublados del proceso, lo cierto es que, una vez iniciada la tregua, además de la reducción de homicidios, las pandillas decidieron cesar el reclutamiento forzoso de jóvenes y declararon “zonas de paz” los disputados centros escolares. También se registra una reducción de las extorsiones que las maras cometen contra comerciantes o transportistas.

Otra evidencia que genera esperanza sobre el proceso, es la entrega de 77 armas al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, por parte de las maras. Esto sucedió en junio pasado, en un acto público en la Plaza Cívica, y se convirtió en una muestra simbólica del desarme.

El proceso de cese de hostilidad entre las maras de El Salvador ha generado tanta esperanza que se quiere emular en Guatemala y Honduras, pero los presidentes de esos países dijeron que prefieren actuar con la fuerza, dejando relagada la sensibilidad social.

Las grandes preguntas

“La reacción de la gente no ha sido de celebrar y salir a la calle a bailar, no, hay mucha desconfianza. Sin duda, tenemos esperanza, pero todos nos preguntamos: ¿será que nos van a engañar otra vez”, reflexiona el periodista Carlos Martínez, haciendo alusión a los descontentos que se ha llevado el pueblo salvadoreño desde antes, incluso, de que se desatara la guerra civil.

“La respuesta al problema de seguridad no puede reducirse a la voluntad de dos organizaciones criminales. Lo que hay que preguntarse es: ¿sobre la base de qué está establecida la tregua? Y, ¿qué posibilidades tiene de durar?” .

Mijango, por su parte, reconoce el escepticismo de la población, debido al resentimiento que existe hacia las maras por todo el daño que han hecho, pero, enfatizó, que el éxito del proceso dependerá de la capacidad de la sociedad civil y del Estado de participar en el proceso, y dar respuesta a los planteamientos de los pandilleros.

Por ejemplo, encontrar una solución al caótico sistema penitenciario, el cual tiene capacidad para 8.100 privados de libertad y tiene más de 26.000 cautivos, de los cuales 9.600 son mareros.

Otro elemento esencial es generar canales para la reinserción social de los pandilleros, para que puedan ganarse la vida de forma honesta. Actualmente, se calcula que en las calles hay 50.000 mareros.

Para lograr este objetivo se requerirá una inversión millonaria, para la cual se solicitará colaboración económica de organismos internacionales. Se espera que para las próximas semanas se convoque a representantes del Gobierno, las maras y la sociedad civil a una mesa de diálogo, para determinar los pasos a seguir en este proceso de pacificación.

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