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Chucheca beach club

Actualizado el 14 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Tráfico de Meneítos, bailes acuáticos de bachata romántica, vuelo de águilas y los personajes más pintorescos, fueron parte del oleaje del día de inauguración del balneario Puntarenas, tras 12 años de desuso.

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Al ritmo de una bachata acuática, dos tórtolos bailaban románticos en la piscina, generando pequeñas turbulencias de amor en cada paso que daban, pegados, abrazados y con mirada de “te amaré lo que dure la eternidad”.

Los amantes parecían estar en una cápsula privada a prueba de sonidos y molestias, pues no se inmutaban por los constantes chapoteos provocados por los chiquitos que se tiraban al agua, gritando “¡bola de cañón!”, ni por la bola de voleibol lanzada por un adolescente que, más de una vez, los despeinó. Ni siquiera pararon su baile cuando el animador del balneario, Ricardo Cordero, interrumpió la pieza Romeo y Julieta del grupo Aventura, para hacer una de sus tradicionales inyecciones de entusiasmo: “Así es, amigos y amigas, seguimos disfrutando acá, desde San Lucas Beach Club, matizando con el bonito calor de Puntarenas y la gente bonita...”.

San Lucas Beach Club es un nombre muy rebuscado y elegante para lo que es y siempre ha sido el tradicional balneario de Puntarenas, ciudad porteña caracterizada por los churchills , el paseo de los Turistas, las excursiones a la playa y las famosas chuchecas.

El balneario llevaba 12 años en el olvido, en completo desuso, y fue hasta el domingo pasado que reabrió sus puertas, tras una inversión de ¢1.500 millones de parte del Instituto Costarricense de Puertos (Incop). La Revista Dominical estuvo ese día allí.

La bienvenida nos la dio Deiby Vargas, quien, orgulloso, se presentó como uno de los diez primeros en entrar al balneario, junto a su pareja Natalia Espinoza.

Para lograr tal hazaña, debió hacer fila hora y media antes de que se abriera la boletería y le tocó “sacarle pecho” a unos tipos que se le querían colar. “Al final, el conflicto no pasó a más, nos dimos cuenta que todos veníamos a disfrutar”, añade.

Ese día, Deiby viajó desde su natal Zapote, acompañado de una enorme toalla con la imagen de Bob Marley, el mismo ícono que sobresalía en uno de los diez tatuajes que adornan su cuerpo.

“Las reglas para pasarla bien aquí son fáciles: ser sociable, humilde, honrado y aseado”, recita, entusiasmado por la idea de que aparecerá en un video en nacion.com

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Para este comerciante de 32 años, el balneario está “pura buena vibra ”, aunque tiene una sugerencia: que a la comida y a las birras –sobre a todo a las birras – les bajen el precio.

La cerveza tiene un costo de ¢1.000 y solo se puede comprar en el bar del balneario, pues está prohibido entrar con bebidas. Tal disposición, aunque no es del agrado de muchos, no evitó el vuelo de las águilas, que sobrevolaron en parvada la piscina, las áreas verdes y los poyos.

Dentro del kit básico del bañista, junto al protector solar –que deja blanca mejillas, hombros y narices–, está una lata de cerveza a la mitad y otra todavía sin abrir, lista para sustituir a la primera.

La misma restricción de ingreso existe para los alimentos, por lo que los turistas deben comer lo que se vende en San Lucas Beach Club. Afortunadamente, el menú de ese día, a cargo de un catering service de oriundos de la zona, incluía: costillas, carne en salsa, yuca (consuelo para los vegetarianos), vigorón, y, por supuesto, el infaltable ceviche. Los precios iban desde los ¢1.500 hasta los ¢3.000.

El zacate fue el comedor perfecto para servir el festín. Desparramados se sirven los platos, entre la ropa mojada, la abuela que toma el sol y el bebé que está aprendiendo a gatear.

También hubo quienes desafiaron a la autoridad y traficaron, en franca rebeldía, Meneítos y Papiolas. Bien escondidito, llevaban el agasajo dentro de los maletines y, una vez pasado el portón de ingreso, en el área de la piscina, sacaban las bolsas “ pa’ picar ” sin disimulo.

La piscina más feliz

Una niña camina cerca de la piscina. No se percata de que la acecha un enorme hombre con la espalda cubierta de pelos. Menos se imagina que el tipo con aspecto de oso está presto a atacarla... En cuestión de segundos, el sujeto se le va encima, la agarra entre sus brazos, la eleva por el cielo y la lanza “patas' arriba” a la piscina.

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Ella asoma su cabeza fuera del agua, todavía un poco “destramada” y con los oídos tapados. Su padre, desde tierra, la observa muerto de risa, tras haberla echado al agua.

En el balneario cuchequero, parece volverse verdad el mito de que Tiquicia es el país más feliz del mundo . Allí, entre el bronceador de zanahoria, el mesurado sol –que ni siquiera es lo suficientemente fuerte como para incomodar– y la tibia piscina, la gente se ve realmente contenta.

No pesaron los aumentos de la gasolina o del recibo de AyA, tampoco la corrupción de la trocha fronteriza y ni siquiera lo mal que está jugando Saprissa.

De verdad, la gente parece haber dejado sus problemas y angustias en el casillero del vestidor, para disfrutar sin agobios del agua y de la familia.

Precisamente, el ambiente familiar fue el que reinó el domingo pasado. Juntos llegaron el esposo, la esposa, los hijos, la cuñada, la suegra, la nuera, la hija de la vecina, el amigo del hijo que le gusta a la prima...

Desde el Valle

El gerente del balneario, Carlos Apuy, calculó que ocho de cada diez personas del total de 850 que ese día visitaron San Lucas Beach Club provenían del Valle Central; es decir, que eran turistas urbanos.

Los locales, pronostica Apuy, serán los que llenen las instalaciones de martes a viernes, pues en tales días la tarifa de ingreso es de ¢2.500, mientras que los fines de semana sube a ¢3.500.

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De las tantas familias vallecentristas, nos encontramos con la de Cristian Zamora y Evelyn Loría, matrimonio que llegó al balneario con su pequeña hija Eleaine y una amiguita de esta.

“Esto es espectacular, qué bien que al fin exista un lugar así en Puntarenas. Es como estar en el mar, pero sin la incomodidad de la arena”, comentó Cristian, quien es vecino de la provincia de Heredia.

Su padres también asistieron al balneario y su mamá dijo estar “encantada” con los acuaeróbicos. A su papá no lo vimos, pues se había escapado al bar a ver el partido del Team florense .

Al caer la tarde y aproximarse la hora de cierre, poco a poco los turistas van recogiendo el paño, los flotadores y los sombreros, para emprender camino hacia los vestidores.

El Romeo y la Julieta de la piscina ya están fuera de agua, secándose mutuamente en una silla playera; mientras Deiby, el tipo del tatuaje de Bob Marley, se toma una última fría con sabor a zarpe.

Me ve a la distancia y levanta la lata, como brindando por el buen momento.

Nos marchamos del balneario con olor a cloro en el pelo, los cachetes colorados y un sublime antojo de ceviche de chucheca.

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