Crónica

Un día de campo familiar en la cárcel La Reforma

Una vez a la semana, la cárcel se vuelve un parque de reunión familiar. Los privados de libertad juegan con sus hijos, besan a sus esposas. La felicidad supera a la condena... hasta que la despedida se asoma amenazante.

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Doña Bella es la primera de la fila. Ella y una veintena de personas más, sobre todo mujeres, madres con sus hijos, arriban al portón principal del Centro Penitenciario La Reforma desde el sábado a las 8 p. m., y allí esperan durante 12 horas hasta que se abran las puertas y comience el día de visita.

No hay tiendas de campaña ni bolsas de dormir, solo cobijas y almohadas en el suelo.

“Paso la noche acá para entrar de primera y aprovechar el mayor tiempo con mi esposo”, dice doña Bella, que en realidad se llama Sadia Acuña Aguilar y anda acompañada por sus hijas de 19 y 13 años.

Todos los fines de semana, las tres mujeres siguen la misma rutina; todos los fines de semana desde hace tres años, cuando condenaron al padre de familia, Milton Martínez, a ocho años de prisión por tráfico internacional de droga.

La verdad – la versión de doña Bella– es que su esposo solo tenía 23 plantas de marihuana en la casa.

“Él es demasiado buen marido, demasiado buen padre, lo suficiente para que yo lleve la cuesta con él. Desde que me llevó al altar... en las buenas y en las malas”, enfatiza, esta vecina de Santa Ana, quien tiene la popularidad de una estrella de televisión y el apoyo de una líder sindical en la fila de ingreso a la prisión. A ella todos la conocen, es fuente de risas, consejera y mediadora en conflictos.

“¿Qué por qué me dicen doña Bella? Diay ¿no me está viendo?... 90, 60, exploto”, declama la mujer al tiempo que hace un movimiento pélvico que provoca carcajadas. Ella ronda los 45 años y supera los 100 kilos en la báscula.

El privado de libertad   Luis Ávila (condenado por robo agravado) sostiene a su hijo Deyshan Jael, quien apenas tiene 15 días de nacido. Luis es padre de otros tres hijos.  | FOTO: EYLEEN VARGAS
El privado de libertad Luis Ávila (condenado por robo agravado) sostiene a su hijo Deyshan Jael, quien apenas tiene 15 días de nacido. Luis es padre de otros tres hijos. | FOTO: EYLEEN VARGAS ampliar

Su premisa es que el buen humor es indispensable para no llorar de tristeza mientras se espera por ingresar a la prisión, pues, aunque sea para visitar a los papás, hijos, amados y queridos, nadie puede olvidar que ellos se hallan cautivos, y que estar separados es la constante. El abrazo es una excepción que solo se da una vez a la semana.

Son las 7:30 a. m. Se acerca el momento del encuentro. El sol del de veranillo de San Juan nos hace sentir como si estuviéramos en el Paseo de los Turistas de Puntarenas, pero el escenario es una agujereada calle de tierra, sucia y con barro, en San Rafael de Alajuela. Esta bordea la cárcel más segura y emblemática de Costa Rica, donde hay 3.510 p rivados de libertad , pese a que su capacidad es de solo 2.300 (ver recuadro: Hacinamiento) .

Es domingo y Día del Padre. Del total de visitantes que esperan ingresar, calculamos que un 70% son mujeres; el resto, hombres; además de los niños, muchos niños, con ropa de paseo, con plastigel en el pelo, con cara de pereza –llevan horas esperando bajo el sol–, con bolsas de regalo, con manualidades que hicieron en el kínder... Portarretratos que dicen “Te amo, papá”, y dibujos en los que su padre viste una capa de Superman .

Los adultos cargan maletines y salveques donde llevan la comida del día de campo, queques de pastelerías josefinas, pasteles con lustre derretido, botellas de Big Cola, llenas con sirope y horchata.

Faltan cinco para las ocho. Los oficiales de la Policía Penitenciaria abren una pequeña puerta y la gente se dirige en avalancha hacia esta: molote, desorden, codazos; alguien grita: “¡Cuidado aplastan a los chiquitos!”; otra reclama que alguien se coló; otro intenta colarse.

En medio del caos, un custodio saca pecho y, enojado, vocifera: “ Acomodensen, no hagan tanta pelota o aquí no entra; acsolutamente nadie ”.

Caminos de la vida

Y así van pasando uno a uno los visitantes. Cada privado de libertad puede recibir a tres adultos y a la cantidad de menores que quiera, siempre y cuando sea un familiar y posea una autorización previa emitida por el departamento de Trabajo Social.

Luego viene la requisa personal, la cual es el clímax de la pesadilla: 11 de cada diez mujeres consultadas se quejaron de la forma tan brusca en que las revisan. Tan severa inspección se debe a que ellas son el caballo de Troya que emplean muchos reclusos para introducir droga a la cárcel, delito con una pena de 20 años de prisión.

