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Crítica de música: Diálogo fluido en mesa de jazz

Actualizado el 14 de enero de 2014 a las 12:00 am

En resumen, el concierto fue una demostración de tres referentes, tres modelos a seguir, tres genios difícilmente alcanzables. Fue una clase amena y perdurable.

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Tres almas que se transmutan en una sola. Así trabaja esta terna.

En su charla amena, el diálogo musical se construye sobre la marcha, con intervenciones intensas o reposadas, según el rumbo que vayan tomando las disquisiciones en tarima. Con esa consigna presente, los músicos son capaces de carcajearse de ellos mismos, al errar en una entrada o perderse en una estructura recién inventada, recordándonos a todos que, por más virtuosismo que se tenga, la música existe para disfrutarla.

Con los tres en tarima, la fluidez del encuentro musical resultaba evidente con facilidad; eso es producto inequívoco de la interacción cercana entre interlocutores que producen arte por su inevitable resultado catártico.

Veteranos artífices de magia musical, viejos conocidos y viejos amigos. Así son Scott Henderson , Jeff Berlin y Dennis Chambers , quienes dieron dos presentaciones el fin de semana pasado, después de haber visitado el país hace cuatro años. Acá se habla sobre lo observado en la última de estas fechas.

El curvilíneo recorrido que trazan estos músicos virtuosos en sendas de jazz fusión, rock o blues avanza en un diálogo a seis manos, dinámico y continuo, con espacio para que reboten las preguntas, respuestas y los guiños jocosos. El conjunto incluye tres pesos pesados que se dan el gusto de tocar con sus iguales, de esos que se encuentran girando en una órbita alcanzable por unos pocos... muy pocos.

Aunque el guitarrista Scott Henderson intentó robarse el show, los tres músicos en escenario tuvieron oportunidad para llevar la voz  protagónica en sus instrumentos. Cada uno recibió merecidos aplausos por su trabajo grupal e individual.
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Aunque el guitarrista Scott Henderson intentó robarse el show, los tres músicos en escenario tuvieron oportunidad para llevar la voz protagónica en sus instrumentos. Cada uno recibió merecidos aplausos por su trabajo grupal e individual.

En los registros bajos se apreciaba el juguetón bajo de Jeff Berlin, quien es capaz de lucirse sin desocupar el rol que le corresponde en este ensamble: mantener los pies bien puestos sobre la tierra, mientras sus compañeros se despegan y flotan en solos intergalácticos.

El sonido de Berlin, por elección suya es opaco, lo que –en algunos tramos– dificulta apreciar su gracia en su totalidad, mas atrae al oído por sendas que nunca divagan y siempre llegan a un final, un final feliz y quizás sorpresivo. Valga decir que el bajista también fungió como “animador”, gracias a su fluido y divertido dominio del español.

El que comanda el viaje espacial se llama Scott Henderson, dueño de un instrumento mágico y una versatilidad impresionante en el instrumento.

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Si en otras latitudes Peter Frampton es el hombre que hace “hablar” a la guitarra (gracias al uso de un efecto talk box ), Henderson es el que consigue que esta gruña como león, ría como hiena y llore como minino (sin recurrir al mismo artefacto que su colega).

La capacidad de Henderson es camaleónica. Posee una capacidad de ser irrepetible consigo mismo, haciendo gala de recursos inagotables y exprimiendo al máximo su habilidad para utilizar un fraseo impredecible que rompe con la estructura de solos o riffs convencionales. Todo esto genera la sospecha de que en este músico vive más de un guitarrista.

Henderson tiene virtuosismo, feeling , velocidad y, por supuesto, locura (básico en estas instancias). Estos elementos lo hacen líder nato y guitarrista completo; sin embargo, también genera que la guitarra opaque a sus colegas.

Durante buen parte del concierto, parecía que nadie pretendía robarse el show , hasta que Henderson escaló en volumen y la atención parecía volcarse hacia un solo costado del escenario, quizás de forma injusta e innecesaria.

Solo Dennis Chambers fue capaz de socarle el fajón y recordarle que la batería no era menos que su instrumento. Chambers es un artista de carrera tan límpida como brillante. Sólido, tallado y con una capacidad de improvisación que raya en la demencia, el baterista es el músculo en el que la armonía y melodía se balancean.

El veterano músico durante buen rato del concierto parecía que se limitaría a trabajar en un campo de acción cómodo, sin salirse de su zona de confort –que ya de por sí es bien amplia–. Sin embargo, cerca del cierre explotó en creatividad y se robó el spotlight mientras sus compañeros hacían malabares para tratar de descifrar hacia dónde se dirigía su siguiente beat o cuál sería el próximo desenlace para los golpes de sus bolillos. Era magia.

En resumen, el concierto fue una demostración de tres referentes, tres modelos a seguir, tres genios difícilmente alcanzables. Fue una clase amena y perdurable.

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