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Fiesta comenzó el miércoles y concluyó el domingo

Tormenta puso a prueba los espíritus en el Festival Envision

Actualizado el 05 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Espectadores La Nación visitó viernes y sábado bahía Ballena, en el cantón de Osa, para vivir la tercera edición del evento internacional

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Tormenta puso a prueba los espíritus en el Festival Envision

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La gente corría en busca de refugio, pero el agua fluía a chorros entre los techos de palma, las tiendas de acampar, los árboles, los “templos” y escenarios. El techo del bar se quebró y a la banda de reggae Un Rojo la bajaron del escenario para evitar daños al equipo. En eso, además, se fue la luz.

El viernes, cerca de las 6 p. m., un fuerte aguacero con rayería azotó al Festival Envision, en bahía Ballena, Puntarenas, trayendo consigo un fin de semana lleno de retos para los organizadores y la gente.

“La música es para celebrar que el mundo está cambiando pero no es lo único del festival”, decía Stephen Brooks, uno de los nueve promotores del evento, ante la inesperada tormenta. Poca gente lo sabía, pero los encargados tuvieron que apagar los generadores de electricidad por miedo a un corto circuito; solo dejaron encendidos unos cuantos reflectores y luces en sitios de bajo riesgo.

Adentro del tráiler de producción, se discutía el porvenir de los conciertos con 424 (al final no tocaron), Mellisa O y Bushman, con un par de shots de tequila para bajar el trago amargo, pero afuera era un mundo diferente.

Los asistentes hicieron del barro un tobogán en el que se tiraban de panza. En una esquina, un grupo cantaba y bailaba alrededor de una fogata, y en el salón de té (carpa en la que se servía té caliente gratis), unos tipos con dreads y moño jammeaban con guitarra y armónica. La mayoría estaba tranquila.

Quizás estaban bien porque ellos mismos habían deseado que la lluvia aplacara el intenso calor que había hecho en los dos días y medio que llevaba el festival (“a mediodía esto es invivible ojalá lloviera un poco”, había escuchado decir a una chica mientras practicábamos yoga).

Quizás estaban tranquilos porque la lluvia fue un baño espontáneo que les ahorró el viaje a las duchas colectivas con horarios restringidos. Tal vez lo veían como una “prueba”, o quizás solo estaban muy pegados con la marihuana cuyo rastro se camuflaba con el sudor, el olor a barro y jengibre, pero no desaparecía del aire.

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Por tercer año consecutivo, el Festival Envision reclutó, durante cinco días, a una tribu temporal que convivió entre tiendas de acampar, sesiones de yoga, rituales, charlas, artesanías, comida orgánica, drogas y conciertos.

Llegaron cerca de 3.500 personas de todas las edades, provenientes de Estados Unidos, Europa y América Latina, unidos por buscar “libertad y elevar su conciencia”.

Se expresaban, vestían, hacían y consumían lo que querían. Aquello era un desfile de personajes variados y extravagantes: avatars de cuerpos celestes, mariposas, una pareja con taparrabos, uno con capa larga y un unicornio inflable bajo el brazo, y muchos con look de hippies o rastas. Todos eran diferentes, y nadie se metía en el “ ride ” del otro.

En el barro. “No me importa la lluvia, estoy saludable, joven y vivo. Nada condenará a este grupo”, enfatizó León Sánchez, proveniente de Nueva York (Estados Unidos). No importaba que la tienda de acampar se hubiera inundado o que toda la ropa estuviera mojada, la fiesta siguió.

Sin embargo, algunos asistentes cuentan que sí se incomodaron y cambiaron sus planes: abandonaron el festival, durmieron en el carro o buscaron una cabina.

A eso de las 10 p. m., Sonámbulo reabrió el Escenario del Sol. El barro succionaba, pero, a como podía, la gente evitaba resbalones y caídas, y bailaba descalza al ritmo de No hay mal que por bien no venga . La tormenta no impidió que la fiesta se extendiera hasta las 7 a. m. con DJ internacionales como Love & Light, JPod y Saqi.

Al día siguiente, las clases de yoga, charlas y conciertos siguieron con normalidad entre paja y lonas que cubrían el lodazal. Un tractor aplanó el camino, porque los carros patinaban y hasta el camión con el tanque séptico se quedó pegado.

“La idea del festival es seguir creciendo, y, conforme crecemos, ir aprendiendo”, dijo Luigi Jiménez, único tico en la organización.

En la tarde, la esperada banda Midnite (de Islas Vírgenes) se ganó al público con dos horas de puro roots , de las cuales se despidió tomando fotos de los asistentes desde el escenario.

Cayó la noche, y después de un ritual con el ‘arpa de la tierra’ (un arpa con cuerdas de 50 metros de largo), le llegó el turno a los nacionales Passiflora y Santos & Zurdo.

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La fusión electrónica de Santos & Zurdo venía acompañada de audiovisuales psicodélicos y la intervención dos sexis bailarinas que se ganaron los aplausos con su mezcla de danza oriental y yoga.

“Ha sido un reto para mucha gente, pero hay una energía increíble”, decía Jennifer Severo, de California (EE. UU.). El sábado, la fiesta también siguió hasta la mañana con más DJ internacionales.

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