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Crítica de música: Graves de otro mundo

Actualizado el 20 de octubre de 2014 a las 12:00 am

Bajo sin fronteras Sesión para meditar

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Crítica de música: Graves de otro mundo

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Michael Manring procura mantenerse en segundo plano mientras su bajo se vuelve protagonista y es el que habla por él. John Durán.

En tono jocoso, se escucha el decir de que Peter Frampton hace a la guitarra hablar.

El comentario proviene de las primeras ocasiones en que el músico sorprendía a la audiencia transmitiendo sonidos por la guitarra, intervenidos antes por el movimiento de su boca, algo que nunca antes se había escuchado con tanta elocuencia.

A Michael Manring no le hace falta un talk box para hacer hablar al bajo. Su conversación (o más bien el monólogo) en tonos graves fluye a través de sus manos en múltiples idiomas. Es un políglota del pentagrama.

No es solo jazz , no es únicamente rock progresivo o new age . Tratar de encasillar su estilo en uno o dos géneros sería una injusticia, pero principalmente sería insensato. Las etiquetas nunca antes habían sido tan prescindibles.

El talento de Michael Manring es descabellado. Ilógico. Incomprensible. Impredecible. Irrepetible. Infinito. La sencillez de este hombre se vuelve parte primordial de su presencia en escena; contrasta con el atrevimiento y complejidad de su interpretación y capacidad imaginativa.

El bajo no podría sonar de la misma manera si estuviera en otras manos que no fueran las de Manring. Es como la varita que no le hace caso más que a un solo mago. Michael es el mago del bajo. ¿Cómo es posible que un humano sea capaz de dominar estos trucos de otro mundo?

En un recital, que incluyó más temas originales y menos versiones de obras de otros (como John Coltrane y Johann Sebastian Bach), el bajista dejó claro que su estilo experimental no conoce las fronteras. Tampoco está interesado en respetarlas. Su presentación resulta, además de un espectáculo, una experiencia onírica, una ocasión para meditar, para permitir que la música trascienda a otros planos más allá de los que puede registrar el oído.

La tercera presentación del artista estadounidense en Costa Rica se dividió en intervenciones extensas, cada una integrada por diferentes temas, ensamblados en formato de popurrí, logrando hacer imperceptibles las transiciones entre una pieza y otra.

Invariablemente, el público quedaba anonadado después de cada pieza. Era una experiencia reflexiva e impactante.

El artista, que se había presentado antes en Costa Rica en los años 2003 y 2006, esta vez trajo tres bajos marca ZON, dos de los cuales son fretless .

Entre sus artilugios tecnológicos vale la pena resaltar el constante intercambio de afinaciones como uno de sus recursos principales. En diferentes pasajes aderezó sus melodías (y armonías) con un efecto reverb que sonaba como una tormenta imparable, también sacó un ebow (arco electrónico) y sorprendió al público con un capo con ruedas que se deslizaba por el diapasón y algunos loops de los que nunca abusó.

Resulta evidente que este bajista no se cansa de probar con todas las posibilidades sonoras e interpretativas habidas y por haber.

Da pesar que la asistencia del público fuera tan escasa, al menos en el primero de los dos conciertos que brindó el pasado fin de semana. No todos los días la audiencia costarricense tiene la oportunidad de ver de cerca a un maestro y leyenda universal del bajo en un recital como este: íntimo e inevitablemente didáctico.

Su visita nos hace recordar que el instrumento de los registros graves puede hacer maravillas en solitario sin caer en la monotonía, pero, además, es capaz de transportarnos a paisajes maravillosos de este y otros mundos guiados por el virtuosismo de un artista sin igual.

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