Corredores de bolsa y camión

Soportan la lluvia, el sol y los malos olores. Los recolectores de basura recorren sus vidas detrás de un camión y algunos lo hacen gustosos hasta por décadas.

Últimas noticias

Corredores de bolsa y camión - 1
Corredores de bolsa y camión - 1 ampliar

Es de madrugada, pero la actividad reinante parece la de un mediodía en la capital. En el plantel de la Municipalidad de San José , los motores roncan y los recolectores de basura se mueven de un lado a otro buscando a sus compañeros de cuadrilla. Algunos de ellos dan unos sorbos a un vaso de café, mientras otros gastan bromas a sus compañeros. Los grupos se distribuyen. Los camiones toman distintas direcciones.

El movimiento es similar en Montecillos de Alajuela, donde los camiones de la empresa Recolectores Alajuelenses de Basura S.A. (Rabsa) –un concesionario privado– inician la recolección diaria de 250 toneladas de basura que genera el cantón central de esa provincia.

En las próximas seis horas, los trabajadores de ambas ciudades tendrán que correr un promedio personal de siete kilómetros al día, para recoger bolsas de basura que, en el mejor de los casos, contienen residuos jugosos y malolientes. En otras ocasiones, han topado con vidrios, jeringas, ramas con espinas y latas filosas que ponen en riesgo las manos y las brazos de estos hombres.

Luis Rivera, jefe de la sección de gestión de residuos de la Municipalidad de San José, cuenta que cada semana tiene que incapacitar al menos a dos recolectores por heridas y cortaduras provocadas por vidrios y otros objetos punzantes que las personas echan en las bolsas de basura, sin antes limarles los bordes o envolverlos en papel periódico.

Esquivar carros, mantener el paso detrás del camión y lanzar bolsas, es el día a día de este oficio que se hace sin importar que haya sol o llueva torrencialmente.

La Revista Dominical conversó con cuatro recolectores de basura que llevan más de 15 años en el oficio.

En San José, hablamos con Olivier Monge, quien suma 40 años en estas labores, y con Rafael Araya, quien ya llegó a los 41 años de trabajo como recolector. Junto a ellos está Gerardo Artavia, que se inició en estas lides hace 23 años y actualmente es supervisor de área en la Municipalidad de San José.

{^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-11-11/RevistaDominical/Articulos/RD11-RECOLECTORES/rec3|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteSinExpandir^}

En Alajuela, conversamos con Ramón Morera, un agricultor que cambió la corta de caña por juntar bolsas de basura.

Si algo une las conversaciones de estos colegas de generaciones distintas es la constatación de que este trabajo termina siendo un distintivo familiar: hay hermanos, papás, abuelos y hasta hijos que se enrolan en el oficio y permanecen en él por muchos lustros. La rotación de personal es mínima, y quienes lo ejercen sienten gusto y orgullo por su trabajo .

El primer día

“Yo entré a trabajar el 12 de marzo de 1972”, resuena la voz firme de Olivier. Rafael Araya completa: “Y yo, el 16 de julio de 1971”.

En aquel entonces, eran jóvenes que se acercaban a sus veintes y aún agradecen a los veteranos en el oficio quienes, en aquellos años, les enseñaron a trabajar.

Personajes como Chaleco y Polonga fueron generosos al darles primero estañones pequeños para que aprendieran a lanzarlos sin lesionarse la columna.

“Estaba carajillo cuando entré aquí. Ese primer día, no recogí en camión. Me mandaron a un río, cerca de la antigua Penitenciería, a sacar un perro inflado. Mis compañeros dijeron: ‘No va a poder, no va a aguantar. Se va a vomitar’. Pero aguanté y aquí estoy”, rememora Monge.

Araya recuerda: “En esos años, los camiones eran diferentes. Eran como grandes vagonetas donde uno iba arriba, metido entre la basura, acomodándola ‘en camas’ y los compañeros le revoleaban a uno estañones con basura, para que uno la acomodara. Había que cuidarse de los cables eléctricos”.

En Alajuela, Ramón Morera, recolector de la empresa Rabsa, retrocede el tiempo 17 años y resume su primer día de trabajo en una frase: “Es mejor que agarren un leño y le den a uno por los pies”.

Este agricultor de la Ribera de Belén recuerda que aquel primer día, al llegar a la casa por la noche, no aguantaba que le tocaran las piernas. “Vieras qué duro. Fueron 15 días de prueba. Si usted aguanta eso, ya se la jugó. Si no, deja el trabajo botado”, sentencia Morera.

Mañas del trabajo

Los entrevistados coinciden en que la condición física es vital para desempeñar este oficio, pero no el único requisito para el “peón” experto. “El que sobresale es el que mantiene siempre el ritmo, la velocidad: a como comienza, termina. El malo es el que apura al chofer al principio y ya a los 500 metros está cansado”, explica.

