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Andar conmigo

Actualizado el 31 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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Una vez, cuando tenía 12 años, me escapé de mi casa. “Me escapé”, digo, para ponerle picante. Le hice a mi madre algún berrinche adolescente, tomé un bus y terminé en el centro. Para que la fuga tuviera gracia tenía que hacer tiempo, así que me metí al cine Rex. Era la tanda de las 2 p. m. de un sábado de 1993. Recuerdo la anécdota no solo porque aquel día vi Jurassic Park , sino porque fue la primera vez que fui al cine solo.

Hace unos días, cenando solo en una pizería de Bogotá, descubrí que todavía en ocasiones comer solo tiene el poder de producirme ansiedad, y no porque lo haya hecho poco. Por mi trabajo tuve la suerte de viajar mucho, joven. La mayoría de oportunidades por invitación, casi siempre solo. Esa afortunada circunstancia me obligó a acostumbrarme a comer solo ahí donde estuviera, ir solo a bares, a conciertos. Andar solo.

La ansiedad responde a que, hacer solos eso que se supone que hagamos acompañados, nos pone en jaque. Nos sorprendería cuán poco común es que la gente vaya sola al cine. No se diga ya a comer sola, cuando no está absolutamente obligada por las circunstancias. Decenas de estudios han intentado dar con el porqué. Por un lado señalan cuánto nos cuesta “gestionar” la soledad: es más fácil estar acompañados, ¡porque eso nos distrae de nosotros mismos! Por el otro lado gravitan los estigmas que asociamos con “soledad”. Para muchos, estar solos, “quedarse solos”, decimos, es casi una condena de muerte en vida.

Hágale cabeza: ¿De cuántas cosas se ha perdido porque “no tuvo con quien ir”? Ese lugar que parece que solo a usted le interesa probar. Ese concierto de aquel guilty pleasure que escucha a escondidas. Ese destino al que nadie entiende por qué quiere ir. Esa película a la que todo mundo le arruga la cara. ¿Por qué no fue solo?

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Además de ser una opción –digamos– no descabellada, pasar tiempo sólo con uno mismo es invaluable, particularmente en medio de esta oleada de hipersocialización. Así, varios de los espectáculos y lugares que recuerdo con más cariño, los vi solo. La mayoría de las ideas que luego se han convertido en proyectos valiosos, llegaron mientras andaba solo. Pero ojo: el valor de esos momentos no radica en haber estado solo, sino en que, por haber estado solo, estuve menos distraído.

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La soledad nos da espacio, pausa, silencio. Estando a solas tendemos a ser mucho más contemplativos, observadores, detallistas. En el proceso, tamaña paradoja, alimentamos ideas, planes y valiosas reflexiones que acabarán impactando nuestra vida cotidiana en pareja, familia, sociedad.

Esta no es entonces una apología de la soledad. Muchos menos un manifiesto de pretenciosa misantropía. La gracia está en entender que estar solos no significa ser solos. Que tanto valor tienen los momentos que atesoramos con esos a quienes queremos, como los que vivimos con y para nosotros mismos. Y que si uno no sabe estar solo, está acompañado, pero jodido.

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