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El arte de los sopladores de vidrio en Costa Rica

Actualizado el 04 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Un oficio translúcido aplica la alquimia en los talleres de los pocos costarricenses que se dedican a crear obras de arte con la técnica de soplar vidrio. Entrevistamos a varios de ellos.

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“El que dijo la frase ‘es tan fácil como sentarse a soplar botellas’ nunca se sentó a hacer una”, comenta Alessandro Tassara, uno de los pocos artistas costarricenses dedicados a este arte que gira en torno al calor y los materiales punzocortantes.

Tal vez sea un oficio que todos puedan aprender; pero llegar a dominarlo no es una labor sencilla.

La flama arde fuerte mientras el artista gira un tubo de vidrio transparente que cambia de forma con la complicidad del calor y el soplado. La sostiene frente al soplete de oxipropano y no para de girarla, mientras observa a través de unas gafas semifuturistas.

La sencilla varilla se transforma en una copa en poco más de 20 minutos. La mutación incluye adornos de líneas coloridas fundidas en el cáliz que, un rato después, junto al tallo, serán pegados a la base gracias a todo lo que ocurre a más de 1.800 °C.

Además de las botellas y copas que se hacen en estos talleres, el menú de vidrio incluye también vasos, recipientes, ceniceros, pipas, joyería, candelabros y hasta bolinchas, solo para citar algunos ejemplos.

Para alcanzar a moldear estos objetos, el proceso integra conocimientos de química, metalurgia, diseño y –aunque suene sorprendente– alquimia.

En inglés, este campo se conoce como flameworking o lampworking , mientras que en español, adoptó el nombre de “soplado de vidrio”, que es una de las partes más importantes del proceso.

El oficio de soplar vidrio (René Valenzuela)

La acción de soplar es mínima, pero indispensable. Cada soplo debe ser certero, oportuno y perfecto. El arte de todo esto, efectivamente, está en saber cómo soplar.

Los primeros sopladores locales aseguran que la práctica llegó a estos lares entre 1999 y el 2000. Una pareja de artistas japoneses “aterrizaron” en el antiguo Fercori y compartieron los primeros tips sobre este arte ancestral.

Zoltan Durán, de 36 años y cuya marca es conocida como Seta & Zoltan , fue de aquellos que se enamoraron a primera vista de las maravillas que se hacían con la ayuda del soplete.

Él resalta lo atractivo del vidrio, tan maleable como transparente, capaz de forjar una gran estructura o de desbordar belleza en un objeto diminuto.

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“El campo de trabajo es muy amplio. En mi caso, siempre busco hacer figuras en mis obras que logren la tridimensionalidad con colores iridiscentes y líneas escarchadas”, comenta el artista tibaseño.

Por su parte Alessandro, de 32, asegura: “El vidrio tiene muchos fines. Cada objeto puede ser un viaje o una atmósfera de luz y color. El vidrio cada día me sigue asombrando más ”.

Utilizan el borosilicato, que comienza a ser maleable a los 1.800 °C, o 3.330 °F. Este material permite que se le trabaje por secciones, de modo que se mantienen algunas partes calientes y otras frías. Requiere hornear la pieza, pero también puede dejársele descansar y retomarla días, meses o años después, algo que no permite el vidrio soda de lima, utilizado por otros sopladores.

Imagen sin titulo - GN
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Imagen sin titulo - GN

El proceso comienza con una varilla rellena o con un tubo hueco. En el país, se puede adquirir esta materia prima en laboratorios, pero con una oferta limitada de diámetros. Las delgadas varillas de color sí son importadas en colores oxidantes o en tonos crayones.

Ya frente al soplete, la paleta de color puede ir cambiando al placer del artista y dependiendo de la atmósfera química de la flama que se emplee. Esta tiene óxidos de metales puros como el oro (permite rosados, naranja rojos), la plata (da azules, blancos, amarillos), y el cobalto, entre otros.

Todavía a fuego lento, las técnicas de decorado (también llamado implosión) permiten darle belleza única a cada pieza. En lo transparente, los colores pueden formar espirales, wig-wag (como colochos), batuto (tallado en frío), reticello (espirales opuestas), filiacellos (como un reticello pero relleno) o formas libres capaces de dibujar animales, mandalas, flores y hasta figuras humanas en pequeños pedazos.

Sin techo de vidrio

El mercado es amplio en el país, pese a que en Costa Rica escasean las posibilidades de adquirir la materia prima y las herramientas requeridas para soplar.

Marco Ramos, conocido en el medio como Silly Cat , se ha especializado en hacer joyería, pipas y canicas de vidrio. Este último producto tiene su nicho comercial en Facebook, donde se encuentran páginas de coleccionistas de todo el mundo dispuestos a pagar altas sumas de dinero por pequeñas y resistentes esferas de vidrio.

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Si bien las suyas no son muy costosas, ha logrado posicionar ejemplares propios en varios continentes después de recibir buenas ofertas en subastas electrónicas.

En el precio final de cada producto, se toman en cuenta la cantidad de horas empleadas en el soplete, el tiempo dentro del horno y lo detallado de cada diseño.

“En esto, uno se convierte en su propio jefe, publicista y vendedor”, dice Marco, quien hace tres años dejó su trabajo en un call center para convertirse en aprendiz de Tassara, quien fue autodidacta y ahora trabaja bajo la marca Alta Arte .

El oficio de soplar vidrio (René Valenzuela)

Ramos dice encontrar inspiración en las formas presentes en la naturaleza y en la imaginación de sus sobrinos, quienes le han pedido que les haga desde gatos hasta galaxias en una pequeña canica. “Es un arte muy libre en el que nadie puede poner reglas para su diseño final”, comenta.

Alessandro piensa parecido y dice: “El estilo de tu obra viene de tu estado anímico, de tu concentración o tu ambiente. Uno tiene que ser creativo para que su técnica tenga un fin y exprese algo que no sean solo puntos, líneas y colochos”.

Sin embargo, tanta libertad creativa y tanta belleza artística no están exentas de riesgos. Los tres artistas consultados concuerdan en que aquel que pretenda hacerse un maestro en el lampwork debe acostumbrarse a sufrir cortadas y quemaduras a diario. El fuego y el vidrio pueden ser sus grandes amigos pero, con tan solo un descuido, podrían convertirse en todo un flagelo.

Por eso, el taller de cada uno de estos artesanos debe estar ventilado, con los gases y vapores debidamente aislados. Deben usar lentes especiales para evitar problemas en la vista como consecuencia de estar expuestos constantemente a los rayos ultravioleta.

En los que parecen ser buenos tiempos para el vidrio, Zoltan pretende seguir recibiendo pupilos, planea que su microempresa empiece a hacer productos con vidrio reciclado y quiere extender su producción a instalaciones de más tamaño.

Marco Ramos asegura estar dedicado a perfeccionar su técnica para hacer canicas y Alessandro sostiene que “hay que seguir compartiendo la flama” para que el arte crezca en Costa Rica.

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