Y agrega Araya: “Sirve el que da rendimiento. Los que bucean en la basura no, porque pierden tiempo. También está el buen trabajador que recoge un reguero y le avisa al chofer cuándo seguir, o cómo maniobrar, especialmente cuando hay lluvia y se empañan los espejos”, añade.

Entre los recolectores, todavía se recuerda a los ‘coleteros’ de antaño, los de las décadas de 1960 y 1970. Son Rubén Darío y Felipe Nieto, que no tenían miedo a ensuciarse la ropa ni a embarrarse la mano cuando reunían la basura desperdigada.

{^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-11-11/RevistaDominical/Articulos/RD11-RECOLECTORES/RD11-RECOLECTORES-summary|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteConExpandir^}

“Se echaban la bolsa a la espalda y hasta que les chorreaba el caldo. Caminaban doblados”, rememora Artavia, y añade: “ellos son los maestros, son nuestra inspiración. ‘Coleteros’ como ellos, ya no hay”. (Ver recuadro “Recolecta de palabras”).

El mismo término ‘coletero’ ha variado con el tiempo. Antes se refería a los que recogían la basura que quedaba suelta en las alamedas, y utilizaban para ello una malla o una bolsa. Ahora, ‘coletear’ es reunir bolsas en grupos, poco antes de que llegue el camión, para facilitar la recolección de una calle.

Verguenza y dignidad

Monge recuerda que cuando era adolescente y empezaba en este trabajo, no le gustaba que lo mandaran a recoger basura cerca de la parada de buses de su pueblo.

“Yo tenía una novia por la industria Yamber. Cuando pasaba por ahí en el camión de la basura, me sombreaba . Un día, mientras hacía mi trabajo, me la encontré de frente. El impacto fue tan grande, que preferí no volver a verla. A los 22 días, me la volví a encontrar y ella me regañó : ‘¿por qué ya no me buscó más? ¡El trabajo es honra!’, me dijo”.

Aquellas palabras tuvieron eco en una lección que su propio padre le había dado: “El trabajo es honra. Dele pena si un día lo ven arrestado en una patrulla, no si lo ven encaramado en un camión de basura”.

Al que no quiere caldo, dos tazas... una experiencia similar vivió Araya.

“El primer día de trabajo, me dice el jefe: ‘Usted va para la Ciudadela 15 de setiembre... ¡Y ese era mi barrio! Yo tenía una gran verguenza... pero igual fui. A las novias, no les decía que trabajaba recogiendo basura, sino que era constructor”, recuerda con una sonrisa.

No fue igual para Gerardo Artavia, quien encontró al amor de su vida en una soda que era parada obligada para los recolectores.

“La doña me conoció trabajando aquí. Pasábamos a tomar café cuando íbamos a botar la basura en el relleno de Río Azul.

”Yo la veía y pensaba: ‘Qué flaca más bonita’. Pero no le decía nada. Fue ella la que un día me dijo: ‘¿Y usted por qué no me saluda? Me dio la mano y yo cogí el codo. A los tres meses, nos casamos”, dice Artavia.

Las parejas de los recolectores no tienen el reparo que inicialmente inhibe a algunos de estos trabajadores cuando deben revelar su oficio ante ellas.

De hecho, el apoyo que las familias dan a los recolectores es evidente al comprobar que en este negocio se involucran varias generaciones: padres, hijos y hermanos.

Ramón Morera lo cuenta así: “Mi hijo tiene 10 años, y él dice que quiere ser recolector como su papá. Este es un trabajo donde a uno le pagan por andar corriendo todo el día”, dice con una sonrisa.

{^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-11-11/RevistaDominical/Articulos/RD11-RECOLECTORES/RD11-RECOLECTORES-rec2|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteConExpandir^}

Otros no tienen empatía con estos empleados, especialmente los choferes que se impacientan cuando no logran avanzar porque delante de ellos va el camión de la basura, o se dedican a pitarle a los recolectores que cruzan la calle para ir por una caja, un estañón o un grupo de bolsas.

Ramón Morera lo expresa de esta manera: “Uno anda con la vida vendida en la calle, porque hay gente con mucha prisa e impaciencia, y con facilidad lo puede atropellar a uno un carro. También puede ser que al meter uno la pala, se estalle un líquido y lo bañe a uno. Una vez quedé en la tapa de un carro. ¡Viera qué susto!”

Si bien hay gente que arruga la cara y ve con asco a los recolectores, estos concuerdan en que la mayoría de las personas los trata bien.

