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Crítica de ópera: El elíxir de amor

Actualizado el 29 de julio de 2015 a las 12:00 am

La Compañía Lírica Nacional culmina un ciclo: ha llevado a escena verismo, romanticismo y ahora un paradigma del bel canto

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Invitado. Stefano de Peppo (rayas rojas) es uno de los cantantes internacionales en la ópera. Cristian Araya.

De acuerdo con un repaso de las programaciones de la Compañía Lírica Nacional (CLN) durante los últimos 15 años, era el momento de atreverse con un capolavoro del bel canto, que diese oportunidad a las múltiples voces líricas que han surgido en el país durante la última década. El montaje de L’Elisir d’amore –del bergamasco Gaetano Donizetti– fue una buena escogencia de las autoridades del Centro Nacional de la Música y de la CLN, si bien la producción evidenció disparidades notorias .

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Los altibajos de la puesta en escena de Elisir quedan en evidencia en las direcciones musical y escénica . Quien esto escribe –testigo presencial del desenvolvimiento lírico costarricense en los últimos 40 años– puede acreditar que Marzio Conti ha sido el primer director musical que se ha atrevido a forzar la masa orquestal al límite de lo audible y a observar un respeto absoluto hacia el cantante y su instrumento.

Conocidos de sobra son los problemas de un teatro que carece de foso orquestal y que obliga a acomodar parte de su instrumental… ¡en los palcos laterales! Pues bien, el maestro Conti logró lo que parecía imposible: cumplir con los requerimientos de una partitura sensible y afiligranada, mientras mantenía al propio tiempo una eficaz comunicación con el escenario.

No puede decirse lo mismo de la dirección escénica de Mary Birnbaum, que respondió tan sólo de forma parcial a las exigencias de un libreto diseñado para una comicidad contenida y un trabajo individual que resalte los perfiles psicológicos de los protagonistas. La dirección de Birnbaum, pese a mantener un nivel aceptable en el movimiento de masas, cayó fácilmente en la ramplonería, utilizando recursos de bufonada dudosa y grosera. ¿Qué pretendía la regia al obligar a Nemorino a utilizar la ropa íntima de Adina? ¿Acaso insinuar una patología fetichista, o parafilia, en los dos personajes principales? Ante nuestros atónitos ojos, la soprano lanzaba impunemente las piezas de su lingerie al tenor, quien las acercaba amorosamente a su rostro… ¡y concluía por endosarse las mismas encima de su atuendo personal !

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Por lo demás, el ingreso de Dulcamara, que aporta normalmente espectacularidad y brillantez, fue opacado por la irrupción en escena de lo que a simple vista semejaba un carrito de copos del Paseo de los Turistas, y no la “carroza dorada” que reclama el libreto. Empero, para no confundir al público lector, debe aclararse que tales recursos fueron esporádicos, y que debe ser reconocido un encomiable gusto en la elaboración de algunas escenas como la de Giannetta con las aldeanas

María Aleida Rodríguez, en el rol de Adina –rica hacendada del villaggio – cumplió con dignidad y musicalidad un rol difícil y empeñoso. Su voz se proyectó adecuadamente por encima de la orquesta y se adecuó lo suficiente a los requerimientos del estilo. William Davenport (Nemorino) nos dejó la impresión de ser uno más en la aburrida estirpe de los american tenors , con impostación dispareja y un sonido que tiende a escapar tras bambalinas en la zona del passaggio . No obstante, su timbre lució agradable, su musicalidad fue evidente y correcta su dicción italiana.

El maestro Conti logró lo que parecía imposible: cumplir con los requerimientos de una partitura sensible y afiligranada, mientras mantenía al propio tiempo una eficaz comunicación con el escenario.

El barítono costarricense José Arturo Chacón (Belcore) fue, sin duda, el personaje primario que obtuvo la mayor dosis de eficiencia. Su voz, sin ser estentórea, posee una proyección particular que alcanza cualquier extremo de la sala. Por lo demás, su comportamiento escénico fue eficaz y relajado, cualidades que inspiran en el público la confianza en el actor experimentado.

Lamentablemente, no fue la noche del italiano Stefano de Peppo (Dulcamara), quien –al menos en la primera parte– se percibió inseguro en los agudos y con problemas asociables a un eventual resfrío. La joven Keren Padilla (Giannetta) mostró musicalidad y soltura, aunque con leves deslices de afinación.

En la orquesta, cabe destacar la bella y sentida intervención del fagotista Carlos Ocampo en la introducción de la romanza del tenor. La sección de flautas destacó por su correcta afinación en las difíciles terceras napolitanas, propias del estilo. Por lo demás, dentro del género operístico nunca hemos escuchado una mejor versión del conjunto orquestal de la OSN que se ensambló brillantemente con el escenario, donde el Coro Sinfónico demostró una vez más un sonido proyectado y redondo. Para quienes me señalaron como inconveniente la utilización de un piano vertical en demérito de la clavinova que la orquesta emplea, debo aclarar que la partitura Ricordi detalla que los recitativos son acompañados por el pianoforte .

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Los diseños de escenografía y vestuario –nutridos en la experiencia de Milo Junco– respondieron a los requerimientos estéticos, aunque no necesariamente a la funcionalidad. El reducido escenario del Nacional, agravado por la inexistencia de una concha acústica, dificulta una mejoría en tales aspectos. Las luces –que el programa de mano atribuye a Telémaco Martínez como “realizador”, pero sin mencionar al autor del diseño–, se vieron aceptables, si bien el seguidor pecó frecuentemente de retardo en su aparición.

El programa de mano careció –garrafalmente– de la indispensable sinopsis argumental. La inclusión de una descripción fáctica de lo que sucede en escena es un tema que bordea el fair play con el público. Las autoridades de la CLN no deberían echar en el olvido tal recomendación para producciones futuras.

En resumen, una producción fresca y aceptable, con incompatibilidades originadas en su propia dirección. Habrá que esperar a escuchar la participación de los restantes cantantes nacionales, que tienen mucho que generar en un desarrollo lírico cada vez más promisorio.

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