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Crítica de música: Un concierto excelente en situación deplorable

Actualizado el 31 de marzo de 2014 a las 10:16 am

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Crítica de música: Un concierto excelente en situación deplorable

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Matices. Aunque las condiciones en el Melico Salazar no fueron las óptimas, el director invitado Christoph Campestrini logró un excelente acople con el violinista Andrés Cárdenes. Mayela López

A pesar de las malas condiciones en que se realizó el segundo concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional, este deparó a los asistentes una grata sorpresa con la interpretación del vals Leda , de Julio Fonseca, bajo la batuta del austriaco Christoph Campestrini.

El director invitado nos ofreció una deliciosa versión de esta pieza, más cercana en ritmo y sonoridad a sus orígenes vieneses y desprovista de los amaneramientos que la misma ha ido adquiriendo a lo largo de un siglo de existencia, y a los que, lamentablemente, nos habíamos acostumbrado.

Por otro lado, se utilizó una instrumentación diferente y más efectiva que la original de don Julio Fonseca, quien como es sabido era prácticamente autodidacta en ese aspecto de la composición musical.

Lamentablemente, en el programa no se menciona al orquestador, aunque sí se incluyen todos los nombres de directivos, colaboradores y funcionarios de la Sinfónica.

Muy placentera también resultó la audición del Concierto No. 1 en sol menor de Max Bruch, a cargo del violinista Andrés Cárdenes, quien, con una propuesta emotiva y plena en matices, conquistó una vez más a nuestro público.

Una de las características, sin duda memorable, de su interpretación fue el sonido nítido de gran riqueza cromática que obtuvo de su violín, un precioso Pietro Guarnieri de 1719.

Campestrini, por su lado, logró un excelente acople con el solista, modulando hábilmente la intensidad del conjunto para no sobrepasarlo ni siquiera en los momentos más delicados, a pesar de la deplorable acústica del Teatro Melico Salazar. En cambio, en los tutti orquestales, el maestro obtuvo gran intensidad de parte de la orquesta.

Desafío. En la segunda parte del programa, el conjunto superó con éxito un importante reto musical con el famoso Concierto para orquesta de Béla Bartók, que presenta dificultades destacables para prácticamente todos los integrantes y secciones de la misma, quienes tienen continuamente el papel de solistas.

Además, esta partitura, que bien podríamos llamar el macrocosmos, de Bartók, contiene una cantidad ingente de componentes musicales muy diferentes. Simples melodías y danzas de carácter popular del este de Europa contrastan fuertemente con complicadas estructuras contrapuntísticas, elementos del jazz y disonancias arriesgadas.

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Campestrini hizo una encomiable labor al ensamblar con maestría toda esa diversidad musical, de modo que se pudiera apreciar con claridad cada melodía, ritmo y textura sonora.

Especialmente notable, a mi criterio, fue el tratamiento del carácter trágico-sombrío del movimiento central, en contraste con la brillantez del último.

Fuera del programa, el director ofreció al público la famosa polca Truenos y relámpagos de su compatriota Johann Strauss.

Sin embargo, es una lástima que un concierto de tanta calidad se llevara a cabo en un Teatro Melico Salazar con bastante más de la mitad de sus asientos vacíos.

Es muy posible que el público ya le esté pasando factura a la administración de la Sinfónica por programar los conciertos en una sala que se encuentra en un estado calamitoso y en donde, permanentemente, hay ruido y movimiento del personal, lo cual imposibilita una audición civilizada.

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