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Casas de madera: viejo corazón de barrio

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

A pesar del concreto, del plástico y del prefabricado, muchas de las ANTIGUAS CASAS proletarias de madera se mantienen en San José. ¿Por qué no han sucumbido?

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Casas de madera: viejo corazón de barrio

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“Estas manos eran una cosa así”... Pablo Chacón estira unas garras morenas y tensa los tendones como si estuviera a punto de convertirse en un Hulk veterano. Don Pablo se queja de su edad por entre las rejas del portón, como un león enjaulado en la vivienda que alquila en barrio México desde hace unos 30 años. Es una casa de madera que también recuerda tiempos más vigorosos. Dice que es un hogar amplio, aunque los tablones del piso están desnivelados. “A veces esto parece una casa de sustos”, nos dice.

La mayoría de las casas de madera de San José son antiguas viviendas proletarias. Nosotros quisimos preguntarle a la gente que vive en ellas cómo resisten en la era del concreto, del plástico, del prefabricado.

La Revista Dominical hizo un recorrido por tres barrios capitalinos para descubrir esos ejemplos de resistencia de casas que parecen las más vulnerables de todas.

La gente resiste, igual que las casas. A Pablo Chacón no le importa contarnos que a sus 70 años ya no se siente el hombre fuerte de antes, el trailero incansable y el luchador amateur de artes marciales.

En esas casas conocimos a mucha gente como él: personas recias que, como sus casas, también tienen una habilidad especial para pasar inadvertidas.

Material barato

Costa Rica es un país donde la madera sigue estando muy presente. Según el Censo Nacional del 2011, 13 de cada cien viviendas en el país tienen paredes exteriores hechas completamente con ese material.

No obstante, en comparación con el censo del 2000, el país habría perdido casi 45.000 casas de madera, una disminución de casi una cuarta parte.

Las típicas casitas “de puerta y ventana” nacieron del viejo paisaje boscoso que rodeaba los centros de población en el Valle Central. Se levantaron con la madera de los árboles que cayeron para abrir paso, principalmente, a las fincas de café.

La tecnología importada desde Inglaterra a finales del siglo XIX permitió industrializar los troncos. Entonces se dio lo que el arquitecto Andrés Fernández destaca como el bum de la madera como material barato: “Las piezas de madera largas y las tablillas machihembradas se convirtieron en el material de las casas de los pobres de Costa Rica”.

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La vivienda de Josefina Bermúdez cumple cien años este 2013. Claro que doña Josefina no es tan mayor como su casa, ella solo tiene 83. Su papá compró la vivienda en 1942, y ella, entonces una niña de 12 años, estaba feliz de que, por fin, su familia tenía un hogar propio.

La casa es oscura y las luces tenues que entran por unas ventanas altas le dan un aire dramático a las muñecos que doña Josefina sienta en su juego de sala. Su vivienda tiene la distribución clásica de las casas “de puerta y ventana”: el zaguán guía al visitante desde la entrada hasta el patio sin interrupciones, y las habitaciones están ubicadas a un lado.

Según Fernández, en sus inicios, estas viviendas eran usadas principalemente para alquilar, y en Costa Rica se les conocía despectivamente como “casas de chirrión”.

“¿Por qué esas casas eran de alquiler?: porque te cabe un montón de gente en cien varas y eso era lo que las hacía accesibles”, explica.

A doña Josefina, quien vive sola, la casa le queda ya muy grande. Sin embargo, muchas de esas construcciones han vuelto a su vocación de albergar multitudes. En el sur de San José, por ejemplo, en las cuadras que sirven como división de los barrios Cristo Rey y Los Ángeles, varias de estas casas han sido convertidas en cuarterías.

William Blanco, quien le da mantenimiento a dos de ellas, cuenta que el dueño adquirió las propiedades hace poco más de cinco años.

“Cuando agarramos esto, estaba en estado crítico”, dice Blanco, quien reza un rosario de arreglos que ha hecho: el cambio de la tubería de hierro por una de plástico, el cambio de la instalación eléctrica, la colocación de aislantes antifuego, la fumigación total y el cambio completo del techo...

