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Bachilleres del manglar

Actualizado el 01 de junio de 2014 a las 12:00 am

Del barro extraen moluscos, pero también heridas, alegrías y conocimiento. Por primera vez, los piangüeros son dueños de un título que los reconoce como practicantes del peor y el mejor oficio de la península de Nicoya.

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Este grupo de mujeres y hombres de Jicaral de Puntarenas se capacitó en el oficio de buscar pianguas. En el orden usual, aparecen Lidia María Sossa, Jéssica Fernández, Wílmer Aguirre, Beatriz Escobar, Rosario Fernández y Dalia Aguirre. | FOTO: MAYELA LÓPEZ

En este, su lugar de aprendizaje, el barro gobierna el ambiente. Sin pupitres donde sentarse, solo les queda sujetarse de cualquier rama de mangle, aunque este corte las manos como millares de navajillas.

No es el mejor lugar para aprender, mas ellos se sienten orgullosos porque el manglar, que les da de comer, también les está brindando ahora conocimiento para su trabajo, su negocio y su vida.

Alrededor de 400 piangüeros del golfo de Nicoya forman parte del proyecto “Manos a la obra”, que el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) impulsa desde el año pasado. Capacitaciones sobre el manejo sostenible del manglar, siembra de moluscos y desarrollo del cooperativismo, son algunos de los temas en torno a los que están recibiendo formación los piangüeros.

Empujados por el hambre, algunos de los molusqueros llegaron al manglar siendo muy pequeños, incluso antes de terminar la primaria. Hoy, tienen la oportunidad de aprender sobre su oficio, una satisfacción que bien compensa el sacrificio de meter sus manos al fango helado de las 5 de la mañana.

Academia de barro

Beatriz Escobar tenía 12 años cuando su piel costeña sintió por primera vez el roce del barro salado. Llegó al manglar de la mano de su pareja sentimental, debido a que dos brazos no eran suficientes para sostener la economía de un hogar tan prematuro.

Beatriz tiene ya 60 años pero con los ojos en el mar, recuerda que en ese entonces logró quitarle al manglar 600 moluscos, una hazaña que le suena a cuento a los piangüeros del nuevo siglo que si acaso consiguen llenar sus baldes con 150 pianguas.

Nadie está preparado para pianguar . No existen manuales ni consejos, solo la incertidumbre de saber si se conseguirá algo más que heredarle carne y sangre al manglar.

“La primera vez, usted entra y llora”, dice con seriedad Rosario Fernández, una piangüera de 45 años, mirada redonda y nariz aguileña.

Tiene razón. No es fácil atreverse a llegar a un lugar de trabajo donde el fango quiere fundirse en un abrazo perpetuo con las piernas de quienes se atreven a entrar. Muchos insectos merodean, ansiosos de llenar sus arcas con sangre peninsular, y un entramado de raíces que se apiñan como vasos capilares, impide el paso cada medio metro.

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Nadie está preparado para pianguar. No existen manuales ni consejos, solo la incertidumbre de saber si se conseguirá algo más que heredarle carne y sangre al manglar.

Mientras se esquivan las purrujas, se lloran en silencio las heridas de los pies y el estómago reclama porque solo recibió una taza de café en la mañana... Así transcurren las horas en el barro.

“A veces, anda uno estresado, pero se viene para acá y se divierte un ratillo”, afirma Lidia María Sosa. Es cierto: si bien no hay recesos, los piangüeros se divierten mientras visitan el manglar.

Tras una jornada de cerca de seis horas, se consiguen unas 150 pianguas. Como relata doña Beatriz, la abundancia de moluscos es ahora un recuerdo. Además de pianguas, los trabajadores del barro se encuentran con chuchecas y almejas, con las cuales logran redondearse un ingreso mensual de ¢75.000 para llevara sus hogares.

La razón por la que no hay muchos moluscos es que los piangüeros han abusado de la extracción. Por ello, justamente, es que han tenido que aprender a cuidar su ambiente de trabajo.

La experiencia acumulada, más los conocimientos adquiridos, les permiten a los estudiantes de la península devolver a las raíces las pianguas más pequeñas para que crezcan lo suficiente y trasplantar semillas de mangle a las áreas menos pobladas... o sea, respetar el barro que les da de comer.

La marea roja es sinónimo de veda y antónimo de prosperidad para los hogares que dependen de la extracción de pianguas. Es por eso que la educación que están recibiendo incluye la confección de manualidades con materiales de desecho, como una posible salida a los tiempos de crisis molusquera.

De los 400 piangüeros, 75 desean conformar una cooperativa que les permita vender su producto de forma más organizada, y sobre todo, apoyarse mutuamente.

Primera generación

Hace dos meses, los piangüeros de la península se reunieron en Puntarenas para recibir un título que los acredita como profesionales en su oficio. La expresidenta de la República, Laura Chinchilla, acompañó a los molusqueros durante el acto de graduación.

Era la primera vez que algunos de ellos recibían un reconocimiento a sus estudios. Desfilar frente a familiares y colegas será, para muchos, una imagen digna de guardar en un sitio especial de la memoria. “Se siente uno contento de que le reconozcan el trabajo”, afirma Rosario.

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Además de la satisfacción de ser reconocidos como legítimos piangüeros, obtendrán un permiso oficial para la extracción de moluscos.

Cualquiera diría que el barro es un terreno infértil, pero no. En él, la vida se esconde bajo conchas rotas, piedras afiladas y ramas de mangle.

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