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Música para pensar y no callar

Actualizado el 12 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Música para pensar y no callar

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Un activista de la música (más que del ego del músico) y un maestro en la técnica de ‘besar’ a la audiencia con melodías a un volumen apenas audible, pero que se perciben y celebran con todos los sentidos.

El emblemático violinista Gideon Kremer se atrincheró este sábado en el Teatro Nacional con su Kremerata Báltica para mostrar cómo la buena música es como el vino: tiene cuerpo, sabor, aroma y, sobre todo, desencadena todo tipo de pasiones.

El mismo Kremer suele decir que “la música puede ser un espejo de nosotros mismos (...) que ofrece una oportunidad para la reflexión y que es para los que se niegan a quedarse callados”.

Por eso, el programa de su único concierto aquí fue diseñado para ‘pensar’ y ‘sentir’, más que para lucir su impecable técnica rusa.

A pesar de los múltiples ‘ solo ’ de sillas, tos, personas comiendo y, hasta, de un celular encendido, la audiencia (desacostumbrada al sonido de violines solos) reaccionó bien. Suspiró, se mantuvo quieta y atenta para apreciar cómo Kremer, con sus contrastes de volumen y estilos, se reinventa en escena para ser impredecible: ¡muchos músicos a la vez!

El público estuvo casi sedado, más nunca adormentado. Muchos estuvieron al borde de sus butacas por horas. Se notó, especialmente, en los músicos de la audiencia, el ‘vértigo’ ante las sucesiones de arpegios de la obra de Philip Glass Siempre Estaciones y la velocidad de su ejecución y sus síncopas en el Verano Porteño o el Oblivion de Piazzola, que aunque tuvo arrebatos de tango, lució una personalidad propia y ¡sublime!

Como bromeó un amigo al salir, después de oírlo queda uno “kremeado”. La deuda: una ejecución suya de Bach con su violín de 372 años creado por Amati, maestro de A. Stradivari. Muchos ni se enteraron que este tesoro estuvo on stage . Con su participación, Kremer crea expectativas muy altas para futuros festivales Credomatic.

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