Los inquilinos suelen ser inmigrantes nicaraguenses pobres y adultos mayores, quienes pagan unos ¢50.000 por mes.

“Nuestra preocupación cuando empezamos con los arreglos era la de cuidar la integridad de la gente, porque esto antes era como un estañón de gasolina”, dice Blanco, quien se lamenta por la precariedad de otras cuarterías vecinas.

Pasado presente

Ricardo Beckles, de 66 años, tiene una tapicería en lo que antes era la sala de su casa, una “de puerta y ventana”. Ahí escucha merengue mientras nos cuenta que el negocio va mal. También nos lanza el dato suelto de que esa casa, que renta desde hace unos 15 años, fue alquilada por la humorista Carmen Granados.

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Doña Vilma Granados, sobrina de quien fuera “Rafela”, nos confirma el dato. Ella recuerda que a sus 11 años de edad (hoy tiene 70) iba a visitar a su tía a una casa pequeña pero muy bonita. En la sala se echaba una gata muy peluda que era “el amor de ella”, tenía “su pianito” y en las paredes tenía fotos de cuando la actriz trabajaba en Radio City junto con su colega Olegario Mena.

Hoy, esa sala tiene sillones despanzurrados y herramientas de tapicero desperdigadas por el piso; pero mucho antes –incluso antes de “Rafela”–, esa sala no era sala, sino que era un pequeñísimo corredor delantero.

Andrés Fernández explica que la fachada de las casas de puerta y ventana se solía “tirar” hacia el frente para ganarle espacio a la casa.

“La sala es un concepto victoriano que solo tenían las casas de las clases altas. En la casa colonial, la sala no existe, y las casas criollas son una derivación de esta”, dice el arquitecto.

La mezcla de técnicas de construcción sigue en pie. Doña Julia Vargas nos invita a su casa para que veamos cómo mantiene una pared lateral de bahareque en esa casa a la que su esposo Gerardo Salas llama “una imitación del ferrocarril”.

Esa delgadez en la fachada es el signo más distintivo de estas construcciones. La casa que alquila José Benito Guardado fue la más pequeña que encontramos: apenas equivale al ancho de dos puertas. Él alista su regreso a Nicaragua porque no puede encontrar trabajo tras el cierre del restaurante donde trabajaba como cocinero: otro tipo de estrechez.

Juan y José Cruz son hermanos que viven –sepan disculpar la repetición– en barrio La Cruz. Su familia tiene tres casas en fila que, juntas, suman nueve metros y medio de frente.

Cuando se mira esta triada, a uno lo tienta la nostalgia: una alegoría de la resistencia valiente del barrio antiguo en el presente. Sin embargo, cuando se les consulta por la supervivencia de esas construcciones, los hermanos son una alegoría de la practicidad.

“Siempre ha habido planes de botar la casa y construir una de concreto; lo que no hay es plata”, dice don Juan. Es la respuesta de la mayoría de los dueños cuando se les pregunta por qué han mantenido sus casas.

Herbert León, un oficial jubilado de la Fuerza Pública, hizo la remodelación que tantos dueños no han podido hacer. De su antigua casa solo queda la fachada, pero todo el interior fue cambiado a concreto, cerámica y prefabricado. También encontramos casos inversos: fachadas de concreto que esconden corazones de madera.

Carmen Escobedo reza por la aprobación de un bono para la vivienda para hacerle una remodelación a su casa en barrio México, que ya se mira muy cansada. La señora tiene 81 años y confiesa: “Cada invierno que pasa digo: ‘bendito sea Dios que nos permitió un invierno más’”.

Claro que no hay espacio para la nostalgia cuando se sufren las goteras y el comején. El castigo del tiempo sobre estas casas es distinto al que opera sobre el concreto.

Las viviendas “de puerta y ventana” son una especie urbana en extinción.

Con ellas, se va ese olor a madera vieja que es único, igual que el olor de los abuelos.

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