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Falleció este lunes a los 91 años

Zygmunt Bauman, 1925-2017: solidez intelectual en un mundo líquido

Actualizado el 09 de enero de 2017 a las 07:12 pm

Inusual caso de best-seller intelectual, fue el autor de "Modernidad líquida" y muchos textos críticos de la globalización y el consumismo

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Zygmunt Bauman, 1925-2017: solidez intelectual en un mundo líquido

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Zygmunt Bauman criticó duramente el consumismo y la globalización. (AFP)

Redacción

El polaco Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos y pensadores europeos más prominentes de las últimas décadas, falleció este lunes en Leeds, Inglaterra. Tenía 91 años.

El autor de Modernidad líquida (2000) se había convertido, en años recientes, en una de las figuras intelectuales más populares, gracias a la elocuencia de sus múltiples escritos, profundos y sencillos de leer. Su claridad abrió las puertas a miles de lectores para muchas de las grandes dudas de nuestros tiempos: la posmodernidad, el consumismo, la globalización y las identidades.

Su muerte la informó la Gazeta Wyborcza. Fue ganador del Premio Amalfi de Sociología y Ciencias Sociales (1992), el Theodor W. Adorno (1998) y el Príncipe de Asturias de Comunicación en el 2010.

Bauman nació en Poznan, Polonia, y su familia huyó al este durante la invasión nazi y regresaron tras la guerra. En 1968 fue uno de los múltiples intelectuales expulsados por el régimen comunista de su país –enseñaba en la Universidad de Varsovia–; tuvo que renunciar a su ciudadanía polaca y, desde 1971, residía en Inglaterra, donde desarrolló una prolífica y respetada carrera.

Entre sus libros más conocidos se encuentran Modernidad y ambivalencia, Ética posmoderna y Amor líquido. Acerca de la fragilidad en los vínculos humanos. Fue con algunos de estos libros, justamente, que se convirtió en la rara figura que trascendía las barreras de la academia: no es raro encontrarse títulos suyos en cualquier librería y hasta en anaqueles de supermercados. Era una figura de consulta recurrente acerca de temas políticos y sociales de actualidad. Filósofo de pipa en los labios y pelo revuelto, tenía el semblante de un viejo sabio. Al hablar lo confirmaba: en un mundo líquido, sus libros consuelan con su solidez.

Zygmunt Bauman falleció acompañado por su familia en su residencia en Leeds, Inglaterra.
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Zygmunt Bauman falleció acompañado por su familia en su residencia en Leeds, Inglaterra. (AFP)

Crisis y conciencia. El concepto de "modernidad líquida" que acuñó Bauman describe nuestra era, caracterizada por la desintegración de ideas e instituciones que se consideraban inmutables, esenciales o necesarias. Bauman criticó de forma contundente la tendencia individualista y frívola de nuestra era, y fue capaz de conectar problemas aparentemente ajenos entre sí, en explicaciones nutridas por la sociología, la filosofía y otras disciplinas.

La voz que se apaga era una fuerte y persistente en su defensa de los desposeídos y los excluidos por la globalización capitalista: "Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad". A él acudieron muchos observadores y lectores, inconformes con el vacío moral que impera en nuestra política; en el centro de la escritura de Bauman siempre está la dignidad humana, un término que se evoca con tanta facilidad como se descarta en la realidad.

En Modernidad líquida (2000), exponía esas desigualdades abarcando cinco conceptos cuyas bases habían perdido su solidez: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad. Sin esos marcos de referencia, quedamos desarraigados, a la deriva, y confrontar esa falta de asideros ha sido el gran drama de nuestra vida contemporánea.

Sometidas a presión, sin pautas estables ni rutas claras, nuestras vidas parecen inestables, arrojadas a un vacío angustiante en el cual resistir acapara toda la vida. "Las identidades únicamente parecen estables y sólidas cuando se ven, en un destello, desde afuera", escribía en Modernidad líquida. "Cuando se las contempla desde el interior de la propia experiencia biográfica, toda solidez parece frágil, vulnerable y constantemente desgarrada por fuerzas cortantes que dejan al desnudo su fluidez y por corrientes cruzadas que amenazan con despedazarla y con llevarse consigo cualquier forma que pudiera haber cobrado".

En tal terreno inestable, se necesita un guía. Uno deposita su confianza en el que despeja la maleza para conocer mejor el bosque, y eso hizo Bauman, perseguir la claridad. Eso sí, no asumió una postura de superioridad moral, como podría pensarse, ni de ingenuidad hipócrita. Su mensaje era la resistencia de la dignidad humana: "Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra, son solos sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos".

Tal sencillez de expresión, transparente en sus intenciones, también le valió críticas, pues algunos consideran sus propuestas demasiado simples o light, en apariencia reticentes a asociarse con proyectos políticos que pudieran, efectivamente, buscar la dignidad de los oprimidos (aunque Bauman se consideraba de izquierda). Y, como es obvio, las derechas nacionalistas europeas son alérgicas a su pensamiento: en el 2013, un grupo de manifestantes de ultraderecha interrumpieron una conferencia suya en Polonia. Bauman no volvería a su patria tras el incidente.

La urgencia del trabajo de Bauman en la era de las migraciones masivas, Trump y brexit reviste de particular melancolía su muerte. "El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas", dijo a El País en una entrevista muy popular el año pasado. Para Bauman, vivimos la cosecha de un sistema que por décadas propugnó el desarraigo sin considerar que, como es usual, son los desfavorecidos a quienes más castigan los "errores", las "estrategias" y las "reformas". Cuando uno sube al tren ultraveloz, rara vez piensa en el obrero que lo construyó, pero todos somos pasajeros de la misma modernidad.

"El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas"

"El diálogo real no es hablar con gente que cree en las mismas cosas que tú", advertía, premonitorio. "Cuando hablaba, estaba escuchando; cuando estaba enseñando, estaba aprendiendo. Sus libros y sus seminario eran lugares donde podíamos reunirnos y explorar juntos cómo ser humanos", expresó su colega Keith Tester a Associated Press.

Tras esas palabras, se piensa en la pobreza de nuestra esfera pública, privatizada como nunca en la historia, mercantilizada a través de la ilusión de las redes sociales, y copada por transacciones económicas. "Cuando las creencias, los valores y los estilos han sido 'privatizados' –descontextualizados o 'desarraigados'–, y los sitios que se ofrecen para un 'rearraigo' se parecen más a un cuarto de motel que a un hogar permanente", dice Bauman en Modernidad líquida.

Y en aquella entrevista con El País, lamentaba que se confundieran las redes sociales con un auténtico espacio de diálogo: "Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa".

No se puede decir de muchos intelectuales que inspiren cariño, ni se topa uno con sus libros en la fila del supermercado. En el caso de Zygmunt Bauman, que estuviera allí al alcance, serio y sereno, preocupado y angustiado, era un consuelo. Millones de desarraigados y desposeídos del mundo tuvieron en él un defensor; su esperanza fue abrir senderos hacia un mundo mejor.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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