Para los niños, la requisa es más suave y se hace con su madre o encargado presente. También se inspeccionan bolsos, paquetes y comida. Más de 40 policías realizan tal labor.

En La Reforma hay 3.510 privados de libertad, pese a que la capacidad máxima es de 2.300

Arroz con pollo, pollo asado, arroz cantonés, ensalada rusa, frijoles molidos, mano de piedra, arroz blanco, chuleta, plátano maduro, salchichas, papas tostadas, arepas, baguettes , pasteles, muffins , cupcakes , pan cuadrado, salchichón asado, costillas a la barbacoa... todo debe pasar por el “análisis” de un custodio, quien mete la cuchara, revuelve el arroz, corta las salchichas, desmenuza el pollo, desfigura el pastel, deja en boronas el cupcake... La mayoría intenta ser cuidadoso, pero el trabajo es “hachero” por naturaleza y, de cuando en cuando, hay que meterle mano a la comida.

“Uno trae arroz y frijoles, y, cuando pasa por el puesto, le queda un gallo pinto”, se queja William Picado, quien fue a La Reforma para ver a su hermano. Lo acompañaban su madre y dos sobrinos.

Con esa familia y unas 20 personas más, abordamos un autobús del Ministerio de Justicia que nos llevaría desde la entrada principal hasta el área conocida como Talleres, uno de los nueve módulos del centro penal.

Allí están recluidos unos 200 hombres, los “mejor portados” de la población carcelaria. Como recompensa por su conducta, a estos privados de libertad se les capacita en soldadura, carpintería y artesanía, de ahí el nombre del módulo.

Una vez en el bus, comienza oficialmente el paseo. En la radio suena la canción Los caminos de la vida, del grupo Los Diablitos .

Los caminos de la vida

no son como yo pensaba como los imaginaba, no son como yo creía...

Las caras de agobio empiezan a despintarse y brillan ahora pequeñas sonrisas de entusiasmo. Falta poco para ver al papá, al hermano, al esposo, al hijo, al tío...

Los caminos de la vida son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos, yo no encuentro la salida...

–¿Y por qué condenaron a su hermano?– le pregunto a William.

–Por ir a misa los domingos– me responde.

Tú no sabes que la vida de repente ha de acabarse y uno espera que sea tarde que llegue la despedida...

El autobús llega a su destino. Del otro lado de una malla coronada con alambres de púa, y bajo la mirada de una torre custodiada por un francotirador, da inicio el día de campo: el encuentro, la alegría, el saludo, el abrazo, el beso, el cariño, la alegría...

Bebés conyugales

Cuando en el futuro recuerde el pasado, Deyshan Jael dirá que conoció la cárcel con apenas 15 días de nacido. Llegó arropado por su madre, a conocer a su padre, Luis Guillermo Ávila Brenes, condenado a cuatro años de prisión por robo agravado.

El bebé apenas puede permanecer despierto, pero cuando su papá lo toma entre sus gruesos brazos, la diminuta criatura abre los ojos para reconocerlo; observa a su viejo con sus ojos claros y levanta la mirada, como queriendo conocer el lugar.

Para Luis, quien además es papá de otros tres niños, la llegada de su cuarto retoño le provoca un remolino de sentimientos. Es emoción a veces, es orgullo siempre, a ratos angustia y preocupación... pensar que su familia está afuera, sin él.

“Creo en las segundas oportunidades, tengo fe. Este bebé es una muestra de que Diosito sigue pensando en uno. Me da fuerza para seguir luchando, para darles un futuro mejor a mis hijos”, se sincera el sujeto, de 36 años.

En el módulo de Talleres, a los privados de libertad se les otorga un incentivo por su trabajo; este va de ¢15.000 a ¢30.000 al mes. Con ese dinero ayudan a sus familias, pero la mayor responsabilidad económica recae sobre las madres, quienes trabajan como cocineras, servidoras domésticas u obreras de fábrica, entre otros oficios.

Deyshan es un “bebé conyugal”; así se le llama a los niños que han sido concebidos en una visita conyugal, producto de un amor enclaustrado que se desborda.

Hay muchos como él; es fácil encontrar padres con condenas que sobrepasan los diez años y con hijos de edades inferiores al tiempo que llevan tras las rejas.

Toda la paternidad la han vivido privados de libertad. Para sus hijos, “papá” es sinónimo de prisión, pues nunca han visto a su progenitor fuera de La Reforma.

Juan Carlos tenía cuatro años cuando su padre cayó preso por tráfico de drogas. A diferencia de sus hermanos, Samir, de 3; y Guadalupe, de 8 meses, él estuvo en el allanamiento que la Policía hizo en su casa y vivió el llanto de su madre.

“Para él ha sido muy duro, porque él sí entiende todo; los otros están muy pequeños. A él le explicamos lo que pasa, tal como son las cosas. Cuando nos vamos, es lo más triste, porque empieza a gritarle al papá que lo ama, que lo quiere”, relata la madre de los pequeños, Amanda Toledo , de 23 años.

