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Carlos Morera Beita ofrece letras de nostalgia en su novela ‘Casa al sur’

Actualizado el 15 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Carlos Morera Beita

Casa al sur

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Carlos Morera Beita ofrece letras de nostalgia en su novela ‘Casa al sur’

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El sur es ese lugar que nos obliga a bajar la mirada, como para recordar que alguna vez alguien que no entendía de geografía lo ubicó siempre “al otro lado”; pero el sur no es este lado. El sur es la casa separada de otra por un mismo muro; una casa de bien social pensada para una clase obrera que jamás saldría adelante, por lo que las cocheras se levantan a destiempo, como un lujo.

Portada del libro ‘Casa al sur’, de Carlos Morera Beita. Uruk, Editores (tel. 2271-4824), publicó la novela.
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Portada del libro ‘Casa al sur’, de Carlos Morera Beita. Uruk, Editores (tel. 2271-4824), publicó la novela.

El sur es la casa desde la que oigo los pasos de mi vecina, su ritual de limpieza a deshoras de la noche (pues su esposo es taxista).

Desde esa pared delgada que une mi cuarto con su cocina, la oigo apurarse porque ya casi llega el marido, pero, en la mayoría de las veces, la oigo llorar queditito, como pidiendo perdón por cada lágrima.

Sin embargo, también hay otros “sures”. Lo sabe Carlos Morera Beita, autor de esta novela; y, a través de Santiago, su personaje viajero, nos demuestra que el sur es un escondite de la nostalgia, entre paisajes olvidados, gritos ancestrales de mujeres que se confunden con el ruido del Térraba e historias enterradas en el silencio.

En ese mundo olvidado, ajeno y lejano: la mujer; la mujer porque es una historia común, una pena común que se arrastra por el recuerdo como un eco.

El sueño en esta historia no se abre paso como un estado de quietud e inconsciencia; todo lo contrario.

Santiago ha tomado la decisión de abandonar su vida rutinaria, en la cual los preceptos sociales han prevalecido para cerrarle el paso al encuentro ineludible que cada uno tiene consigo mismo, con ese “yo verdadero” que nos grita en la cara nuestra verdad ancestral; que nos susurra de dónde venimos y nos recuerda que, si hemos perdido el rumbo, ha sido también nuestra culpa.

Junto a Santiago, el lector inicia un viaje, una búsqueda. Su vida se ha disipado y se ha confundido entre las banalidades de la ciudad y las relaciones socialmente correctas.

Santiago está hecho de otro material, y esto se lo recuerda, como una bofetada, su profesión de médico. Sabe que la vida tiene otro valor, pero ese valor se le ha borrado entre los convencionalismos sociales. Entonces es cuando emprende aquel recorrido hacia el sur, hacia la búsqueda de su verdad.

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Para dejar todo atrás se requiere valentía. Como todo viaje de un héroe, sabe que quizás se enfrentará con sus temores o sus fantasmas, pero Santiago está decidido. La lluvia lo acompañará como un elemento purificador de recuerdos para iniciar el reencuentro con su pasado, más cercano a él que su propio futuro.

Lentamente, empieza a sentirse parte de aquel fragmento de territorio, a reconocerse en las aguas del río que alguna vez “fue un dios para los habitantes primigenios de estas tierras” y que hoy es solo un triste riachuelo. Todo empieza a confabularse en una especie de ritual místico para que prosiga hacia su destino.

En Casa al sur, Santiago se traza a sí mismo un rumbo (un norte, diríamos en cualquier otro caso) hacia “aquella casa”: no la casa paterna (fortaleza de poder y dominio ancestral), sino hacia la casa materna, esa impregnada de recuerdos y penas, pero, sobre todo, de ternura y silencios forzados.

Parece irónico, pero, en Casa al sur, el sueño que se apodera de Santiago al llegar a la casa de su nostalgia es generador de conciencia. Solo mediante este sueño apaciguado por las caricias de su abuela ausente, encontrará la verdad que tanto anda buscando.

La novela nos abre luego generosamente un gran paréntesis. La historia común de las mujeres parece ser siempre la menos importante, la versión de las “vencidas”, pero, en Casa al sur , el discurso de las mujeres se erige como una gran muralla de la que cuelgan silencios, dolores, pero, sobre todo, esperanzas.

Casa al sur nos deja claro que la historia de las mujeres es la misma; lo que cambia es la geografía donde se gesta la nostalgia, porque las vejaciones son comunes sin importar la clase social. El poderío del patriarcado atraviesa fronteras.

Santiago intenta entenderse a sí mismo como “producto de las mujeres de su vida”. Las voces de su abuela, de su madre, de sus tías son las que le han trazado ese camino que él está dispuesto a recordar.

En esta historia, un hombre se ha dejado habitar por un lugar en el que convergen los sueños. ¿Será que a veces hay que viajar un poco para encontrarse? Casa al sur nos insinúa que quizás la sencillez de una piel morena y de una hamaca sean un buen remedio para la nostalgia.

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La autora es filóloga, actriz y directora teatral.

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