“De hambre no se muere uno trabajando en la calle. Como uno pasa varios años por la misma ruta, hay gente que lo conoce a uno y le regala un fresco o algo de comer”.

Gerardo Artavia recuerda una Navidad, en Rohrmoser, cuando un médico invitó a los recolectores de su cuadrilla a desayunar a su casa.

“Era una casa que tenía varias piscinas. Él nos sentó a la mesa y en ella había de todo: frutas, pan, huevo, café... Durante el año, es normal que mucha gente también nos regale frescos o café en el trayecto”.

Estos son los “puntalitos” que ayudan en el largo recorrido. Al final del mismo, al llegar al plantel, muchos de los trabajadores almuerzan en ese lugar.

Lo mejor y lo peor

“Yo soy asqueroso. No junto un perro muerto”, sentencia Artavia mientras arruga la cara. “A lo demás, uno se acostumbra”, concluye.

El fuerte olor dulzón de los caldos, ese que permanece varios minutos después de haber pasado el camión, no parece ser un problema para los recolectores. Ramón Morera lo explica: “El olfato lo perdí. Me da igual todo. Es costumbre. Yo no tengo olfato. Se acostumbra uno a los olores.

”Al principio, yo no comía nada cuando llegaba a la casa. Y hay que hacerlo. A veces, uno recoge excremento de indigentes, pasa la mano, y ¡diay!, no queda más que echarse agua en el camión y seguir”.

Araya se aventura a hacer un balance entre lo bueno y lo malo de este oficio: “Lo peor de este trabajo es que uno siempre recoge basura, llueva o truene. Uno tiene que llevarse los aguaceros y a veces son las 3 de la tarde y no ha tomado ni café. Pero lo bonito de este trabajo es que es entretenido y uno se lleva bien con los jefes.

”Aunque yo soy chofer, trabajar de peón es lo mejor. Uno se lleva regalías, cosas que se encuentra. Eso sí, se va desgastando más, porque es un brete matado. Las rodillas y la columna se desgastan. Hay peones que optan por irse a barrer caños, porque es más llevadero”.

{^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-11-11/RevistaDominical/Articulos/RD11-RECOLECTORES/RD11-RECOLECTORES-NOTA2|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteSinExpandir^}

Entonces, ¿por qué permanecer aquí? La estabilidad laboral, las posibilidades de crédito bancario y las vacaciones de hasta un mes cuando se superan los 15 años en la compañía, son parte de los incentivos.

Según Luis Rivera, jefe de la sección de Gestión de residuos de la Municipalidad de San José, el salario de estos trabajadores es de ¢295.000 al mes. Si a eso se suman anualidades, puede subir hasta ¢350.000 o ¢400.000.

Carlos López, jefe de operación de Rabsa, contó que el salario mínimo en el sector privado es de ¢49.000 semanales, pero algunos recolectores “empunchados” hacen horas extras y lo redondean a ¢80.000.

¿Qué botan los ticos?

Claro, eso sin contar las otras “ventajas” del oficio. Ramón Morera ha recuperado de la basura teléfonos celulares, televisores y hasta computadoras. Luego de repararlos, le funcionan perfectamente y son de uso diario en su casa.

“Uno se encuentra proyectores, cámaras de video, pulseras de oro y, una vez, hasta un perrillo vivo”, relata.

Algunos de estos objetos llegan a la basura por accidente, como las ocasiones en que Monge hasta se ha encontrado dinero.

“Una vez, tiraron como varios millones de colones en una bolsa y a los cien metros venían los dueños pegando gritos para que detuvieran el camión.

Con más frecuencia, se ven cadenas de oro y hasta pedacillos de lotería con terminación”, dijo Monge.

Ahora bien, no toda la basura es igual. La zona residencial es un determinante de peso.

Para los recolectores josefinos, “la mejor basura es la de Rohrmoser, porque viene bien empacada. Y la peor es la de los barrios del sur, porque hay más desorden, barren tierra y basura y la meten en las bolsas, y eso las hace más pesadas”.

Las cuadrillas van alternándose periódicamente las zonas. Cada día, el ciclo comienza otra vez, ya sea en el turno de la mañana, el de la tarde o el de la noche. Este último empieza su jornada desde que cae la tarde y termina hacia la medianoche.

Al igual que a los otros compañeros, a estos trabajadores les corresponde recorrer las calles josefinas para despejarlas de los residuos que han sido dejados en el corazón de la capital durante el día.

Porque, al fin y al cabo, la basura no da tregua, y alguien tiene que hacer el trabajo. Haya crisis o no, es una de esos labores que nunca se acaban.

Rellene los campos para enviar el contenido por coreo electrónico.

Enviar:

Noticia La Nación: Corredores de bolsa y camión