El papá, que también se llama Juan Carlos, fue condenado a 12 años y ha purgado tres. “Cada vez que vienen, cada vez que se van; alegría y tristeza. Es un verdadero reto. Yo me porto bien acá, advertido por ellos, porque siempre que se marchan me dicen: ‘pórtese bien papá, pórtese bien’”, relata.

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Visitas en la Reforma (Angélica Sánchez)

La principal condena de los privados de libertad es precisamente ver partir a sus familiares. El momento del adiós es para ellos como si de nuevo un juez leyera el veredicto que los sentenció a perder su libertad.

Samir y la felicidad

En el módulo Talleres, hay una canchita de fútbol; un espacio verde con toboganes y hamacas; un salón grande con mesas hechas por los mismos reclusos; ranchos improvisados donde los de adentro reciben a los de afuera. Es un día de campo como cualquier otro, con arroz con pollo, mejenga, moscas y regueros. El paseo está en su punto máximo, son las 10:30 a. m.

Los hijos e hijas de los privados de libertad patean la bola como si estuvieran en La Sabana, ruedan por el zacate como si estuvieran en el parque de La Paz, y chapotean con agua como si estuvieran en Ojo de Agua. Solo que aquí, los papás llenan cubetas con agua de la pila común y meten en ellas a sus hijos más pequeños, quienes parecen estar en un balneario. Con vasos plásticos, recogen líquido y lo dejan caer en chorros de catarata sobre la cabeza de los niños.

Allí vemos a Samir, el hijo de 3 años de Juan Carlos, con los colochos de su cabellera empapados, fresco en medio de un calor insoportable, disfrutando con su padre. El adulto ríe, el niño también. Por un instante, el papá se olvida de que están tras las rejas, y el hijo ni siquiera se cuestiona dónde están...

Son las 11 a. m. Empieza el almuerzo. Los platillos suculentos abundan casi tanto como las moscas. Hay tal cantidad de comida que alcanza para guardar; luego los privados de libertad que más tienen, compartirán con los que no tienen nada, con aquellos que no recibieron visitas.

A algunos no los llegan a ver porque ya no se acuerdan de ellos: llevan más de 15 años presos. A otros –la mayoría– no los visitan porque sus parientes no tienen plata ni para los pases...

La lección

Todos en el módulo de Talleres tienen como norte salir pronto de la cárcel, a punta de trabajo, estudio y buen comportamiento.

Leonardo Loáiciga es uno de los más comprometidos; tiene 25 años de vida y cinco de estar preso; fue sentenciado a ocho años por cometer dos robos con arma.

Ese domingo, lo visitaron su novia, su madre, su padre, y su hijo Jordin, de 2 años –otro bebé conyugal–, cuyo nombre lleva tatuado con orgullo en la nuca.

“La familia responde en momentos duros; es cuando más unida debe estar; cualquiera puede cometer un error”, alega la madre de Leonardo y abuela de Jordin.

El muchacho dice estar arrepentido de su vida pasada y asegura haber aprendido la lección. Si bien es cierto que el nivel de reincidencia de quienes salen de La Reforma es del 35%, él asegura que la cárcel es suficientemente dura como para no querer volver ahí jamás.

“Aquí no es nada bonito, no es ninguna ganga estar acá, es como conocer el infierno... Legal, aprendí la lección”, asegura y señala que ha estado en otros módulos, como el de Máxima Seguridad, donde las cosas son –comenta– muchísimo más feas y duras que donde está ahora. “Usted no tiene ni idea de como es ahí, ¡no se lo deseo a nadie!”.

Su principal malestar es estar lejos de su hijo; su anhelo, salir, trabajar, ser el proveedor de su casa.

“Uno paga el delito acá, pero el error, el error siempre lo cargamos. Todos los años que perdimos, los años que no estuve con mi familia; eso nunca se paga”, manifiesta, al tiempo que abraza a su inquieto hijo, mientras este, invadido por la curiosidad, intenta despojar de la cámara a la fotógrafa que nos acompaña. El papá lo reprime por obligación, pero en realidad está encantado con la ocurrencia de Jordin. “Es que seguro se me va a hacer fotógrafo”, dice, y luego se dirige al pequeño: “Ya, mi amor. Cuando sea grande, usted va a tener una; yo se la compro”.

Faltan minutos para la 1 p. m. y se avecina la despedida; el mismo autobús que nos trajo viene a recogernos.

Suben las familias, se sientan, el bus tarda en arrancar. Si la llegada fue entusiasta, la partida es perezosa. El bus se pone en marcha y todos sus pasajeros –esposas, hijos, mamás, sobrinos, hermanos, hijos– se aglomeran en uno de los costados del vehículo para mirar por la ventana y despedirse de sus queridos privados de libertad.

Del otro lado del vidrio, del otro lado de la malla, los reclusos mueven los brazos y gritan adiós, caminan y corren en paralelo al bus, gritan adiós de nuevo.

Los pasajeros siguen pegados a las ventanas, ya los reos dejaron de correr, una reja se los impide. Termina el paseo.

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