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Crítica de música: Sin ton ni son

Actualizado el 27 de abril de 2016 a las 12:01 am

Orquesta Sinfónica Nacional se presentó con una director errático y un solista brillante

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La Orquesta Sinfónica Nacionalincluyó en su repertorio obra del compositor húngaro Zóltan Kodály y el Segundo concierto para piano y orquesta en sol menor, Op. 22 , del francés Camille Saint-Saëns. Alonso Tenorio.

La música de Camille Saint-Saëns es un dechado de claridad y perfecto balance de forma e instrumentación y su Segundo Concierto , un buen ejemplo de esas cualidades creativas.

Gracias a una concepción translúcida de la orquestación es casi imposible que una orquesta profesional pueda tapar al solista, ya que cada detalle instrumental está espléndidamente engarzado entre solos y tuttis. Esto le permite sin dificultad sobresalir al solista, en especial cuando se trata de un pianista brillante como el joven norteamericano de origen taiwanés Steven Lin.

No puedo decir que me haya llamado la atención el primer solo introductorio, un homenaje al estilo improvisatorio de Bach construido como una pequeña fantasía que se mueve sobre una nota pedal, la cual poco a poco deviene en una cadenza romántica. No obstante, a lo largo del concierto Lin pudo mostrar ampliamente un dominio virtuoso del instrumento puesto al servicio del color y el contraste, y por demás emotivo en las contagiosas melodías de Saint-Saëns.

Misterio resuelto. Una verdadera alegría fue volver a escuchar el Fazioli de la Sinfónica Nacional después de casi un año sin usarse, del cual Lin aprovechó la notable redondez del sonido de las cuerdas graves, obteniendo unos bajos potentes sin necesidad de golpear el instrumento, como pasa con frecuencia con alguno de los Steinway del Teatro Nacional. Del mismo modo consiguió con facilidad verdaderos pianísimos sin perder claridad en la digitación.

Es una lástima que la mayoría de solistas que vienen al país no lo puedan tocar por integrar la lista de artistas Steinway, de la cual forman parte mil seiscientos músicos y la mayoría de las grandes figuras del piano. Nos develó este secreto el encargado de la afinación y mantenimiento del instrumento. ¿No debería la administración de la Sinfónica haber tomado en cuenta esta situación antes de invertir tanto dinero en él?

Tradición gitana. Uno de los más importantes tesoros sonoros europeos es la música gitana, o más bien podríamos decir el carácter que los músicos gitanos le han dado durante siglos a sus interpretaciones de músicas de distintas regiones de Europa. Se trata de melodías y ritmos tradicionales húngaros, eslovacos, checos, rumanos e incluso de la tradición klezmer (música judía del este de europa) que tocadas al estilo gitano han admirado durante siglos a los compositores europeos y de manera ineludible forman parte del inmenso repertorio que hoy conocemos como clásico. En eso consisten las Danzas de Galanta de Zoltán Kodály, música de la región de Trnava (actualmente en Slovakia) en donde alguna vez músicos gitanos hicieron de las suyas con el folclore regional.

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No obstante, no quedé convencido para nada de cómo sonó la primera mitad de las Danzas de Galanta bajo la batuta errática de John Nelson, que dispara en todas direcciones gestos nerviosos sin ton ni son y no contribuye en nada a la concentración de energía e intensidad que necesita el estilo rapsódico, característico de esta música y de la manera gitana de hacerla. Salva sea la parte en lo referente a los solos de la flauta, el oboe y muy especialmente del clarinete, que honrosamente dieron la cara por nuestra orquesta. En el final, por fin los músicos pudieron tocar con menos interferencias y la música fluyó con brillo y bien logrado carácter.

Sinfonía Renana. Muy al contrario de la partitura de Kodály, que en buena medida se defiende sola por su estilo intenso carácter y característico color, la Sinfonía Renana de Schumann requiere de un esfuerzo importante de trabajo previo y sobre todo de conducción desde el podio. Es una obra densa cuya instrumentación pesada puede llevar a colapsar una interpretación descuidada, como pasó el domingo anterior en la repetición del 3er concierto de temporada de la Sinfónica Nacional. Por culpa de la batuta errática y aspaventosa de John Nelson, esta magnífica pieza de Schumann se convirtió en una enorme olla de espagueti mal cocido y peor sazonado, donde decenas de ingredientes se mezclaron sin cuidar proporciones, texturas ni sabores.

De nada valieron el pathos romántico del primer movimiento sin ninguna claridad rítmica; ni los deliciosos detalles contrapuntísticos que tachonan el segundo tiempo, los cuales simplemente no se escucharon. No sobrevivieron tampoco los grandiosos corales luteranos ante el sonido quebrado y desafinación general de los metales.

A la pregunta de porqué la Sinfónica Nacional produce un rendimiento tan desigual en distintas obras y diferentes conciertos, no me queda más que concluir con el consabido tópico: no hay orquestas malas, sino…

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