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El Realismo Mágico fue incapaz de seducir a las letras centroamericanas

Actualizado el 04 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Un caso singular. La tendencia pasó sin influir en la literatura de Centroamérica

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El Realismo Mágico fue incapaz de seducir a las letras centroamericanas

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Una calle del pueblo de Aracataca, en el norte caribe colombiano, celebra a su hijo más ilustre el 21 de abril último, luego de la muerte de García Márquez. Fotografía: AFP.

Las tendencias literarias son como las olas marinas: ninguna se sostiene en alto por mucho tiempo, y su fuerza no impacta de manera uniforme todo el terreno que tocan. Es normal que, tras la aparición de una o varias obras de determinado estilo, muchos deslumbrados pretendan imitarlo –de hecho, no hay mayor homenaje que ser imitado–. Sin embargo, la repetición termina cansando y, tras unas cuantas décadas en alto, el movimiento empieza a decaer, y tanto autores como lectores optan por transitar otros rumbos.

En América Latina tenemos dos buenos ejemplos de aquellos cambios: el Modernismo, en poesía, y el Realismo Mágico, en narrativa. Ambos movimientos dejaron obras de gran valor, fueron la norma por determinado tiempo y finalmente acabaron siendo abandonados o, más bien, reemplazados por otras tendencias.

Mitos lejanos. Un hecho interesante que cabe destacar es que, en nuestra región centroamericana (cuna de Rubén Darío, padre del Modernismo), surgieron cientos de poetas modernistas a principios del siglo XX, y la vigencia del movimiento fue larga y prolífica. Por el contrario, aunque tuvo tanto éxito de público aquí como en otras latitudes, el Realismo Mágico tal parece que no sedujo a los narradores centroamericanos.

Con la única y valiosa excepción del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, las muestras de narrativa centroamericana que calzan dentro de esta tendencia son escasas y tuvieron poco impacto. Sergio Ramírez llegó a afirmar: “Nos salvamos del Realismo Mágico” en Centroamérica.

El concepto de Realismo Mágico latinoamericano, o de lo real maravilloso, fue claramente expuesto por el cubano Alejo Carpentier en el prólogo de la novela El reino de este mundo (1949). Tras estudiar a fondo las vanguardias europeas, Carpentier llega a considerar árida la literatura realista, en la que lo mágico no tiene cabida; además, tilda de falsa la literatura fantástica, que es fruto exclusivo de la imaginación.

Los europeos se deleitan en repasar sus mitologías, sin creer en ellas. Por el contrario, en América Latina, lo fantástico forma parte de la vida cotidiana. Carpentier propone explotar esta combinación de realidad mágica y de magia real, tan común en nuestros pueblos. El botón de muestra es deslumbrante.

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En El reino de este mundo se relatan acontecimientos asombrosos, que resultan más asombrosos aún porque en verdad ocurrieron. Todos los personajes son reales, hasta los secundarios. Ese mundo fantástico en el que los hechos desafían toda lógica y llevan la capacidad de asombro al límite, es un relato histórico.

Nuevos clásicos. Carpentier, Asturias, el mexicano Juan Rulfo, el venezolano Arturo Uslar Pietri, entre otros de la primera camada, consignaron en relatos toda la magia viva que llenaba la realidad de sus pueblos. Más tarde, los autores del boom latinoamericano –García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Donoso y Cortázar–, cada uno en su estilo y medida, fueron perfeccionado la dinámica de crear un universo imaginativo y mágico que fuera, al mismo tiempo, un retrato fiel de la realidad cotidiana de los pueblos en los que vivían. No crearon lo mágico con la imaginación, sino que lo descubrieron con la mirada.

La respuesta del público fue entusiasta. Los libros se agotaban desde el lanzamiento. Cada nueva edición era de un tiraje más alto. Empezaron las traducciones a distintas lenguas. La fascinación por esta literatura atrapaba a lectores de todas las edades, de todas las nacionalidades y de todos los idiomas.

En las universidades más prestigiosas se abrían cursos y se publicaban estudios sobre el Realismo Mágico. En corto tiempo, ciertas obras llegaron a ser consideradas verdaderos clásicos. Gracias al Realismo Mágico, la literatura latinoamericana fue leída, estudiada y disfrutada en todo el mundo.

En México y los distintos países de América del Sur, se sumaron a la corriente tanto escritores reconocidos como jóvenes que hacían sus primeras armas en las letras. El Realismo Mágico era desafiante, atractivo, lleno de posibilidades, apreciado en círculos académicos y bien recibido por el público.

Otras obsesiones. Sin embargo, a pesar del entusiasmo generalizado, los escritores centroamericanos –como ya se dijo– le pasaron de largo. La realidad, la historia y la vida cotidiana en nuestros países darían abundante material a quien hubiera querido desarrollar el género, pero el apego a la tradición realista fue más fuerte.

El escritor cubano Alejo Carpentier fue el primero en formular el concepto de “realismo mágico”. Fotografía: Wikicommons.
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El escritor cubano Alejo Carpentier fue el primero en formular el concepto de “realismo mágico”. Fotografía: Wikicommons.

En la narrativa de estas tierras, tal parece que lo real y lo mágico no suelen mezclarse. Mamita Yunai , de Carlos Luis Fallas, es una vivencia narrada con los pies en la tierra. En los cuentos de Salazar Herrera o de Fernando Silva, las imágenes y las acciones están escritas con el mínimo de palabras posible.

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Pobrecito poeta que era yo, de Roque Dalton, es una novela tan compleja como las vidas y la sociedad que observa y refleja. La ruta de su evasión , de Yolanda Oreamuno, mira hacia adentro en una profunda introspección psicológica. En esas obras, como en muchas otras que podrían citarse, cualquier elemento mágico habría desentonado.

Los grandes y pequeños dramas cotidianos, las situaciones que inquietan al individuo o a la sociedad en la que vive, la intención de plasmar los diversos territorios y las personas que los habitan, fueron las obsesiones recurrentes de los escritores centroamericanos más destacados, quienes, por regla general, contuvieron cualquier desborde de fantasía.

Los narradores centroamericanos ya consagrados, que habían publicado antes del surgimiento del Realismo Mágico, no se sumaron a él. Hubo algunos escritores menores que sí intentaron montarse en la ola del Realismo Mágico, pero lo hicieron con cierta timidez y cuando la ola empezaba a decrecer.

Caminos diferentes. En la década de los 90, en el panorama literario latinoamericano empezaron a destacarse voces nuevas y aires nuevos. Algunos de los escritores de éxito eran tan jóvenes que habían nacido después de la publicación de las obras emblemáticas de aquel Realismo Mágico que fue tan popular entre sus padres y abuelos.

Esos nuevos autores tenían formación, intereses e influencias de todo origen. Clasificarlos por generación o por procedencia geográfica habría sido artificial. En la literatura latinoamericana, el abanico de opciones se había vuelto tan amplio que resultaba más probable encontrar coincidencias con escritores de edades, países y hasta idiomas distintos, que entre aquellos que tenían en común su edad y lugar de residencia.

Los autores recientes estaban decididos a explorar nuevos rumbos. Para ello, en un parricidio típico de cualquier cambio generacional, tomaron distancia de las generaciones anteriores. Los grandes autores latinoamericanos de mediados del siglo XX, que tanto éxito, tanto público y tanta admiración generaron en su momento, continuaron siendo leídos con atención y respeto, pero dejaron de ser referentes o modelos.

La ola del Realismo Mágico tuvo el enorme mérito de volcar la atención del mundo sobre la producción literaria de América Latina, nos legó obras imperecederas e inolvidables y, en buena medida, fue el gran impulso de las generaciones posteriores que optaron por abandonarlo.

Hoy, el panorama de la literatura latinoamericana es amplio y diverso. En América Central no hubo una novela destacable de Realismo Mágico, pero es innegable que esta ola, aunque ya pasó, pasó con fuerza.

El autor es filólogo y editor.

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